De muertos y regresos.

Para irse, primero hay que volver; el mantra de los que añoran el pasado como un estado de ánimo, las veces en que recordar se marca con volver a vivir.
Vivimos aferrados a disfrutar la vida, una vida que en totalidad se ha impuesto por muchos de nuestros predecesores, con costumbres, tradiciones y colores.
El miedo de la muerte parece pasajero y una cosa de un francés con su existencialismo que hizo escuela para los alemanes con su nihilismo, aquí parece que abrazamos a la muerte, como en vida abrazabamos a nuestros muertos.
Se marcan los fines de octubre y primeros días de noviembre en tono anaranjado que sonríe con calaveras y vestiduras típicas, bailamos al son de la muerte, bailamos con ella.
Con cada paso, recordamos que todos los muertos, por más mexicanos que sean; al final tienen miedo, reímos de manera nerviosa de manera inconsciente para tratar con el dolor, en su momento la pena nos persigue, el aliento de que regresen nos relaja sabiendo que siempre hay una otra vez, mientras no se olviden.
Las flores de cempasúchil para imagen, el pan de muerto para el desenlace
las veladora para la luz del almanaque
Del montículo de tierra ya nada sale
recordar se convierte en pesadilla
añorar en la fría crueldad
revivir suele ser una falsedad
Al final intentamos, pero no intentamos lidiar con la pérdida. Hasta el más valiente caballero la muerte le ha dado miedo, que esperar de unos simples cobardes que cada que abre suelo, nos tiramos a llorar.
Recordamos con tal de no olvidar, nos engañamos con tal de no sufrir.
Festejamos para no vivir, morimos para no regresar.
