El día que dejé de creer en el anillo

Cuando tenía 15 años, mi mamá me enseñó a cortar el pelo. Al principio yo no quería aprender porque no quería pasar mucho tiempo con ella. Siempre tuvimos una relación muy conflictiva y no íbamos a soportar vernos durante muchas horas consecutivas. Pero yo necesitaba la plata para salir, ir a recitales y comprarme las cosas que me gustaban.

Una de las mejores clientas era Cristina, la mamá de mi amiga Flor. Había sacado un turno para cortarse y hacerse los claritos. Yo todavía no sabía hacer los claritos, así que mi mamá decidió que ya tenía que aprender. Si me mandaba una cagada, Cristina no se iba a enojar.

–Hola, Cris. Hoy te voy a atender yo.–Le dije. Ni me había sacado el uniforme del liceo.

–¡Ay, mi vida! ¡Qué bueno que aprendas a cortar el pelo! Se gana mucha plata con esto. Yo lo sé por Lili.–Lili era mi mamá.

–Sí. Vamos a ver qué pasa.

Primero le corté el pelo carré y después preparé los productos para hacer los claritos. Por suerte mi mamá charlaba con ella y no me molestaba. Estábamos las tres solas. En cualquier momento llegaría otra clienta.

–Tengo una muy buena noticia para contarles.

–¿Qué pasó?–preguntó mi mamá. Yo ya estaba agarrando el pincel.

–¡Se casa Luli!–Lucila es la hermana mayor de Flor.

–¡Qué bueno! ¡Felicitaciones!

–¿Con quién se casa?–pregunté.

–Con Facundo Migliosi. Un chico de Rosario.

–¿Se van a vivir allá o se quedan acá en Funes?–preguntó mi mamá.

–Se van a Rosario.

–Qué bueno. ¿Cuándo es?

–El 9.

–¿Ahora de febrero?

–Sí, ya.

–¿Dónde lo hacen?

–En Sabor a campo.

–Ah, es chiquito ese lugar–dije yo.

–Sí, es bien íntimo. El problema es que no hay mozos. Ahí en el restorán tienen dos mozas nomás y necesitamos seis.

–Claro–dije.

Las tres nos quedamos en silencio unos segundos.

–¡Yo puedo ir de moza!–dije de repente.–Y puedo conseguir tres amigos más de confianza.

–¿En serio?–Cristina estaba feliz.

–Sí, en serio.

–¡Gracias, Meri!

Ahora tenía que averiguar quién quería trabajar un sábado a la noche por dos monedas. Lo bueno era que íbamos a poder tomar y comer gratis. A escondidas, claro. Flor no iba a poder trabajar porque era el casamiento de su hermana. Algunas amigas estaban de vacaciones.

Hacía poco que yo había empezado a salir con Lucas. Esa era una buena época en nuestra relación. Decidí que lo iba a llamar a él primero. Aceptó porque necesitaba juntar más plata para Bariloche. Ya se me iban a ocurrir los demás.

El sábado 9 a las seis de la tarde Lucas me pasó a buscar en su Zanella destartalada. Tenía zapatos negros, pantalón negro y una camisa blanca. Estaba más partible de lo normal. Yo tenía el mismo uniforme en versión femenina. Nos besamos y me subí a la moto. Pasamos a buscar a Débora y a Mariana por la casa de Mariana. Ellas eran dos compañeras mías del liceo. Estaban en bici. Fuimos todos juntos a Sabor a campo.

Cuando llegamos, nos encontramos con el dueño del lugar y dos mozos más: una chica y un chico. Se llamaban Maxi y Carla. Yo no l0s conocía. Lucas sí porque iban a la misma escuela que él. Mis amigas también los conocían. La camisa de Carla era mucho más corta y ajustada que las que teníamos nosotras.

–Lo primero que hay que hacer es poner los manteles y la vajilla–dijo el dueño mientras nos repartía manteles blancos a Carla y a mí. Nosotras acomodamos los manteles en las mesas y los demás fueron ubicando platos, vasos, copas, cubiertos y servilletas.

