No sé lo que sea platicar bajo la luz plena de la luna llena.

Soy de ciudad.

Tengo que subir para verla.

Apago mis cigarrillos perfumados en una cisterna vieja y rota que se encuentra sobre la azotea.

Me pregunto y me lamento, pues nunca he soñado con la luna.


¿Te acuerdas cuando los niños se volteaban los párpados?


Ella me dice que también se merece el silencio.

Me ignora los mensajes que tiro al vacío.

No creo ser na’más un cacho de papel en su pared.

— ¿Y cómo iba a saber que éramos tan parecidas? No nos leemos las mentes-–, creo que fue lo último que me dijo.

Yo lo sabía, sólo quería que me tuviera confianza.

Creo que no importa, que tenga o no confianza, simplemente no puede compartir nada que no sea digno de colgarse en público. Con su articulación pulcra. Con sus ademanes aprendidos de la gente que admiraba.

Ay, ¿quién me estoy creyendo?

Lo que le escriba lo lee como un rechazo.

Me fascina leerla, pero según ella, todo lo que escribe me desagrada. No es así. Si le pregunto algo mundano, lo ve como un reclamo. Como si le dijera, “niña tonta, bájate de tu nube de abstracciones, haz algo con la vida”.

No sé por qué le costaba tanto hablar conmigo, a la vez que lo desea. No sé por qué pregunto, si ni yo misma sé porqué suelo hacer lo mismo.

Hemos hablado antes de estos impasses que le encantan.

¿Nos encantan?


We are all spoken for in some way. Una amiga lo describía como cuando lames un pan para que no se lo coma nadie más que tú.


No pues, si te andan discriminando o acosando casi a diario, ¿quién tendría tiempo de pensar en las cosas eternas?

Le podría hacer prosa a la muerte, pero vivo con ella todo el tiempo.

Te hago prosa a vos que ni te he llamado.

Viniste un ratito. Te fuiste.

Me hiciste un dibujito de líneas plateadas; lo mantengo cerca.

Te pienso y vienen viejas palabras.

No tomo tanto como vos. Parece que dices cosas nada más para verme fruncir el ceño y reírte.

No me vengas con que soy tan mundana,

que lo que dicen los diarios

se quemará luego por frío o por hambre.


Creo que me atraen estas almas porque yo iba a ser así, o se suponía que iba a ser así.

O no es que lo crea, lo deseo.

De las peores cosas que me han llamado es musa. La musa no crea, sólo inspira. Qué hado tan indeseable e incomprensible, viviendo en esta sociedad meritocrática. La musa no puede crear nada, sólo observa y desea ser la cantante, la pintora, el arreglista; el poeta que no deja de mover la pierna, la prosista que olvidó una rosa negra.

Pregunta por sus procesos, imagina sus horarios de escritura y de comida. Pregunta cómo es posible que logren hacer tanto.

O no eres la musa, sino la mediocre, la malvibrosa, la envidiosa, la pusilánime, la que cuenta las palabras. La que es una y las demás.

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