El día que pensé en una escena de Annie Hall

En una escena de Annie Hall el personaje Alvy Singer (Woody Allen) recuerda sus épocas escolares y se pregunta dónde estarán sus compañeros de clase. Entonces vemos a niños de seis años que hablan como adultos y dicen cosas como “dirijo una empresa exitosa”, “soy adicto a la metadona” y “me gusta el sadomasoquismo”. La primera vez que di clases en primer grado me acordé de esto y me puse a pensar qué harían mis alumnos al llegar a la adultez.

Por supuesto que no creo en el determinismo y considero que todos podemos tener trayectorias de vida cambiantes y diversas. Solamente fue un ejercicio divertido imaginar dónde terminarían estos niños charlatanes y curiosos. Así como hay estereotipos docentes, también hay estereotipos alumnos. Algunos de estos estereotipos son:

La sabelotodo: se llama Lola. Sus papás le enseñaron a leer y a escribir antes de empezar las clases. Después de la escuela va a danza clásica, a inglés, a vóley y a piano. La cría la niñera porque los padres están demasiado ocupados con sus vidas profesionales. No es una hija sino un objeto más de la casa. Termina rápido las actividades y molesta a sus compañeros. De grande va a ser contadora.

El soberbio: se llama Felipe. Cuestiona la autoridad docente todo el tiempo, sin ninguna razón legítima. Critica las actividades propuestas, dice que está aburrido y en voz baja afirma que la maestra es boba. Trata mal a los compañeros y suele cargarlos. Su mamá es resentida y frustrada, dos características que él heredó y afianza en su personalidad día a día. El padre está ausente. De grande va a ser abogado.

La soñadora: se llama Zoe. Lo que más le gusta hacer es dibujar. Le cuesta escribir, pero se esfuerza para aprender a hacerlo bien. Tarda mucho en resolver las actividades porque su imaginación la hace divagar y perder la concentración. Se dirige a todos, compañeros y docentes, con humildad y respeto. Se ríe mucho. Casi todos los días regala dibujos hechos por ella, decorados con brillantina y stickers. De grande va a ser artista plástica.

La vaga distraída: se llama Santina. Le cuesta ir al mismo ritmo que los demás. Sin embargo, no se esfuerza. Espera que los más rápidos de la clase terminen así pueden ayudarla. Resopla constantemente. Antes de escuchar qué es lo que tiene que hacer, determina que es muy difícil y que eso no lo sabe resolver. Es la hermana menor y está acostumbrada a que los otros hagan las cosas por ella. De grande va a ser mantenida.

La trolita: se llama Carola. En clase desfila, saca cola, se levanta la remera y hace trompita. Le encantan los chismes y generar conflictos entre sus compañeros. Inventa historias inverosímiles que termina creyendo. Ya se dio piquitos con dos amigos. Tiene un brillito de labios que lleva a la escuela y se aplica cada dos segundos. Su mamá la llevó a varios castings de publicidades. Le compra ropa de adulta en tamaño de infante. De grande va a ser vedette.

La hermosa: se llama Juana. Es buena compañera, paciente, respetuosa. Aprende rápido y cuando termina las actividades no molesta, sino que se pone a ayudar a los demás. Siempre le sobra tiempo para hacerle un dibujo o una tarjetita a la seño. En el recreo le gusta jugar con su hermano que va al jardín. Sus padres actúan como tales y no como sus amigos o sus dueños. De grande va a ser pediatra.

El lento: se llama Lisandro. Tiene problemas de aprendizaje y sus padres no lo quieren admitir. Le cuesta entender las consignas más sencillas, tarda en arrancar y no se adapta a las características de la primaria. Era feliz en el jardín, donde podía jugar sin interrupciones y sin la presencia atemorizante de un alfabeto que tiene que memorizar. Es tranquilo y respetuoso, algo difícil de entender ya que su madre es quilombera y cada tanto va a la escuela a quejarse. De grande va a ser cartero.

El desordenado: se llama Tiago. No domina muy bien los cuadernos rayados. En un renglón tiene una caligrafía inmensa y en el renglón siguiente las letras son tan chiquitas que no se puede leer lo que escribió. Cuando dibuja también alterna entre trazos grandes y claros y diseños amontonados e incomprensibles. Le encantan los autos, las motos, los trenes y las ambulancias. Sus papás trabajan bastante y ganan poco. No tienen mucho tiempo para ocuparse de su educación. De grande va a ser camionero.

La primera vez que fui, en marzo, noté muchas diferencias entre los chicos. Aunque tenían la misma edad, algunos ya sabían leer, escribir, pintar dentro de los límites de un dibujo, mientras que otros ni siquiera agarraban los lápices de manera cómoda. La maduración no se da de la misma forma y eso se nota en una clase. No sólo en primaria, sino en el sistema educativo completo. Creo que está mal que la educación se organice por edades. Para mí tendría que ser por niveles.

A estos chicos les di clases varias veces durante el año. Me sorprendió muchísimo ver cómo variaron de marzo a diciembre. A fin de año, aquellos a los que les costaba adaptarse al comienzo estaban más desenvueltos, conversadores y organizados. Una vez más me di cuenta de la capacidad que tenemos los humanos de cambiar y mejorar.

La primaria es el nivel que más me gusta. Los chicos todavía tienen epistemofilia, es decir, un interés genuino por aprender. Esto no significa que no se porten mal o que no falten el respeto. Hay días en los que me voy con dolor de garganta de tanto gritar para “poner orden”. Pero quieren aprender, quieren resolver ejercicios. Aunque su motivación sea ganarle al compañero de banco, trabajan y trabajan bien. La secundaria no me copa tanto. De chicos curiosos e inquietos pasás a tener adolescentes desganados y apáticos. Prefiero los alumnos de primaria. Los adolescentes se los dejo a los profesores que, como ellos, no tienen ganas de hacer nada.

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Originally published at lareemplazante.wordpress.com on January 9, 2015.

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