Fugaces.
Te pensé muchísimo.
Te vi ahí a mi lado, en las bodas a las que me invitarían, en los amaneceres infinitos, en las pequeñas reuniones de grandes amistades. Te vi ahí, viajando conmigo, durmiendo en trenes y en aviones, en estaciones llenas de gente, cansados y malhumorados. Te vi sonreírme y besarme así, como un cómplice.
Te escuché en cada canción de libertad. Aunque también en el silencio abrumador del bosque. Te escuché en palabras vacías y en aquellas atiborradas de significados contrariados, aunque no fuera lo que yo quisiera oír.
Te sentí en cada sueño compartido, en cada desazón, en cada enojo. Te sentí en el piso frío de las madrugadas cansadas antes de partir. Hasta en el agua fría que recorrió mi cuerpo, mientras pensaba en aquellas corrientes fuertes que tanto me atemorizan.
Te probé en cada sabor amargo. Te saboreé en cada té acompañado de una lluvia helada. Te percibí en el pan recién salido del horno. Te bebí en cervezas frías al lado de la carretera, bajo el sol apremiante y el cansancio de mis piernas.
Me sorprendí cantándote en un verso cursi y en otro más dolido. Te soñé como nunca nos conocimos, te imaginé en esos atardeceres y en las tormentas imparables. Te sonreí mientras no estabas y aún en las tardes, exhausta, te escuchaba entre gotas de lluvia y copas de vino. Y ahora, te escribo vulnerable y sincera.
No, no te lloré. Pero sí te maldije, a ti y a tus malos hábitos de alejarme. A tu necedad y tu ternura.
Te volví a encontrar, ahí a mi lado. Ahora era diferente. Te vi a través de un espejo. Te miré tras capas de neblina y lluvia. Te encontré como el primer día. Como siempre estuviste. Te convertiste en un prófugo, como siempre lo prometiste. Como siempre fuiste. Te vi ahí, lejos, como siempre. Como siempre fingimos que no estaríamos.
Te vi partir. Solo desapareciste con las promesas que quedaron entre el aire y el pavimento empapado. Me escapé también de tus dedos, sabiendo que esperabas que me quedara. Decidí no volver a intentarlo.
Te dejé ir. A ti y tus contradicciones, esas que pensé estar dispuesta a no pelear. Esas que en algún momento pensé eran mías. Te dejé ir, porque preferí no perderme en lo inexistente, en lo fugaz.
Ya no.
