L.1 (La cocina)

Desde chaval, en aquella época de la que ya pasados muchos años guardo pocos recuerdos, me gustó espiar y ser espiado. Y quizás lo vi con tal intensidad —obsesión a veces— que esto sí que perdura de forma nítida en mi memoria.

Espiaba a L.

Ella limpiaba la cocina justo cuando yo acababa de comer y me asomaba a la ventana a fumarme un pitillo.
L. era la típica solterona que vivía en casa con sus padres y que parecía que su mayor placer era aprovechar las temporadas de verano para ir a la playa y ponerse morena.
L. era además muy descuidada. O jugaba a serlo. Sus dos atuendos básicos para limpiar la cocina eran o un jersey de cuello alto blanco y un vaquero o una bata marrón fina y raída.

El blanco del aldogón de su jersey, lleno de lavaduras, contrastaba con sus obscuros pezones cada vez que enérgicamente frotaba los cristales de la ventana. Sus pezones se endurecían y tensaban el desgastado algodón porque hay que aportar —para deleite de vista— que L. abría la ventana de par en par para poder limpiar más cómodamente ambas hojas. Y esto lo hacía fuera verano o invierno. Ni que decir tiene que el movimiento constante y el frío me permitía ver hasta dónde podían crecer sus pezones. Quizás de ahí me venga mi absoluta fascinación por las mujeres de pezones largos.

Todas las tareas que yo podía ver desde mi ventana en las que L. se enfrascaba, lo hacía con tremenda energía (fregar los platos, limpiar con la bayeta el fregadero tras haber terminado, limpiar los cristales…) lo cual provocaba situaciones en las que las cosas se le iban de las manos. Además L. era absolutamente expresiva con su lengua, entraba y salía sin parar de su boca y lo hacía con más intensidad y rapidez a medida que su tarea se aceleraba. Era un tic, sin duda, pero le aportaba un punto de morbosidad extra a mi mirada.

A todo esto y en plena faena de limpieza de cristales, la parte de abajo del cuello de cisne se aupaba y dejaba ver el empezar de su pubis, ya que sus vaqueros nunca estaban abotonados. Raro era el día que no llevara al menos los dos primeros botones desabrochados.
Al principio pensé que quizás era fruto de la comodidad de la comida o incluso de esa pesadez de estómago que a todos nos ataca en la sobremesa, pero luego me di cuenta que L. disfrutaba dejándome ver el comienzo de su braguita blanca.
Mi teoría quedó contrastada el día en que a L. se le olvidó hasta poner sus braguitas.

El sube y baja constante en el cristal de la ventana provocó el consabido desliz del blanco de su suéter hacia arriba y a la vez el ligero desplazamiento de sus vaqueros hacia abajo, ya que además aquel día no eran dos sino 3 los botones que llevaba sin abrochar en su bragueta.
Mi polla se tensaba esperando al menos ver un trozo más de su braga mientras mis ojos recorrían de arriba a abajo, su lengua entrando y saliendo, sus pezones estirando el blanco raído del algodón y mi impaciencia esperando porque sus vaqueros bajaran un poco más de sus caderas.

¡qué sorpresa tan agradable me deparaba ese día! A L. ese día se le había olvidado poner braguitas debajo de su vaquero. Mi vista empezó a enfocar un vello púbico obscuro y poblado pero bastante ordenado. Vamos que a L. le gustaba quitarse algunos pelillos demás; tened en cuenta que estamos hablando de principios de los 80 donde el pelo se llevaba largo y desordenado.
A medida que crecía la fuerza de su mano haciendo chocar la balleta contra el cristal, el pantalón empujaba hacia abajo con una fuerza gravitatoria inusitada. Al comienzo del vello, le siguió un tímido inicio de sus labios vaginales —aclaro que L vivía en un primero y yo la miraba desde la habitación del segundo piso de casa de mis padres; mediaban algo más de 4 metros entre ella y yo— puesto que el vaquero seguía desplazándose tímidamente.
Ni que decir tiene que ya no era dueño de mi cuerpo, que liberé mi polla como pude sin dejar de mirar aquel trocito de carne abierta en dos y comencé a masturbarme. L. no podía ver nada ¡ya quisiera yo que además de espiarla pudiera ver qué efecto provocaba en mi su descuidada indumentaria!

Y en esas estábamos, cuando L. levantó la vista y me miró. Ya lo había hecho muchas otras veces pero ese día quedó claro que L. sabía lo que hacía y que ni comidas copiosas ni descuidos accidentales. A L. le encantaba ponerme cachondo.
Dejó de frotar el cristal, mantuvo unos segundos más la mirada en mi mientras su lengua seguía acariciando sus labios y bajó la mirada a su pubis. Antes de subir ligeramente su pantalón, desabrochó el botón que le quedaba y estiró las dos partes hacía afuera permitiéndome ver gran parte de su coño en todo en su esplendor. Descubrí unos hermosos labios que juraría estaban sudorosos.
Mientras abrochaba dos de sus botones, levantó de nuevo la vista y sonrió.
Sus pezones seguían maravillosamente elevados.

——

Continúa en la terraza.

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