La liebre inmóvil

Nos bautizamos a nosotros mismos con la imagen de la contemplación. Hay un libro, y, en él una página, casi al final, donde nace y crece un animal tembloroso y vegetariano que mira y mira.

La liebre soy yo.

Eres tú.

y el niño que sigue la luna blanca por la ventanilla del auto de sus padres.

El fragmento donde aparece nuestra querida liebre es este:

“¿Han visto ustedes alguna vez, por la mañana, una liebre salir de los surcos recién abiertos por el arado, correr algunos instantes sobre la escarcha de plata, detenerse en el silencio, sentarse sobre sus patas traseras, levantar las orejas y contemplar el horizonte? Parece que su mirada apacigua el Universo. La liebre inmóvil que, en una tregua de su perpetua inquietud, contempla la campiña humeante. No podríamos imaginar un indicio más seguro de paz profunda en los contornos. En ese momento es un animal sagrado al que hay que adorar.”

D´Annunzio, citado por Gastón Bachelard en La poética del espacio.

Y una tarde lo aprendimos de memoria.

La liebre inmóvil es un lugar para la contemplación.

Para el estudio, la lectura, la vida cercana a los libros. La vida entre libros.

Decimos junto a Bolaño “un libro es la mejor almohada que existe.”

La liebre inmóvil es un lugar para la escritura.

Para buscar nuestra propia voz en los poemas, en las narraciones, en esas palabras unidas a otras palabras que aparecen de golpe mientras esperamos que cambie el semáforo o regamos las plantas del balcón.

Ofrecemos imágenes literarias y fotográficas tocadas con la poesía.

Ofrecemos conversaciones libres, salvajes y literarias.

Ofrecemos talleres de escritura.

Complicidad.

Eso.