cuerpo-deseos

Las paredes se estrechan a medida que el tiempo avanza. Este es el lugar donde nací y crecí y mis huesos, que cada vez son más largos, ya no caben en las calles de esta pequeña ciudad. No estoy aquí por elección propia, para mí esto supone una sala de espera, una antesala insaltable a todo lo que mi cabeza idea para un futuro que a mis ojos todavía es lejano, difuso y casi irrealizable, aunque el resto intenta consolarme diciéndome que queda poco o prepararme para una posible decepción que me haga acostumbrarme a permanecer anclada donde estoy. Solo la distracción me aleja.

En enero hace frío, pero el mar es benévolo con sus huéspedes y con su brisa consigue regular una temperatura que, aún así, cala la piel de una humedad pegajosa. Me despierto y el té humea en la mesilla. No tengo más sueño, pero hay algunas mañanas en las que, cuando suena el despertador, no siento la necesidad de levantarme porque ya sé lo que me espera, sé lo que me deparará cada segundo del día y eso me pone de muy mal humor. Me visto, lavo mi cara y mis ojos hinchados, salgo a la calle. Allí, la gente camina ojeando los puestos de comida. Los vendedores gritan y al pronunciar los nombres de las frutas me transportan a cuando tenía doce años y acompañaba a mi madre a ese mismo mercado, para comprar esas mismas cosas, para ver a esa misma gente, pisando el mismo asfalto. Entonces me deprimo de nuevo.

En el camino me encuentro con una amiga de la infancia de la cual no recuerdo su nombre completo. Me saluda sonriente, lleva en su mano unas llaves y una bolsa de la compra. No sé si es un dato relevante, pero me parece interesante añadirlo sabiendo lo que va a contarme a continuación. Cuando examino su cara me parece que ha cambiado mucho desde que no la veo, parece que está cansada y que tiene prisa. Vuelve a sonreirme y me pregunta qué tal estoy. Le digo que bien. Le devuelvo la pregunta y me cuenta que se casa en cinco meses y que viene de encargar la tela para el vestido que llevará ese día, «su» día.

Ella mira mi cara y estoy segura de que piensa que la estoy juzgando. En cierto modo, lo hago, y me siento lejos de sus decisiones y de ella. En ese momento recuerdo cuando jugábamos en el colegio, a una edad en la que éramos iguales y teníamos los mismos deseos y planes de futuro. Pero ese momento es tan lejano que ya ni siquiera somos aquellas dos personas. Me despido, le sonrió y le deseo suerte. Este año voy a tener que asistir a una boda.

Mis vacaciones empezaron hace unos días y ya hace unas horas que deseo que terminen. Cuando tengo un poco de tiempo libre me da por pensar e imaginarme todo lo que no será posible que ocurra y que cambiaría mi vida. Todo lo que deseo que pase, o quiero hacer que ocurra que provoque esa transformación, la huida hacia delante.

A menudo pienso en el techo de cristal invisible, en la jaula de vidrio, la pecera que provoca sensación de libertad pero que bloquea los deseos, en la trampa. Para mí esa cárcel es este lugar. Ya no pertenezco a él, hace tiempo que mi cabeza ha volado lejos, pero mi cuerpo sigue aquí.