–Ahora hay que ir a la cocina a armar canapés–dijo el dueño. Ya eran las siete y media y los invitados llegarían a eso de las 9 y media.

El relleno de los canapés era tan rico que Lucas y yo robamos un poco. Armábamos un par de canapés y después comíamos una cucharada de los distintos rellenos. Había de aceitunas, de mariscos, de anchoas. Todo estaba riquísimo. El aroma de unas empanadas de copetín nos estaba volviendo locos. Aunque estaban envueltas en papel, se sentía el olor a cebolla y queso derretido. También había sándwiches de un montón de gustos.

–¡Ay, qué lindos mozos!–dijo Cris. Había llegado más temprano para traer los centros de mesa. Eran unos floreros de vidrio con brillitos, llenos de un líquido de color turquesa y flores de plástico. Espantosos.

–¡Gracias!–dije yo.

Debo me ayudó con los floreros y empezamos a ponerlos en el centro de las mesas.

–¡La puta madre!–dijo Debo. Se había volcado el líquido turquesa en el pantalón.

–Uhh, boluda. No te hagas drama. Lo secás en el baño. Tienen ese secador para manos. Te ponés un rato ahí y ya está–dije yo. Ella había empezado a secarse con unas servilletas de papel.

–La puta madre–repitió. Tenía una cara de culo impresionante.

–¿Pasa algo?

–Carla.

–¿Qué tiene?

–Es una trola.

–¿Ah, sí? Me lo tendría que haber imaginado por su ropa–dije y me reí. Ella seguía con cara de culo.

–Es una trola en serio. Ella andaba con Nico.

–Uhh–dije. Nico era el ex de Debo.

–La puta madre–repitió por tercera vez y siguió acomodando los centros de mesa.

Los novios llegaron en un Torino rojo. El auto era hermoso, estaba impecable. Llegaron antes que los invitados. Me gustó. Nunca entendí esa costumbre de esperar la entrada triunfal de los protagonistas. Me parece mucho más coherente que los protagonistas esperen a los demás. Apenas llegaron los felicitamos y les llevamos canapés, empanaditas y sándwiches.

La gente fue llegando de a poco. Al principio pudimos trabajar tranquilos porque la comida para picar ya estaba preparada de antemano. Ahí en el momento decidimos que las chicas íbamos a llevar los canapés y los varones las bandejas con las bebidas, que pesan más. Todo iba bien hasta que vi que Carla le metió una calzada a Debo. Debo tenía una bandeja llena de cosas. Tropezó pero no se cayó. Se dio vuelta y empezó a caminar hacia Carla con intenciones de vengarse.

–¿Qué pasa con esas dos?–me preguntó Lucas. Había visto la situación al lado mío. No le respondí. Empecé a caminar en dirección a Debo para frenarla. Maxi llegó antes. Carla se fue para la cocina y Debo se quedó sirviendo. Estaba colorada.

Cuando los invitados ocuparon sus respectivas sillas, se nos complicó la organización. Los platos con el pollo relleno y las papas españolas no estaban todos listos. Igual servimos los que ya estaban y algunos comensales se enojaron porque no habían empezado a comer mientras que otros ya estaban terminando. Los calmamos como pudimos. Más o menos nos acomodamos, aunque no pudimos conformar al padre de Flor. Él había pagado la fiesta.

–Mi viejo está re caliente, boluda. Pónganse las pilas que no tengo ganas de aguantarlo–me dijo Flor al oído. A mí me tocaba atender las mesas principales.

Después del brownie con helado de americana, el DJ puso unas cumbias viejas, tipo Antonio Ríos, y la mayoría de los invitados salió a bailar. Recién ahí pudimos descansar un poco. Eran las dos de la mañana. Tenía ganas de charlar con Lucas. Él estaba sirviendo bebidas a los que estaban en la pista. Como estaba ocupado, me fui al baño.

Cuando estoy por entrar al baño me cruzo a Debo. Ella estaba saliendo. Seguía con la cara colorada y puteaba por lo bajo.

