Mano Divina

Desperté con los dedos extrañamente húmedos, el camarote donde dormía era muy estrecho y por lo general alguno de mis brazos caía sobre el piso frío de aquel viejo barco, cuna de mis aventuras.

Rápidamente me incorporé, estábamos a punto de ser consumidos por el agua, prácticamente al borde de un naufragio en aquel mar salvaje hecho de espuma y sal. Todos los tripulantes corrían de babor a estribor, de proa a popa, la desesperación consumía su cordura, y yo, un tripulante más de aquella embarcación, no hacía más que observar cómo se acercaba el final, nuestro fatídico desenlace se aproximaba.

Cuando estábamos a punto de ser consumidos por los brazos de Poseidón y cuando algunos ya habían optado por el suicidio o el morir en posición, una mano divina nos salvó, el rostro de absolutamente todos los marineros se iluminó; habíamos olvidado por unos segundos, que éramos simples habitantes de un afortunado barquito de papel.