El día de la fiesta de Nacho

El sábado 15 de marzo me despertó un mensaje de texto de Nacho. Hace casi 10 años que uso un Nokia 1100, así que no tengo WhatsApp. El mensaje decía:

Dear! Acordate que esta noche festejo mi cumple. Te espero en casa!

Llegué a su casa a las 21.30. Le llevé de regalo Mockingjay, la tercera parte de The Hunger Games. A la mayoría de los docentes de inglés les fascinan las sagas tipo Harry Potter, Crepúsculo, 50 sombras de Grey y ahora Los juegos del hambre. Para mí son mierda pura. Más de 500 páginas de clichés y lugares comunes. Obviamente, a Nacho le encantó el regalo. Y mejor que fue así. Se lo compré en inglés en la librería careta SBS. Odio ir a ese lugar porque te forrean demasiado.

Nunca había estado en la casa de Nacho. Sabía dónde quedaba pero nunca había entrado. Era una cosa impresionante. Desde la vereda sólo se ve una puerta grande de madera. Después de la puerta hay una escalera de mármol que te lleva a la casa, que está en el primer piso. Es una casa chorizo restaurada por su papá, arquitecto. Tuve muchas ganas de recorrerla. No quería quedar pesada, así que no le pedí que me hiciera un tour.

–Nacho, es re linda tu casa–le dije cuando estábamos en la cocina. No había visto mucho y ya me encantaba.

–Gracias, dear.

–¿Tus viejos?

–En un casamiento.

Sacó un par de latitas de Quilmes del freezer y nos fuimos al patio. El patio estaba al final de la casa. Tenía un parrillero, una mesa bastante grande con sillas alrededor, algunas plantas en macetas, una reposera para tomar sol y una escalera de hierro. La escalera llevaba a la terraza. Ahí estaban las plantas de marihuana de Nacho. Sus viejos lo dejaban cultivar para que no contribuyera con el narcotráfico. Gente open minded.

Alrededor de la mesa estaban sentados tres chicos y dos chicas. A los chicos no los conocía. A las chicas sí. Una era Ceci, compañera del profesorado. Muy piola, buena onda. La otra era Agustina, también del profesorado. Típica rubia histérica insoportable. Era muy amiga de Nacho. A mí nunca me había caído bien.

–¿De dónde lo conocen a Nacho?–le pregunté a los varones. Prefería hablar con desconocidos antes que con una mina que no podía ni ver.

–Yo lo conozco de Techo–dijo uno de ellos y le sonrió a Nacho.

–¡Ah! ¿Y cómo te llamás?–La docencia me generó la costumbre de preguntar el nombre de todos en cualquier contexto: una clase, una fiesta, un velorio.

–Juani.

–Juani.–Lo repetí para asentarlo en mi cabeza.–¿Vos sos de acá?

–No, de Capital.

–Ahhhh. ¿Y vos?–le pregunté a otro de los chicos. Tenía una remera floreada y lentes hipster de marco grueso.

–Yo soy teacher.

–¿Posta? ¿Estudiaste en el Houssay?

–No, en el Olga. A Nacho lo conozco de hacer reemplazos.

–Ajá. ¿Y cómo te llamás?

–Alejandro. Y él es Eze–dijo antes de que yo preguntara.–Él es amigo mío de la secundaria. Yo se lo presenté a Nacho.

–Genial.

–¿Terminaste con el interrogatorio?–dijo Nacho. Los demás se rieron.

–Buenooo. Me gusta conocer gente.

Justo yo estaba peleada con Lucas y tenía ganas de estar con alguien. No iba a ser posible porque Nacho y sus tres amigos son gay. Algún día les voy a contar de Lucas, mi novio intermitente desde los 15. Siete años de idas y vueltas, cuernos (de parte de los dos), peleas a los gritos y reconciliaciones turbulentas.

Nacho prendió el fuego para hacer el asado. Juani se levantó a ayudarlo. Yo miraba la situación desde la reposera con mi Quilmes fresca. Ahí había amor. No quería interrumpirlos. Tampoco quería quedarme escuchando a Agustina hablar de la cama solar y del mal comportamiento de sus alumnos. Me acerqué al parrillero.

–¿Ayudo?

–¿Querés hacer las ensaladas?

–Dale.

Agarré las verduras, una tabla de madera y un cuchillo. Me puse en la punta de la mesa para darles un poco más de intimidad. Empecé a picar y en eso sonó el timbre. Mientras Nacho fue a abrir la puerta, me puse a hablar con Juani. Hablamos de Techo. Yo no creía mucho en esa “organización” donde los niños ricos burgueses van a limpiar la culpa que les genera tener plata y de paso se sacan fotos con negritos a los que les chorrea moco de la nariz. Pero bueno, de algo teníamos que hablar, así que me hice la que me interesaba un montón.