–Eh, Debo. No te calientes. No vale la pena.

No me respondió. Un segundo después salió Carla del baño. Y después Facundo, el flamante novio. Casi no se podía mantener en pie del pedo que tenía. Yo entré al baño y me quedé un rato más del necesario. Era el único lugar donde podía descansar. Me lavé las manos, me peiné y me retoqué el maquillaje con lentitud.

Los invitados seguían bailando. Renové las bebidas de todas las mesas y de los bailarines junto con Lucas.

–¡Quiero estar con vos! Vayámonos de acá. A la mierda la fiesta–me dijo Lucas y me agarró de la cintura. Estaba un poco en pedo. Me gustó que tuviera ganas de irse conmigo.

–Pará, Lucas. Cris me lo pidió. No puedo irme.–Él me hizo puchero.–No me hagas esa cara que me vuelvo loca. ¿La viste a Debo?

–Afuera fumando.

Afuera hacía demasiado frío para febrero y yo estaba desabrigada. Parecía que Debo no sentía el frío. Fumaba rápido.

–¿Qué pasa, Debo?

–Nada.

–Dale.

–Nada.

–Esa puta de Carla. No me la banco. Después de lo que me hizo y ahora esto…

–Uh, sí, vi cómo te metió la calzada. Qué hija de puta.

–Sí y eso también.

–¿Qué más te hizo?

–A mí nada. La vi en el baño garchando con Facundo.

–¿Qué Facundo?

–Facundo, el novio.

–¿Eh?–Yo no entendía nada.

–Que la vi a Carla, a la puta, garchando en el baño con Facundo.

–Pero Facundo se casa hoy…

–Ya sé, él también es un hijo de puta.

–¡No lo puedo creer! ¿Arrancó a gorrear a la mujer el mismo día del casamiento?

–Se ve que sí.

–¿Qué onda el amor, el respeto, el “hasta que la muerte los separe”?

Debo subió las cejas y no dijo nada. Yo me senté al lado de ella. Estaba arriba del Torino rojo del novio. Saqué un faso que tenía en el bolsillo y lo encendí. Por suerte los invitados estaban entretenidos adentro y nosotras éramos las únicas dos afuera. Lucila bailaba agarrada a Facundo.

–Miralos, todos felices. Qué farsa–dijo ella después de un par de secas.

–Y sí. ¿Qué pensabas?

–No sé. Yo creía en el matrimonio, el vestido blanco, los hijos, 15 días en la costa en enero. El perro labrador–me reí.

–Te tragaste todo el cuentito burgués.

–Sí, de una. Después de Nico me decepcioné mucho. Voy a morir sola.

–Ay, no seas tan trágica. Eso no se sabe.

–Por cómo viene la mano, creo que sí.

–Yo nunca creí mucho en el vestido y todo eso. Pero después de esta noche ya no creo nada.–Nos reímos.

–Hermoso que te metan los cuernos el día de tu casamiento.

–Se.

Tiré lo que quedaba del faso porque alguien había salido afuera. Se nos acercó. Era Lucas.

–¿Y si nos vamos?–me dijo.

–No puedo, amor.

–Dale, vayámonos. Ya están empezando a levantar las mesas. No falta mucho para que termine. Dale.

–Vayan, boluda. Yo los cubro–dijo Debo.

–¿En serio?

–Sí, en serio.

–¡Gracias, querida!–le dije y le di un abrazo. Lucas también la abrazó.

Fuimos hasta la Zanella y le saqué las llaves. Iba a manejar yo. Él estaba muy en pedo. Nos subimos. Lucas estaba agarrado de mi cintura y apoyaba la cabeza en mi hombro. Arranqué. Estaba amaneciendo, su cuerpo me daba calor y me decía boludeces graciosas. Me sentí bien.

Todavía faltaba mucho para que nuestra relación pasara de esa ternura inicial a los cuernos, las mentiras y las falsas promesas que vendrían después.

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Originally published at lareemplazante.wordpress.com on January 13, 2015.

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