No se dice “mande”, se dice “¡Qué!”

La mayoría de los mexicanos contestamos a cualquier petición, indicación o comentario que esté acompañada con nuestro nombre personal, con la siguiente frase: “mande usted”

La primera vez que escuché a alguna alumna mencionarlo, llegó a mi oreja, recorrío mis conductos auditivos, atravesó mis ojos y se enterró en mi cerebro haciendo una explosión de imágenes: cuerpos encorvados, miradas y rodillas al piso, sumisión. Por supuesto mi respuesta fue una negación profunda a acostumbrarme a esa imagen del cuerpo e inmediatamente recuerdo haberle contestado a esa alumna: “no, aquí no se dice mande, se dice qué o sí, dime”.

Sí, quizá quería que esa alumna entendiera que no por ser su “maestra de danza” podía saberlo todo o no ser cuestionada, quería romper con la frase que nos siembran desde pequeños: “no le respondas al maestro o cállate y haz lo que el maestro dice, el maestro siempre tiene la razón, pregúntale a tu maestro” ¿Respeto o sumisión? claro que, para diferenciarlo, también tenía que ver la respuesta de quienes estuvieran frente a nosotros “guiándonos hacia el conocimiento”, su personalidad o su visión de la profesión que habían elegido. Quería que mis alumnas me vieran como un puente y que mi responsabilidad era enseñarles el inicio del puente y que el resto del recorrido, incluso la forma en la que ponían el pie al inicio del puente, era trabajo absoluto de ellas. He de confesar que, sé, que habré sido para algunas una “mala maestra” por no resolverles todo o quizá habré decepcionado a tantas con mi frase: “sí, se hace así, pero no tiene que ser así” o “yo no sé nada, ni bailar” o con mis bromas pesadas (algunas no debieron ser, otras sí, siempre) o con tantas historias y sarta de barbaridades que dije en clase en torno a algún tema y su “teoría” con la única intención de dejarles la inquietud y que ellas buscaran si era verdad o no o mejor dicho, que ellas buscaran su verdad. Enseñar una danza que es totalmente ajena a nuestra cultura, hermana, pero ajena, es un reto, sobre todo, si nunca se ha viajado o vivido en el lugar de donde la danza procede. Era lo más honesto que podía hacer, reducirme a nada y mostrarles su propio cuerpo en movimiento, ni siquiera el mío, quería que sintieran el poder de su presencia en el espacio, sus pechos hacia el cielo, caderas-fuego, manos que hablaran de ellas y su amor propio, piernas deseosas por andar la vida. ¿Cuándo surgió esta necesidad de romper con esa forma de respuesta? cuando una maestra, extranjera (“el colmo” y para refozar el dato) vino a nuestro país, a nuestra ciudad, a dar un curso, paró la clase y nos dijo: “¿Por qué en México bailan con la barbilla abajo, levanten la cara, miren al frente” Mis remembranzas inmediatas: chalanes, albañiles, marchantas, subordinados, esclavitud infantil, el negocio de la caridad, abuso ¡cualquiera; laboral, psicológico, sexual! nuestra historia como mexicanos, el trato con nuestros indígenas, con nuestros vecinos, con nosotros mismos, nuestras revoluciones, rebeldías, manifestaciones. Colapsé.

Entonces pensé que si eliminábamos el “mande” quizá podríamos generar otro tipo de atención a mis clases acompañadas de muchos “para qué, por qués, desde dónde, hacia dónde, cómo” y que vieran frente a ellas una silueta propia, reconocible, firme, que se expande, que flota, que está en este salón de clases, en esta ciudad, en este país, en este mundo, que está presente a través de una afirmación: ¡sí, dime! o a través de una exclamación o interrogación (¡Qué!) vibrante y respetarnos sólo por estar coincidiendo en ese espacio para disfrutar el privilegio de danzar, porque tristemente, no todos pueden y ser, SIMPLEMENTE, una planta que se hidrata y se endereza.

Claro que pude haber divagado mucho en mi escrito, claro que no tengo la razón, que quizá “no sirvió de mucho” mi forma de actuar y si sólo conseguí que “me faltaran al respeto, no tuviera autoridad, que me vieran como igual o un ser vulnerable” ¡Qué maravilla! Ni puente de piedra o madera sólo un ente errante que apareció ahí e intentó hacer un movimiento de… ¿danza? ¿qué?, ah sí, árabe.

La letra L.

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