Al toque apareció Nacho con cinco amigos varones y dos amigas mujeres. Nos saludamos, nos presentamos y ellos se sentaron. Seguí haciendo las ensaladas y de paso aproveché para mirarlos bien. Tomás le dio un pico a Eze. Tampoco iba a poder estar con él esa noche. Qué lástima. Estaba bueno. Los demás parecían heterosexuales. Matías no me gustó, era creído. Lautaro menos: demasiado chistoso y fanfarrón. Dante era grandote, todo trabado. No es mi estilo. Además se sentó al lado de Agustina y ella aplicó cada uno de los gestitos histéricos del manual: mover el pelo constamente, tocarle el antebrazo, reírse tirando la cabeza un poco para atrás. Quedaba Fausto. Me gustó Fausto. Pelo corto, no muy alto, onda intelectual. Estaba cortando unos tomates cuando él me miró. Le sonreí y también me sonrió. ¡Vamos todavía!

Las chicas estaban en Techo y se llamaban Paula y Lis. Eran buena onda. Se pusieron a hablar con Juani de un barrio que iban a construir en no sé dónde. Yo había terminado de hacer las ensaladas y me acerqué a Nacho. Él estaba salando la carne.

–¿Qué onda Fausto?

–He’s single.

–Genial. Me encanta su nombre. ¡Y el hermano se llama Dante!

–Sabía que ibas a decir eso. No das más de nerd.

–¿Qué onda los padres?

–¿Qué tienen que ver los padres con que vos quieras cogértelo?

–Shhhhh. Quiero saber cómo es la gente que le pone Fausto y Dante a sus hijos.–Nacho se rió.

–Están en CONICET.

–Obvio que están en CONICET.–Me puso contesta la respuesta de Nacho. ¡Iba a garchar con alguien inteligente! ¡O al menos el hijo de gente inteligente!

Dicen que una forma de identificar a las personas tóxicas es evaluar cómo te sentís después de haber visto a alguien. O sea, si después de haber pasado tiempo con determinada persona te sentís cansado, decepcionado o irritado, esa persona es tóxica. En cambio, si te sentís entusiasmado, estimulado o contento, esa es gente que le va a aportar cosas buenas a tu vida. Así me sentí cuando llegué a mi casa. Los amigos de Nacho resultaron ser muy copados. Agustina incluida.

Apenas llegué pensé que iba a pasar la noche entera charlando con gays y una histérica insoportable. Por suerte no fue así. Fue una noche muy buena. Tan buena que llegué a mi casa contenta de haberla pasado tan bien con gente tan copada. La velada se desarrolló así:

23hs: cenamos asado mientras escuchábamos el disco Born This Way. Tomamos cerveza y algunos se prepararon Fernet con coca. A mí no me gusta así que seguí con la Quilmes. Me senté al lado de Fausto. Agustina se sentó al lado de Dante. Antes de terminar de comer, ellos dos ya estaban a full. Dante también la tocaba a ella y se reía de las boludeces que decía. Yo no era tan obvia. Mi camino es la seducción discreta. Por suerte Fausto era igual. Los demás hablaban de Lady Gaga, de Techo, de cosas que no me interesaban mientras nosotros teníamos nuestro pequeño microcosmos intelectual.

–¿Leíste el Fausto?

–¿El de Goethe o el de Estanislao del Campo?–Ay, mi amor, esa pregunta me mojó toda.

–Los dos. O cualquiera.

–No leí ninguno.–Nos reímos.–Son un embole.

–Están escritos de manera embolante, pero el tema es muy bueno. ¡Qué copado llamarse Fausto!

–Sí, ahora. Cuando era chico lo odiaba.

0hs: le cantamos el feliz cumple a Nacho. La torta era un tiramisú hecho por Lis. Lo comimos sentados en ronda. No alrededor de la mesa, sino en otra parte del patio. Ahí no estuve al lado de Fausto sino entre Nacho y Juani. No sé por qué quedé en el medio. Ya estábamos bastante en pedo. Yo estaba alegre y simpática, más de lo normal. Les empecé a preguntar a los invitados de qué trabajaban, qué hacían, si estaban estudiando. Como ya estaban alcoholizados no les resulté invasiva.

1hs: encendimos un porro de la producción de Nacho. Estaba riquísimo. Hacía bastante que no fumaba. Como siempre me pasa cuando fumo faso, me costaba captar el paso del tiempo. Un segundo me parecía una hora y en otros momentos media hora me parecía un segundo. Me volví a sentar al lado de Fausto. En ronda jugamos esos juegos de borrachos donde el que hace algo “mal” tiene que tomar. Uno muy gracioso era sobre animales. Requería mucha coordinación y como no cazábamos una nos pusimos más en pedo todavía.

2hs: algunos bailamos cumbias y reggaetones que pasaba la radio Vida, una radio súper berreta que repite los temas de moda mil veces al día. Esa noche pasaban canciones divertidas para boludear. Otros se quedaron sentados fumando. Fausto no quiso bailar, así que bailé con Nacho y Juani. Agustina y Dante se fueron adentro solos. Al rato salieron y se despidieron. Se fueron de la casa de Nacho agarrados de la mano.

