Ahora
El primer atardecer sucedió
en el último día de verano,
y desde entonces, en mi corazón,
solamente habitaron naranjas y púrpuras,
y un devenir que nunca acaba,
todo mientras latía estrujado en una caja,
con “Edipo” escrito en él,
y un miedo inmenso pulsante en la tez,
un reloj con manecillas que giraban al revés.