Yo era un páramo

Era una niña incrédula, simpática, feliz; pisaba charcos de agua y me empapaba los pies y me reía a carcajadas y me embarraba. ¡Cómo me gustaba el barro! En lugar de comer manzanas como todos los pequeñitos, le rogaba a mi mamá cebollas, y cuando con los del barrio jugábamos a la escondida siempre me encontraban. Supongo que por el crujido que hacía cuando mordía esa verdura que, no sé por qué, no me hacía llorar. Yo era fuerte, era una niña fuerte. El aroma denso que despedía la cebolla también debe haber influido en mis malos escondites. Eso fue hasta los ocho más o menos, cuando dejé la escondida por la rayuela.

Después de esa edad y hasta los 17, algo curioso me pasaba. Cuando con mis papás caminábamos por las calles de Mendoza y veía a una persona arriba de una silla de ruedas pensaba “cómo puede ser que no pueda caminar solo; tiene que poder; ese hombre/mujer no tiene voluntad”. Me parecía imposible que una persona no tuviese fuerza en las piernas.

Era lindo ser un ser irracional. Ver a alguien moverse sobre ruedas era para mí un acto de vagancia. Eso demostraba lo poco conectada que estaba con la tierra… o con el infierno. ¿Acaso no es lo mismo? Yo era un páramo.

Cumplí dieciocho y la nube que me columpiaba me soltó. Caí al piso, me golpeé y me aferré a la vida. Entendí que no éramos finitos. Adolescencia: divino quilombo realista. Es ahí donde definimos la línea filosófica que vamos a transitar en el infierno. Sí, yo era un páramo. Y caí en el existencialismo. Por supuesto que usé mi instinto animal muchas veces a pesar de dejar atrás la idea de que éramos eternos.

Vamos a psicoterapia. Bueno, vamos, dale. Visité cada rincón de la ciudad para tratar de entender la muerte, el amor, la amistad, la vida, el hombre en silla de ruedas, la cebolla, la escondida, la rayuela. Ningún punto del desierto donde vivo y habitada por psicólogos pudo ayudarme. El tema de la existencia y el misterio venía/está en mi ADN. Convivamos con eso, no sos cagona, no sos eterna, no sos omnipotente. Nada podés, nada podés en este mundo más que aprender a vivir, a vivir hoy. Porque mañana, en un mes, en cinco días o cien años, tu alma se va a ir vaya a saber dónde y tu cuerpo va a mezclarse con la tierra y ya no podrás jugar con barro. Gusanos. Asfixia. Terror. Misterio. Paraíso. Reencarnación. Mierda. Pura mierda.

Con treinta y un años no he vivido la muerte de ningún ser amado. Con treinta y un años ninguna especialista en mentes despiertas e inquietas pudo develarme lo que se oculta detrás del amor, de la muerte, del final.

Sólo una persona pudo enseñarme el noventa y nueve por ciento de los secretos que esconde el infierno terrenal que ocupamos los estúpidos seres humanos. Esa persona es MI ABUELA.

Mi abuela sabe mi vida entera. Yo sé la vida entera de mi abuela. Mi abuela me vio llorar y reír por amor. Lo que yo no sabía era que el amor más grande estaba frente a mí cuando hacía mis descargas eléctricas con ella. Ella era amor. Ella es amor. Y será amor hasta que mi paso y su paso por aquí terminen.

Somos iguales. Mi abuela y yo somos iguales pero tenemos una diferencia. Su época la convirtió en sumisa y obediente; mi época, en cambio, me hizo libre y rebelde. Por eso, yo, más que nadie y sin ofender, puedo decir que conozco la verdadera esencia de mi abuela, porque mientras comíamos sus ricos platos calóricos y ella me hablaba de política, yo de a poquito la transformaba en un ser desobediente y auténtico. Ella, conmigo, ERA. Yo la dejaba ser. Nadie más pudo hacerlo. Doy fe.

Mi abuela enfermó. A mi abuela le quema el cuerpo. Ella del amor ya me lo enseñó todo. Ahora está haciéndome conocer el dolor, ese que duele como picana genital, como cuchillo en la sien, como gatillo en el corazón. Mierda, ¡que duele! Pero más duele la picana, el cuchillo y el gatillo en el alma.

Cuántas cosas me enseñaste, abuela amada. ¿Cuántas cosas más querés enseñarme? Te lo pregunto porque de tu dolor no quiero aprender más nada. Porque muero de a poco cuando te veo cansada. Porque muero despacito cuando me mirás con los ojos llenos de esas lágrimas que tu puta época no te enseñó a escupir. Largalas, carajo. Llorá, gritá, decí que ya no querés más, sacá la bronca. Dale, aprovechá que estamos solas y nadie nos ve.

No me preguntés más, por favor, porqué te pasó esto. No me interrogués sobre la dureza de tus músculos porque yo sí sé llorar. Cuando no sé qué carajo responderte sé llorar con más luz que un relámpago y más fuerza que un huracán. Y ahí, si querés, podemos largar juntas más agua que de enero a junio del 2016 en Mendoza.

Vamos a pasear, miremos el sol, me quiero encandilar, dejate cegar conmigo. Quizás nuestras pupilas mezcladas con la luz solar nos engañen un rato y nos hagan creer que todo es una pesadilla, una ficción de terror. Vamos, dale. Dame la mano, tirémosnos al pasto, yo te ayudo a acomodarte. Tres almohadas para vos debajo de tu espalda y cabeza y pasto para mí detrás de mi pelo.

Cuántas cosas me has enseñado, abuela. Cuánto me cuidaste de bebé. Cuántos guiños me hiciste cuando hacía una locura y mi papá no podía enterarse. Cuántos secretos tenemos, ¿no? Sólo el universo lo sabe. Nadie más. Es promesa, Yayita.

Ahora, a los treinta y un años venís a enseñarme cómo es la muerte, cómo es el sufrimiento, cómo es el final. Me enseñaste el amor y ahora me enseñás la muerte. Sos mi maestra. Sos mi amor. Sos mi mejor amiga. Sos ternura. Sos una parte de mi corazón y la parte derecha de mi cerebro, porque sin tanta palabra, con vos aprendí de aromas con tus comidas, de sonidos con el tango, de sentimientos con tu forma de ver la vida, de intuición cuando me iba por caminos oscuros y de imaginación con tus grandes historias. Con tu pasado, tu fantástico y atrapante pasado. Fuiste mi mejor profesora de historias.

Vas a estar en mí siempre y vas a ser el tema de conversación con los que vengan, aquellos bisnietos que alguna vez quisiste mecer como lo hiciste conmigo. Gracias por enseñarme cómo es la vida. La vida dura. Cuando me elegiste como nieta me convertiste en la flor más grande del mundo en el medio de tanta roca. Con vos hasta el fin.

Giuli.

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