3hs: empezó a refrescar. Varios nos fuimos adentro. No sé bien quienes éramos. Fausto y yo seguro. Ceci, Lis y Paula también. Creo que Nacho, Juani y Mati también estaban. Nos sentamos en el living a ver una peli. En I–Sat estaba terminando Young in Revolt. Yo ya la había visto y me había gustado mucho.

–Cómo lo banco a Michael Cera–dije.

–Yo también–dijo Fausto.

Entonces lo besé. Nada muy pasional. Un piquito chiquito para ver cómo respondía. Y respondió bien. Me dio otro piquito y nos sonreímos. Fausto tiene una boca hermosa. Grande, de labios gruesos, los dientes blancos y parejos. Tiene todas las cualidades que tiene que tener una buena boca. Los demás no nos vieron porque estaban en cualquiera.

3.10hs: terminó la peli.

–¡Nacho, llevanos a recorrer tu casa!–dijo Paula.

Los pisos de parqué, las paredes pintadas de colores vibrantes, las esculturas y los cuadros dispuestos en todas las habitaciones. Todo tenía onda. Todo era copado. El padre de Nacho es arquitecto y su mamá diseñadora de moda. Eso se notaba en cada objeto y elemento decorativo de la casa. Era un lugar precioso, cálido, amplio. Muy diferente a la casa donde me había criado yo, llena de adornos espantosos y muebles de algarrobo.

4hs: nos reímos un rato con un libro que estaba arriba de la mesa ratona. Se llamaba Los peligros de la marihuana. Estaba escrito en tono apocalíptico y conservador. En la tapa había una hoja gigante tachada en rojo. Leímos algunos pasajes en voz alta y los comentamos entre todos.

–¿De dónde sacaste esto, amor?–preguntó Juani.

–Me lo regaló un vecino. Es evangelista y too uptight–dijo y encendió otro porro.

5hs: empezaron a joder con que tenían hambre. Querían ir al McDonald’s de calle Pellegrini. Yo no. Yo quería quedarme sola con Fausto. Los demás, Nacho también, estaban de acuerdo en ir a comer unas hamburguesas tóxicas. Fausto no dijo nada. Yo lo miré a Nacho. Él me entendió enseguida.

–Come on, people! Let’s go! I’m starving, bitches–dijo y los fue empujando hacia la puerta.

5.30hs: Fausto y yo terminamos el porro sentados en el parqué, adelante del sillón. La tele estaba prendida. No me acuerdo que estaban pasando. Nosotros hablábamos de la discografía de Illya Kuryaki.

–Chances es buenísimo–dijo él.

–Sí, me encanta. Cuando apenas salió no podía parar de escucharlo. ¿De los viejos cuál te gusta?

–Mmmm, qué difícil. Creo que Chaco.

–Mirá vos. A mí me gusta mucho Versus.

–Está bueno también.–Pausa.–Vos estás buena.

Me causó risa. Él también se rió.

–¡Qué directo!

Nos pusimos serios un segundo y empezamos a besarnos. Besaba muy bien. Con intensidad pero sin demasiada saliva. Me tocaba la cara, el cuello. Yo le pasaba los dedos por el pelo. Lo tenía bien cortito. Olía rico. Ay, Faustoooo. Me empezó a tocar las tetas y yo me senté arriba suyo. Nos besamos y tocamos un rato más así y después subimos al sillón. Cada uno se sacó sus respectivas prendas de ropa. Garchar con ropa no es garchar para mí. Se ve que él pensaba lo mismo. Le chupé un poco la pija, él me chupó a mí. Rico, preciso, con algunos dedos involucrados. Yo no quería acabar así.

–Cogeme, por favor–le dije al oído. Él se puso el forro y me cogió. Despacio y profundo. Yo no tenía ganas de hacer nada loco. Quería quedarme acostada en el sillón y que él se moviera arriba mío mientras nos besábamos. Estábamos bastante calientes así que acabamos rápido.

Nos quedamos en bolas en el sillón, haciendo cucharita. Él me acariciaba la espalda con la yema de los dedos. Yo estaba relajada y entredormida.

6.30hs: caímos nosotros en McDonald’s. Nacho y los otros seguían enfiestados. Estaban contando anécdotas a los gritos. Creo que ni se dieron cuenta de que habíamos llegado. Nos sentamos al lado. No comimos nada.

7hs: Fausto me llevó a mi casa en auto. Ya era de día.

–¿Te puedo llamar?–me preguntó cuando estacionó.

–Obvio–dije y lo besé.

Me dieron ganas de hacerle un pete. Lo hice. Era un regalo de despedida y un agradecimiento por haberme dado una noche TAN buena.

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Originally published at lareemplazante.wordpress.com on January 7, 2015.

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