El día que me enfrenté a “los paredes”

Los docentes solemos quejarnos de los alumnos irrespetuosos, molestos y desganados. Son aquellos que nos impiden hacer bien nuestro trabajo y que boicotean nuestras propuestas, ya sea mediante la agresividad o la indiferencia. Nos hacen gritar, poner amonestaciones, llamar a los preceptores, convocar a sus padres para una reunión. Por culpa de ellos queremos dejar de dar clases y meternos a trabajar en una oficina. Hay otros alumnos, menos frecuentes, que también nos generan angustia. Ellos son “los paredes”.

Los paredes son alumnos obedientes que empiezan a leer después de escuchar la pregunta Who wants to read? (“¿Quién quiere leer?”), que resuelven las actividades sin chistar, que son siempre callados y respetuosos. De tan perfectos dejan de ser humanos y pasan a ser paredes porque son inexpresivos. Los mirás y no podés saber si les gusta, les interesa o les sirve para algo lo que les estás enseñando. No saben qué contestar cuando se les pide una opinión personal. No tienen una idea propia. Mucho menos una idea revolucionaria: son reaccionarios que repiten lo que les enseñaron sus padres.

Me enfrenté a los paredes por primera vez en un colegio confesional. Los alumnos de estos colegios suelen ser los más revoltosos y maleducados de todos. Las chicas son bastante promiscuas (pero se hacen las mosquitas muertas) y los chicos son manipuladores y les gusta la merca. Curiosamente, este colegio católico-apostólico-romano no era así. En cambio, estaba lleno de paredes.

Yo había preparado una actividad hermosa con un capítulo de The Big Bang Theory. Ni me acuerdo qué episodio había elegido. Tenían que verlo sin subtítulos, responder unas preguntas y escribir una escena alternativa. No era nada difícil. El nivel de inglés de la escuela era bastante bueno y yo estaba segura de que lo iban a poder resolver sin problemas. Antes de darles la consigna me sentía como esos docentes motivadores y creativos de las películas. Copiaron las actividades, vieron el capítulo, se pusieron en grupos. Y nada. Cuando les pregunté qué opinaban de Sheldon, no les saqué ni una risa, ni un comentario positivo, ni tampoco uno negativo. Hicieron las actividades, respondieron con precisión lo que se pedía y nada más. Su subjetividad se había perdido en la labor de ser buenos alumnos.

Aunque sé que me voy a arrepentir de decir esto, prefiero a un alumno inteligente y maleducado antes que a un robot disciplinado. Me gusta que las personas piensen y que tengan intereses que los apasionen, por más de que esos intereses no pasen por la materia que enseño yo. Es muy sorprendente ver cómo esos hijos perfectos, que también son alumnos perfectos, actúan siempre de la misma manera y nunca se equivocan. Parecen salidos de una cadena de montaje que construye un producto sin fallas ni fisuras. Cuesta sentir empatía por estos alumnos. Pero bueno, ya sabía que la docencia es así: darte la cabeza contra la pared, una y otra vez, hasta lograr que se tambalee un poco.

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Originally published at lareemplazante.wordpress.com on January 16, 2015.

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