El día que presencié un puterío en sala de profesores

La sala de profesores es un lugar extraño si sos reemplazante. Tiene su propia dinámica. Es como un ecosistema cerrado donde al principio es difícil adaptarse. Después se vuelve un espacio normal y un poco embolante. Más o menos todas las salas de profesores son parecidas. Hoy les voy a contar una experiencia que tuve en un colegio confesional. Cuando llegué, todos me trataron con amabilidad y me dieron un café. Me puse a leer lo que tenía que enseñar después del recreo mientras los docentes hablaban de cursos problemáticos, de evaluaciones, de licencias y de imposiciones del Ministerio. Al toque me di cuenta de que muchos de los estereotipos docentes estaban presentes ahí mismo:

La Susanita: sus hijos y su marido son lo mejor del mundo. Le gusta cocinar, hacer las tareas del hogar y subir fotos a Facebook. Mira todas las novelas y hornea galletitas que lleva a la escuela. No se olvida del cumpleaños de nadie. Es buena persona, ingenua y pesada. Cree en el amor para toda la vida. A su marido lo conoce desde la escuela primaria. Participa de las cooperadoras de cada uno de los clubes a los que asisten sus hijos. Enseña Geografía.

La que falta siempre: se sabe los códigos del Ministerio para faltar y cobrar igual. No tiene ninguna vocación docente. Estudió una carrera corta que le diera una salida laboral rápida. No tiene ambiciones ni intereses. Se casó por vagancia y tuvo un hijo al que supuestamente ama con locura, pero al que mucha bola no le da. Tiene una empleada que se ocupa de administrar lo que sucede en su propia casa. Lo que más le gusta de su marido es la billetera. Enseña Contabilidad.

La hipocondríaca: siempre tiene una enfermedad distinta. Su cartera tiene más pastillas, pomos y frascos que una farmacia. Cuando alguien dice que está cansado o que le duele la cabeza, lo quiere medicar de forma inmediata. Sabe los nombres de cada uno de los fármacos legales en Argentina y cómo administrarlos. Va a la psicóloga, a la psiquiatra, al alergista y unas cinco veces por año se hace análisis de sangre y de orina. No tuvo la valentía suficiente para estudiar Medicina y por eso es Profesora de Biología.

La gorda Cormillot: aunque sabe lo que hay que comer pesa 90 kilos y mide 1.55. Cae a la escuela con manzana, yogur con granola y barrita de cereal casera, sin harinas. Comenta la cantidad de calorías que tienen los alimentos que ingieren los demás docentes y los critica por consumir demasiadas grasas trans. La verdad oculta es que en su casa se morfa hasta la heladera. Su marido y sus hijos también son obesos. Como madre es sobreprotectora. Enseña Plástica (o como se llame).

El revolucionario: se viste con pullover de vicuña en invierno y con camisola de lienzo en verano. Suele llevar un pin en el pecho que hace alusión a alguna causa en la que milita. Por ejemplo, “NO a la minería”. Sus cantantes preferidos son Víctor Jara, Silvio Rodríguez y León Gieco. Trabaja con las letras de estos artistas en cada clase y les hace escribir a los alumnos ensayos sobre lo terrible del sistema capitalista. Tiene tres plantas de marihuana en la casa. Su pedagogía se basa en que “hay que dejar que los chicos se expresen”. La docente revolucionaria comparte las mismas características que el revolucionario, sumado a que habla demasiado de feminismo radical y políticas de género. Enseña Filosofía, Historia o Lengua.

La anoréxica: no come nada. Dice que tiene problemas en un órgano X del sistema digestivo. En realidad, no quiere engordar y por eso no prueba bocado. Ya se desmayó varias veces dando clases. Siempre está nerviosa o enojada por algo. Sino son los alumnos, es el gobierno. Sino es el gobierno, es su mamá. Tiene un novio con huevos de oro porque la soporta. Él es súper paternal, ella no quiere saber nada con tener hijos para no perder la figura. Inflexible, criticona, cerrada. Enseña Matemática.

Estos docentes estaban interactuando en paz cuando llegó otra docente. Saludó, la saludamos, y se sentó al lado de la Susanita. Se notaba que quería hablar, pero como los otros estaban en la suya, no iba a arrancar hasta que no recibiera más atención. Esperó unos dos minutos. Como los demás no se callaban, decidió levantar la voz.

–Para los que no me conocen, yo soy Soledad, la profe de Historia.–La única que no la conocía era yo. Le sonreí.–Vine a despedirme porque me gusta dar la cara. Podría haber pedido licencia, pero decidí venir a decirles adiós a los colegas amigos.

Algunos ni la miraban. Otros se hacían los interesados. Parecía que no la soportaban.

–Me voy de la escuela porque vivo a 90 kilómetros de acá y el traslado y el gasto es mucho. Antes venía con Pablo y dividíamos los gastos, pero ahora que él trabaja en el Ministerio vengo sola. Es muy triste para mí venir sola. Pablo está con un buen trabajo y yo estoy contenta por él, pero no es lo mismo. A mí me sigue gustando la docencia. Yo sé que trabajo bien porque cuando me despedí de mis alumnos ellos se largaron a llorar y me pidieron que me quedara. Estaban re mal los chicos. Además ya tengo laburo en otro lado. Eso indica que hago las cosas bien. Yo no juzgo, porque para juzgar está el de arriba,–señaló el cielo–pero hay malos compañeros. Todos saben a quién me refiero. No voy a dar nombres, pero algunos son malos compañeros y por ustedes renuncio.

MOMENTO DE TENSIÓN EN LA SALA DE PROFESORES. Silencio incómodo durante unos segundos.

–Vos sabés muy bien que estoy hablando de vos, Marisa. Vos me fuiste a acusar de cosas que yo no hice con la directora. Vos me envidiás, envidiás mi manera de trabajar y por eso me criticás.

–Ay, no, Soledad. Pará un poco. No voy a hablar de eso porque este no es el momento ni el lugar.–Empezó a decir aceleradamente la de Matemática, la anoréxica.–Además, vos te contradecís. Primero decís que no venís más por la distancia, los gastos, qué se yo, ¿y ahora me echás la culpa a mí? ¿En qué quedamos?

–¿¡Pero qué decís!? Sos una carad…–gritó Soledad. La interrumpió el revolucionario.

–Pará, Sole. No se traten así. Somos colegas, estamos del mismo lado…

–Callate, Sebastián. ¡Callate, haceme el favor! Vos siempre defendiendo a la escuálida esta porque te la querés coger. ¿Te pensás que no nos dimos cuenta?

Todos se quedaron con la boca abierta, yo incluida.

–Sos muy desubicada, Soledad. Ella es una colega. ¿Cómo vas a decir eso?–dijo el revolucionario.

Justo cuando Soledad iba a retrucarle con dedo acusador en el aire, sonó el timbre. Yo me levanté rápido y me fui a dar clases. Los demás docentes también salieron. Soledad se quedó criticando a los gritos. Ya nadie la escuchaba.

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Originally published at lareemplazante.wordpress.com on January 1, 2015.

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