Décadas.

Recuerdo cuando cumplí 10 años y aún pensaba que cuando tuviera 20 estaría casada y viajando por el mundo. Al menos una de las dos, lo he hecho y bastante bien. Sin embargo, estoy segura que no había prestado tanta atención a encasillar todo en ‘décadas’ como hasta ahora. Creo que me percaté de eso por ahí de los 25 o 26 años. Cuando aparentemente, todos tienen el derecho de opinar sobre tu vida y a presionar sobre llegar al bendito tercer piso y no cumplir con las expectativas sociales…

Quisiera decir que no tuve crisis de los 30, pero sí la tuve o la tengo (por confirmar). Me dio una racha de pensar todo lo mal que he hecho siendo un adulto, me dio por pensar que soy una terrible persona y que por eso seguiré siendo soltera y sin perro a los 90 años. Me dio la inseguridad de no saber si estaba en el trabajo correcto o si había tomado las decisiones que debí de haber tomado. Pero… ¿quién decide lo que ‘debí o no debí’ de haber hecho? Creo que todas esas inseguridades de la crisis se resuelven simplemente partiendo de mí y dejando de tomarme las cosas tan en serio… al fin y al cabo, vida solo hay una.

Hoy amanecí pensando que estaba feliz de tener 30, aún sin saber qué significa eso. Amanecí tranquila, sabiendo que no soy la única… que he fallado, que no sé ser adulto y que por el contrario, improviso quizá más de lo que debiera. Amanecí feliz de saberme bien, haciendo lo que me gusta, buscando nuevos horizontes y retos. Amanecí con la certeza de que en cualquier momento, cuando así lo decida, puedo cambiar mi camino. Y creo que lo más importante, es que amanecí pensando en todo lo que viví en esta década que se me fue y en todo lo que espero para los años que vienen…

¿Te acuerdas que hacías cuándo cumpliste 20? ¿Te acuerdas qué esperabas, qué soñabas, qué ansiabas por tener y por ser?

Ansiaba con cumplir 21 y ser ‘legal’ en todo el mundo. Esperaba terminar la universidad y comerme al mundo. Fiesteaba como si no hubiera un mañana y a la menor provocación buscaba un vuelo a donde fuera. Todavía recuerdo que por las vísperas de mis 20, me encontraba bailando en un auto detenido en un semáforo en rojo, escuchando a Soda Stereo a las 4 de la mañana. Sin duda alguna no esperaba todo lo que esa década me trajo, y estoy segura que no podría aventurarme a pensar en lo que vendrá.

Como en la vida de todos (no es que sea única), mis veintes se llenaron de algunos de los mejores recuerdos y de las mejores lecciones de mi vida, pero también se llenaron de despedidas amargas y dolorosas; de decepciones y tristezas.

Hoy recordé algunas de las cosas que me hacen agradecer y llegar feliz a los 30, dispuesta a empezar mi ‘Bucket list’, que considero pertinente en este nuevo ciclo que dicen empiezo.

Y por ello, aquí van mis recuerdos. Gracias veintes por dejarme con una casa a la que siempre podré volver en Buenos Aires, por la familia entera que me espera y me cuida desde Alemania, por haberme traído el mejor trabajo que he tenido en mi vida y el cual me ha llevado a tomar algunas de las decisiones más difíciles hasta la fecha. Por haberme traído las mejores amistades que pude haber creado y fortalecido hasta ayer. Por el estrés de poder pagar mi primer auto, por el privilegio de recorrer mi primer maratón y por los cientos de kilómetros corridos en mi país y fuera de él. Siempre recordaré mi primer cuento publicado y mi primer concurso reconocido, aun cuando me da pavor que me lean. También en mis veintes llegó mi segundo sobrino, campeón dueño de la otra mitad de mi corazón (la primera es de mi sobrina), y la sorpresa de otros 2 sobrinos postizos a los cuales amo con mi alma.

Jamás olvidaré mi primer salto en paracaídas y aquel salto que no amé en bungee, por el rapel en algún lugar de Centro América y el trekking en la Suiza alemana. Gracias veintes por la adrenalina de cada competencia y de cada reto, de aquel primer viaje sola a algún lugar en dónde no hablan ningún idioma conocido por mí. Por los cumpleaños, las navidades y los festejos de año nuevo fuera de casa en dónde mi corazón se aceleró por cada fuego artificial y champagne compartido con nuevas personas. Por la reciente cima conquistada y por aquellas tardes infinitas de fiestas, amaneceres y atardeceres en la playa y en la ciudad.

Mis veintes se quedan con mis mejores recuerdos intentando aprender más de cuatro idiomas, aun batallando con mi lengua materna. Acaparan mis mejores recuerdos entre idiomas tan lejanos al mío, entre culturas distantes y algunas veces entre las similares; esos recuerdos y fotografías entre ruinas históricas e imponentes, glaciares, bosques, montañas, mares, lagos y muchos, muchos ríos, pero también pirámides, palacios, rascacielos, iglesias, mezquitas, bunkers y campos de concentración.

En resumen, mis veintes valieron la pena cada día que pasé, entre lágrimas, enojos y risas. Y aunque por fuera quiera ser Grinch y lo sea así con algunas personas y situaciones, la realidad es que no podría estar más feliz y agradecida. Pero, más allá de todo lo que viví o no…

¡Gracias a todos los que han estado conmigo! Los que llegan nuevos, los que llegaron y se mantuvieron, los que estaban y se fueron pero me dejaron muchas enseñanzas y los que estaban y se mantuvieron. Sin duda mi vida no sería la misma y sin duda alguna hoy no sería yo sin ustedes.

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