Por qué una cámara instantánea ha sido mi mejor regalo de cumpleaños

Si hay algo que llega a mí en época de exámenes es la inspiración divina. Durante estas semanas, mi cerebro renuncia a asimilar conceptos útiles para iniciarse en una vorágine creativa que me convierte en un ser lleno de ideas e imaginación que necesitan ser expresadas a la de ya (justo cuando menos tiempo tengo), algo que, por supuesto, apenas ocurre el resto del año. Y estoy segura de que a vosotres os pasa lo mismo.

Por eso no quiero dejar pasar este ataque de motivación y aprovecho un ratito entre apunte y práctica para contaros mi experiencia con el que, contra todo pronóstico, ha sido uno de los mejores regalos de cumple de todos los tiempos (o un sponsor de mis santos padres).

Es ella. Una cámara instantánea. La fujifilm instax mini 8. La habréis visto mil veces en muchos colores pastel muy cuquis porque se puso de moda hace un tiempo e invadió instagram.

La cámara es bonita, pero la funda no se queda corta.

Sobre el funcionamiento, no os voy a explicar nada que no esté contado ya en el internet. Antes de comprarla vi decenas (y no exagero) de tutoriales y unboxings, así que simplemente diré que es muy fácil de usar, pero que hay que pillarle el truco. Es lo que tiene la fotografía analógica, tienes que echar muchas fotos reguleras para conseguir saber desde qué distancia enfocar, en qué modo configurar la cámara, etc. ¿Pero a caso no es este uno de los encantos de este tipo de fotografía?

Al principio me resistí a comprarla, le encontraba poca utilidad práctica y pensé que era un capricho pasajero y que a duras penas la utilizaría; el precio del papel también me frenaba. Pero entonces pensé que la practicidad y la utilidad son conceptos que se cotizan demasiado al alza en este mundo moderno en el que vivimos y que por qué no invertir en un objeto que me proporcionara otro tipo de satisfacciones.

Me explico: las cámara digitales están muy bien; nos permiten disparar cientos de fotos de un mismo instante, elegir, contrastar, retocar, pero tampoco podemos negar que esas facilidades hacen que seamos menos selectivos con lo que plasmamos, que disparemos sin detenernos a pensar lo que tenemos delante y si vale la pena guardarlo en nuestras memorias electrónicas. La fotografía analógica es diferente: solo te permite una oportunidad, te obliga a mirar con otros ojos tu alrededor y a seleccionar la imagen que quieres que se quede impregnada en el papel para siempre. Además, me perdonaréis, pero los colores de la analógica (y en concreto, de una cámara instantánea) nada tienen que ver con los píxeles; son mucho más intensos y a la vez difuminados y por ende, difíciles de describir.

No es una playa del Caribe.

La nostalgia es otro de los motivos por los que adoro haber comprado esta cámara. Cada vez que veo las fotos que he ido haciendo con el tiempo recuerdo el instante en el que las tomé y sobre todo, el motivo que me llevó a ello. El pasado es más bonito en polaroid (con el permiso de Polaroid™).

La fotografía digital se ciñe más al patrón de la realidad del ojo humano, pero lo analógico tiene ese aura mágica y un poco irreal que ensalza cualquier momento que captures. Además, que salir con alguien a tomar fotos une mucho.

Sonará cursi, pero me imagino a lo largo de los años mirando las fotos que he ido haciendo y los buenos recuerdos que me traerán.