Recreación artística del planeta enano Eris (en primer plano) y su diminuta luna Disnomia, situadas en el Cinturón de Kuiper, con el Sol al fondo (Wikipedia).

Disnomia

Se acabó lo que se daba. Después de más de dos meses de inactividad, regreso a la difícil rutina. Atrás quedan las lecturas sosegadas, los paseos vespertinos, la ociosidad a la sombra, el muerto boca arriba en la piscina municipal, la observación de constelaciones, las noches golfas…

Recupero este blog con la intención de alimentarlo como si se tratara de un debilucho tamagochi (o Pou, que es más moderno). Pretendo dotarlo de contenido regularmente, aunque ya se sabe que lo que sobran los primeros de de septiembre, jornadas infames tan sólo a la altura de los primeros de enero, son buenas intenciones y propósitos de enmienda.

Tal vez lo que me bloqueó de mi anterior tanteo en este ecosistema fue la ambición de los temas que quería tratar. Me generaba intranquilidad el hecho de abordar asuntos en los que me imponía lecturas previas y puntos de vista originales. Esta vez no volveré a caer en ese error. No pretendo realizar trabajos de grado ni que esto se convierta en un libro por fascículos. Perderá erudición y pedantería, lo sé, pero espero que en su lugar gane espontaneidad y frescura.

Este verano he leído bastante, aunque poco de filosofía (para eso tengo el resto del año). Me siento orgulloso de haber cultivado durante los meses estivales el complejo arte de la literatura epistolar. Gracias a eso le he perdido el miedo a la primera persona. Las lecturas han sido variada, aunque, si hay un denominador común, éste sería el firmamento.

Aparte de otras cosillas, he leído 2001 Una odisea espacial y 2010 Odisea dos, ambas obras de Arthur C. Clarke. Tenía una gran curiosidad por conocer el significado del famoso monolito que aparece en la hermética película de Kubrick y, desde luego, el primer libro de la saga cósmica no decepciona. Ahí se encuentra la clave para entender todo y, aunque en algunos aspectos se aleja del film (si bien habría que recordar que Clarke escribió la novela a la par que el guión para el celuloide), son precisamente las diferencias las que dota de atractivo al texto. Resulta, además, abrumador el rigor científico del que hace gala el autor y que dilata en la segunda entrega. En 2010 Odisea dos, de hecho, llama la atención más, si cabe, el conocimiento que tiene sobre la composición de los planetas. Espero que me disculpen el spoiler pero reconozco que lo que más me ha gustado es la forma en que la inteligencia extraterrestre es capaz de activar el reactor del núcleo de Júpiter y, con ello, reconvertir al gigante gaseoso en la estrella que hubiera podido haber sido, siendo rebautizado el nuevo astro en la ficción como Lucifer.

Y es curioso esto último, porque en otro de los libros que he leído este verano el autor califica Júpiter como una “estrella malograda”. El texto en cuestión es Hasta el infinito y más allá (Ed. Imago Mundi, 2015) de Manuel Seara Valero, periodista que conduce el programa de divulgación científica A hombros de gigantes en Radio 5. Me topé con este libro en la biblioteca pública por casualidad y me lo llevé a casa. No estaba seguro si iba a ser una de tantas obras de divulgación sin fuste ni muste, pero la verdad es que me llevé una grata sorpresa. Bien trabajada y escrita, el autor hace un repaso a todas las novedades que tienen que ver con la astronomía y la astrofísica. Entre los muchos asuntos que trata, me quedo con el descubrimiento en la última década de infinidad de planetas enanos situados en el cinturón de Kuiper, una región que extiende más allá de la órbita de Neptuno. Lo curioso es que estos planetoides o plutoide (como también se les denomina, por tener diámetros de dos o tres mil kilómetros) cuentan incluso con lunas. Uno de ellos es Eris, descubierto en 2005, que tiene como satélite a Disnomia. El nombre del planeta enano hace referencia a la deidad de la Discordia en el panteón griego. El nombre de Disnomia, por su parte, hace alusión a la hija de Eris, divinidad helena del desorden y el caos.

El siguiente paso literario era obligado. Al menos en lo que a asociación de ideas se refiere. Me entraron unas ganas tremendas de leer mitología griega. Recordé que tenía en casa Dioses y héroes de la antigua Grecia escrito por Robert Graves y lo devoré en un par de días. Con una estupenda prosa, el autor cuenta un montón de mitos que tienen que ver con las constelaciones. Me quedo con la historia del cazador Orión. Gracias a ella se sabe por qué aparece en el firmamento su constelación y cerca de ella la del Escorpión, como si el enorme arácnido le persiguiera. El libro es una auténtica delicia y, como me he quedado con ganas de más, ya tengo en la lista de pendientes los dos volúmenes de Los mitos griegos escritos por el mismo autor así como el clásico Mitología del firmamento (Catasterismos) de Eratóstenes y que está publicado en Alianza.

Y ése, grosso modo, ha sido mi verano de libros.