Ya no hay forma de volver a ser los mismos

Tenía que relatar mi experiencia para ver si así se me quita el trauma del sismo del 19 de septiembre en la CDMX.

Crecí escuchando las historias del temblor de 1985. Tenía apenas un año, así que no fui consciente en ninguna forma de lo que ocurrió. No recuerdo cómo se movía ese departamento en la calle de Corpancho. No estuve ahí cuando mi primo fue testigo de la antena de Televisa que aplastó su escuela. Tampoco estuve con mi tío ayudando en los escombros, ni con mi otro tío atrapado en ellos. Y quizás fue esta falta de conciencia la que me hacía no tomar en serio los simulacros ni preocuparme demasiado por los temblores… hasta el 19 de septiembre de 2017.

Cuando me fui de casa de mis papás, mi primer departamento fue en Xoco en el piso 16. Un día me tocó vivir un temblor de unos 7 grados, hace como cuatro años, por ahí de abril. Me estaba bañando y recuerdo perfecto cómo todo se empezó a mover. Me salí corriendo de la regadera, en toalla. Me asusté como pocas veces. Pasaron seis meses para que dejara de sentir cada vez que me metía a bañar que estaba moviéndose todo.

En terapia, se me explicó que había vivido un “trauma”. Se me dijo también, que la gente que había vivido 85 pasó años sintiéndose así. Trabajé mucho para disminuir la sensación, entre otras cosas, asumiendo que no pasa nada cuando hay un temblor. Nunca vi una barda caerse, ni un acabado desprenderse. Hasta ahora, en 2017 cuando tuve por primera vez evidencia tangible del daño que un sismo puede ocasionar.

Es por ello que tengo que lidiar con mi salud emocional. Tengo mucha ansiedad. Miro compulsivamente información sobre el sismo y la ayuda. Siento que no aporté lo suficiente. No puedo dormir bien. Cierro los ojos, y escucho la alerta sísmica. Siento que tiembla, particularmente cuando me estoy bañando. Me asusto mucho. Tengo sobresaltos… ¿Un trauma?

Hace 20 días tembló muy fuerte en el país. La escala superó al sismo de 85. Esa noche fue la primera advertencia en mi vida para tomar en serio las cosas. En el piso 7 en Torres de Mixcoac todo se movía horrible. Esta vez no estaba sola. Estaba mi novio, estaba su hija, estaba mi perro y también mi gata. Sabía que en ese piso no había mucho qué hacer. Ni siquiera intentar bajar valdría la pena. Recibí el impacto bajo el marco de la puerta de mi cuarto, con mi gata en una mano. En el otro estaban ellos.

Pude conciliar el sueño a las 2 de la mañana, después de revisar en mis redes sociales todos los posibles detalles alrededor del sismo. Me impresionó mucho saber de derrumbes en Oaxaca y en Chiapas, me impresionó la intensidad. Recordé que no tenía mucho que había confesado tener curiosidad sobre cómo se sentiría un temblor desde ese departamento, de qué tan fuerte se escucharía la alerta sísmica…

A los dos días nos mudamos a Coapa, al sur en el que no se sienten los temblores. Mi novio y yo bromeamos sobre nuestra mudanza. Quizás los vecinos pensarían que huíamos por el temblor y aunque las razones para cambiarnos fueron otras, un poco sí nos fuimos por eso. Llegamos a una casa en la que sólo hay que bajar un piso en el peor de los escenarios…

Coapa, en donde vivía mi abuelo, en donde estudié, en donde vivían todos mis amigos…El consultorio en el que me pusieron brackets está muy dañado. Mi universidad tuvo derrumbes. El gimnasio donde tomé clases de tae bo está derrumbado. El departamento en la que tantas veces pasé tiempo con mi amiga Bere se redujo a escombros. La escuela que estaba tan cerca de casa del abuelo ya no está…

A la 13:14 del 19 de septiembre estaba en mi oficina que está instalada en la casa de mis papás. La computadora se movía hacia mí. Escuché a Mariana decir “está temblando”. Y entonces el movimiento, ese que todos sentimos, ese que me hizo pensar que la construcción no aguantaría. Los cinco bajamos las escaleras corriendo. Ahí encontramos a alguien más. Fuimos al patio, el lugar de seguridad. Se movía más. “A la calle”. Salimos. No sé ni cómo, pero Bernardo ya estaba en el camellón. Dejé a Cancún, el labrador de 13 años que ha cuidado tanto de mi, atrás. No había tiempo de volver por él. Llanto…

Nunca había sentido tanta angustia. No aparecía mi mamá. Luego supe de ella. No aparecía mi tía Alma y estaba con mi sobrina bebé. Me fui a buscarla, como fuera. Estaban bien. No se podía localizar a mi cuñada. Después ya se pudo. Y una nueva angustia despertó. No podía llegar a mi casa por que las vialidades estaban colapsadas. No me sentí tranquila hasta que no abracé a mi novio a las 9 de la noche. (Con que así se siente que te importe alguien).

El peor susto de mi vida. Nada como ese momento me había causado tanta angustia. Y mi pensamiento era recurrente… si así se sintió aquí, ya no hay ciudad.

Pero sí hay y mucha. Por que si algo esta vez he podido tener enfrente es la respuesta de todos. Me di cuenta que mis amigos y familia son héroes que han dado mucho de si mismos por ayudar a otro. Pude ver y experimentar una solidaridad que no conocía. Todo el mundo pausó su rutina para correr hacia donde más se le necesitaba. Eso me da mucha paz y me hace sentir una emoción que no alcanzo a entender muy bien, pero me conmueve hasta las lágrimas. El concepto que tenía de “México” ahora es diferente…

“Bienvenida al evento que cambió nuestra vida adulta para siempre”, me dijo Romina ayer. Tiene razón. Después de esto que vivimos como generación no vamos a volver a tomar a la ligera un simulacro. Las cosas cambiaron por que tocamos y experimentamos en carne propia lo peor y lo mejor de esta tragedia.

Hace dos noches miraba una recopilación en Twitter llamada “Sonrisas de la desgracia”. No pude dejar de llorar. Entre el himno nacional, la foto del soldado quebrado en llanto, los perritos rescatistas, los viejitos ayudando en centros de acopio… Entre tanta información y tantas imágenes tan inspiradoras, confirmé algo: ya no hay forma de volver a ser los mismos.

Foto que me mandó Tato del derrumbe en Los Girasoles, Coapa
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