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Cuando cumplí 15 años no tuve fiesta, ni viaje, ni nada. Bah, en realidad me metieron en el vestido de novia de mi hermana y me dijeron que invitara a 20 amigos. Con tal suerte que ya había otro cumpleaños ese día y no vino casi nadie por más de dos horas. Y no me dejaron cortar la torta hasta que llegaran unos primos de mi cuñado. Las fotos de ese día tan espantoso se perdieron después de la muerte de mis padres. En todas tenía cara de culo profunda. Un resumen perfecto de mi adolescencia temprana.

Cuando me recibí me fui con mis amigos a comer una pizza, luego de que logré sacarme los huevos y la harina que manda la tradición. Ni viaje, ni fiesta, ni birrete. Mero alivio.

Cuando me casé no hubo fiesta, pero fue una no-fiesta feliz, con gente que quería. Las fotos salieron preciosas y el vestido rojo me hace sonreír cada vez que lo veo. Hicimos un viaje largo, a la profundidad del frío y de la conversación.

Sin embargo, de las cosas que me son ajenas, las celebraciones son las que más me cautivan. Puedo leer sobre pájaros que nunca veré, sobre personas que vivieron hace décadas, sobre un nuevo descubriento médico, sobre filosofía, mas toda mi frivolidad está allí sin motivo alguno. Como una extraterrestre que contempla muy bien sin entender esas flores, la mantelería y los carteles de “Felicitaciones contadora Maru”. Ojo, las fiestas me aburren y trato de evitarlas siempre que sea posible. Pero veo una revista que habla de una boda sin basura o un disfraz de espuma de gusto dudoso y tengo que observar hasta el último detalle. Espectadora de la vida de otros, aquí voy.

Feliz año nuevo.