Dudas existenciales de septiembre ¿me ayudas?.

(“nomadismo digital” vs. “sedentarismo laboral”)

Ha terminado el verano. Ayer empezó el cole.

Para quienes tenemos hijos, el inicio de curso es una fecha tan trascendente como el cierre del año fiscal.

Mi calendario laboral lleva años supeditado al ritmo vital de tres enanos. Mi trabajo como freelance es un continuo malabarismo de agenda entre:

  • sus necesidades cotidianas,
  • las limitaciones de la custodia compartida que disfruto junto a su padre
  • y los imperativos de los clientes del momento.

No es fácil, pero con el tiempo he ido perfeccionando la técnica equilibrista.

Ayer, tras perder de vista a mi prole en la marabunta de niños que entraban a clase, me puse al día con cosas que quedaron en stand-by durante las vacaciones.

La primera parada fue en Inserver. Habia quedado con Felipe Casajús para hablar sobre un proyecto común y terminamos charlando sobre los beneficios e inconvenientes de trabajar en una oficina.

Todavía sigo dándole vueltas al asunto en mi cabeza. Releo lo que escribí hace dos años sobre las ventajas y desventajas de ser (madre) nómada digital y, aunque mis sentimientos son los mismos, lo cierto es que me planteo si ha llegado el momento de sentar cabeza.

¿Es esto una crisis postvacacional? No lo tengo claro.

A lo mejor es simple aburrimiento de trabajar sola. Quizá sean ganas de asumir compromisos más estables que antes eran impensables con los niños tan pequeños. Tal vez se trate solo de síndrome de nido vacío, ahora que han crecido y ya no me necesitan tanto.

Quien imaginaba que llegaría el día de trabajar sin hijos en el regazo.

Esta no es la primera vez que me lo planteo. En otras ocasiones ya eché de menos tener compañía adulta y rutinas en el día a día. Pero siempre lo descarté porque no me compensaba la pérdida de libertad que supone atarse a un horario laboral al uso, que es la forma habitual de acceder a ambas cosas.

Puede que este curso apueste por un término intermedio: alquilar un sitio fijo la mitad del mes que paso en Madrid con los pequeños.

Salir de mi despacho en casa para ir a un coworking me obligaría a tener horarios regulares y compañeros de oficina habituales, sin renunciar a la posibilidad de continuar viajando a eventos o a visitar clientes y amigos los días que no ejerzo de madre presencial.

No sé. Quizá esa tampoco sea la opción adecuada. Porque si lo que subyace es un deseo de pertenencia (trabajar en equipo) un coworking no lo cumpliría.

A lo mejor estoy intentando cuadrar un círculo que ni siquiera soy capaz de definir bien. Desde dentro no veo opciones claras, y no tengo referentes en mi entorno que hayan pasado por una situación similar.

Tú que me lees ¿Me ayudas? ¿conoces a alguien que haya pasado por una situación parecida? ¿cómo lo resolvió?