La mejor mamá del mundo

Cada año, en mayo, celebramos el día de la madre. Ese ser abnegado que nos dio la vida, que encarna el sacrificio que alguien puede hacer por otro a cambio de nada. Esa persona que está a nuestro lado cuantas veces sea necesario porque es quien nos apoya, nos da fuerza. En mayo, en los cumpleaños, en los días cruciales e importantes de la vida todos han tenido a la mejor mamá del mundo, yo no.

Es un misterio por qué nunca le caí muy bien a mi mamá, no sé por qué siempre prefirió a sus sobrinos por encima de su hija y aún me es difícil entender por qué un desconocido es mucho más valioso que yo. Fue una decepción ver como se alejó durante 10 años para estar al lado de un hombre que quizás podía llenar el vacío que le quedó de una vida anterior a mí de la que no habla. Nunca tuvimos esas charlas de mamá e hija donde yo hubiera podido contarle del chico que me gustaba o de lo mal que me sentía porque no le gustaba a ningún chico. Ella nunca se acercó y yo me acostumbré a estar lejos, a no importar, a ser la sombra con la que compartía un espacio al que difícilmente podíamos llamar hogar. Mi mamá se fue sin tener que irse, buscó una vida donde yo no era una prioridad y a golpe de ausencia lo entendí bien.

Cuando volvió éramos dos desconocidas llenas de miedos, con el autoestima perdido y con ganas de pelear, un par de mujeres solitarias ocupando el mismo espacio pero con vidas arraigadas en mundos distantes y diferentes.

La soledad, la tristeza y el desconcierto solo me dejaban pensar en que fallé incluso en la relación más básica que uno puede tener, la que por naturaleza, es decir, por necesidad, debería funcionar. Muchas veces tuve el deseo de borrarme porque no tenía sentido vivir una vida que no valoró ni siquiera la persona que me la dio. Hoy, después de terapia, de encontrarme gente que sí valora los detalles que componen lo que soy, de tener una perra que se emociona cuando llego a la casa y que me obliga a hacerme cargo de alguien más, entiendo que mi vida sí tiene sentido.

Escribo esto porque quizás alguien necesita leerse en otra historia para no dejarse caer. Entiendo que mi mamá tuvo una vida difícil y no puedo juzgarla por lo que hizo o por lo que dejó de hacer, pero no entiendo ni podré entender por qué se desquitó conmigo. Supongo que con el tiempo perdonaré su ausencia y su falta de cariño, sus exigencias de respeto y devoción traducidas en excesos de control, sus gritos y sus malas palabras. Supongo que con el tiempo me perdonaré por haberme obligado a creer que yo era el problema, que todo era mi culpa. Por ahora avanzo con miedo de no saber exactamente para dónde voy, con la inseguridad de no sentirme buena para algo, para lo que sea. Seguiré queriendo a mi mamá en silencio, como siempre lo he hecho, pensando que no tuve la mejor mamá del mundo, como tal vez sí usted que está leyendo esto, pero tuve una que alguna vez me abrazó y se rió conmigo y eso, al menos por ahora, es suficiente.

Feliz día a las mamás.

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