
Todos contra el patinete
Estas semanas están siendo divertidas: los patinetes han llegado a España. En Madrid se ven de dos en dos o tres en tres, alineados junto a las motos, o descarriados en alguna acera en diagonal. En Barcelona (donde apareció la startup alemana Wind) y en Valencia (donde aterrizaron los Lime, como en Madrid) apenas han tardado un par de días en quitárselos de encima.
La imagen de la policía en chubasquero cogiéndolos en brazos y metiéndolos a un furgón mientras varios cámaras lo graban es una de las más bellas* que nos ha dejado la nueva economía hasta la fecha.
Los patinetes. ¡Delincuentes! De todos los cacharros de Nueva Movilidad Urbana™ que han aparecido en nuestras calles, los patinetes se están llevando la peor parte. Las ciudades no saben por dónde dejarles circular, pero sí que no los quieren aparcados a su libre albedrío en las aceras, así que pronto pedirán a las empresas una autorización especial: en Valencia trabajan en ella, en Barcelona también y en Madrid modificarán la norma. Los medios cubren el debate — el conflicto — prácticamente a diario: han salido varias piezas en todos los periódicos y en la televisión, con el rótulo ‘POLÉMICOS PATINETES’ detrás. Incluso los señores se han ofendido ante su llegada, porque consideran que desplazarse en ellos es un “símil” de nuestra “infantilización”.
El del patinete es un caso precioso. En realidad, los casos de la bicicleta y el patinete son una de las derivadas del capitalismo que más me fascinan.
La teoría del capital riesgo — el dinero que se le enchufa a las tecnológicas para que no necesiten ser rentables pero puedan expandirse — nos dice que son dadas a este tipo de financiación las empresas que hacen software: productos que no cuesta demasiado construir, cuyos inversores pueden ver qué tal funcionan y meter dinero en consecuencia y con un potencial exponencial, porque gracias a internet sus clientes somos todos.
Ejemplo: Airbnb es solo una web que pudo llegar a todo el mundo a base de capital riesgo. El equipo desarrollaba el producto y el capital riesgo pagaba sus sueldos, el marketing y la expansión.
Este modelo de financiación suele parecerse a engordar a un pollo: si los inversores apuestan por una compañía y esa compañía va bien, la engordan con más dinero para que siga creciendo y un día salga a Bolsa o se venda.
Las empresas de bicicletas compartidas nacieron en China con mucho capital riesgo enchufado. Ofo (bicicletas amarillas) recaudó 130 millones de dólares, luego 450 más, luego 700 y luego 866 = un total de dos mil doscientos millones de dólares para funcionar. Mobike (bicicletas naranjas) recaudó 600 millones de dólares, luego mil más y finalmente fue adquirida por dos mil setecientos millones.
Las empresas de patinetes nacieron en Estados Unidos y van por el mismo camino. Lime (patinetes verdes) recaudó 12 millones, luego 50, luego 70 y luego 335 más = un total de 467 millones de dólares. Bird (patinetes negros) recaudó 15 millones, luego 100 y luego 300 más. 415 en total. Ambas tienen menos de dos años de vida.
La forma de engordar a estos pollos no es hacer marketing para que más usuarios se den de alta y prueben tu web. Es dejar cientos de cacharros en las ciudades para que más gente los vea y coja, sin demasiada preocupación por lo que pase con ellos porque son muy baratos de producir. ¿No es lo más loco que ha inventado el sistema en mucho tiempo?
Las startups han saltado de nuestra pantalla a nuestras calles y, como dirían los señores ofendidos, no nos hemos dado ni cuenta.
Sí, en realidad sí nos hemos dado cuenta. De las bicis llevamos hablando desde agosto del año pasado, cuando aún no había llegado ninguna de las chinas a Madrid, y a los patinetes los hemos seguido de cerca porque la guerra empezó en San Francisco y llevamos con la ‘puta economía californiana en vena’ desde hace dos décadas aproximadamente.
Lo que de veras me sorprende es la discriminación cacharril.
Objetivamente, el patinete es el cacharro que menos ocupa de todos. Ocupa menos que un coche, menos que una moto y menos que una bici. No negaré que me sorprendió su tamaño — es muy alto y caben dos personas viajando — pero tres en fila siguen siendo menos que una moto.

Las bicicletas ocupan menos que una moto y que un coche. Pero como ya habían causado problemas en ciudades chinas (donde existen enormes cementerios de bicis), Madrid decidió que las sometería a licitación. De momento, son el único vehículo compartido que tendrá que pasar por ese trámite (si es que vienen más, porque ahora mismo solo queda una empresa, Mobike). Previsiblemente, los patinetes también entrarán dentro del saco. Las motitos y los cochecitos seguirán funcionando con total libertad.
Los coches compartidos no molestan porque son coches y porque quitan espacio al coche en propiedad. Las motos compartidas — y Madrid cuenta con el dudoso honor de ser la ciudad europea con más empresas de motosharing campando a sus anchas — no molestan porque ya había miles de motos en las aceras. Que las empresas de coches y motos ocupen espacio público sin pagar un duro no molesta demasiado, ni al Ayuntamiento ni a los señores, porque son los vehículos de siempre pero en compartido y eléctrico, así que deben de ser buenos para la ciudad.
Las empresas que los promueven suelen venir, además, del viejo mundo: fabricantes que necesitan reconvertirse y que han convencido a todo el mundo de que son la nueva movilidad.
Las bicicletas vienen de China y los patinetes de Estados Unidos. Se han pasado las normas por el forro, no invierten en controlar su flota y evitar que termine en cualquier lado y me entristece que estén dejando de buenas a las motos y los coches. Pero es que encima MOLESTAN. Molestan porque parecen juguetes, porque son fáciles de ridiculizar, porque no hace mucho descubrimos que las tecnológicas son malvadas y porque son tan novedosos que nuestro cerebro no tenía espacio para ellos, así que cuando han llegado hemos tenido que hacérselo.
No tengo demasiado claro si a alguien le parecen bien los patinetes. A los cochistas les fastidian, como las bicis, porque circulan entre ellos: ayer vi a algunos colarse con elegancia en varios pasos de cebra. A los concienciados por el espacio público les irritan, porque son chatarra en potencia y terminarán en el río o colgados de los árboles. Y a los señores les vuelan la cabeza porque siempre tienen algo que decir. Solo por eso ya han merecido la pena: gracias, patinetes, y bienvenidos a la ciudad. Si además servís para que otra gente se preocupe de lo que ocupan el resto de cacharros, os apreciaré aún más.
*El vídeo de los patinetes Lime gritando ‘¡Desbloquéame o llamaré a la policía!’ es la imagen más bella que nos ha dejado la nueva economía hasta la fecha.
