Criarte en Nueva York

Hablaba el otro día con una amiga de la suerte que tuvimos de criarnos en un pueblo. Las dos hemos nacido en sitios pequeños, y hemos vivido de adultas en ciudades grandes, de aquí y de otros países. Veo en Madrid a las familias con pequeñitos escapar del calor en los centros comerciales y me acuerdo de cuando jugábamos con los niños vecinos a una versión del escondite que englobaba dos edificios enormes y sus jardines. El mundo se acababa, concretamente, en un poste de cemento gris. A partir de ahí ya podía estar Marte, Japón o la Luna llena de flashes de lima-limón. Las madres habían decretado los límites por consenso. Ese poste era infranqueable, obvio.

Las ciudades, por el contrario, parece que no tienen límites. Son demasiado grandes. Recuerdo a una ex compañera que, cuando yo era una recién llegada en Madrid, contaba una discusión con su hija de trece años. “Si no vuelves a casa, por dónde empiezo a buscar”. Me impresionó vivamente. Imaginé a mi madre yendo hasta el poste gris. O los sucesivos postes grises que hubo en mi vida, claro.

Y sin embargo, nos criamos en Nueva York. Protección preventiva. Recuerdo la explicación de que había personas malas, con sencillez, siendo yo muy pequeña. Nunca podéis iros con nadie que no seamos nosotros. Y si os dicen que estamos en otro sitio, tampoco. Y si os dicen que vienen de nuestra parte, tampoco. Mil posibilidades enumeradas y descartadas. Hay personas malas. Jamás les pusieron un rostro, una cara, un color, un sexo, una ideología. La maldad siempre fue, y sigue siendo en mi mente, gracias a esto, el hambre del lobo de Caperucita. La Nada de La Historia Interminable. Algo intangible, pero real. Algo que lo destroza todo a su paso. Algo malo, algo que no debería existir, algo contra lo que posicionarse. ¿Quién no hubiera sacado a Ártax del pantano, verdad? Claro que la maldad existe, y existirá siempre. Pero me educaron en la creencia de que la maldad debería ser un animal mitológico, algo excepcional. Un ligre, y no un gato. Eso también es importante.

Recuerdo a una amiga, cuando teníamos menos de veinte años, contando en mi casa que había pasado miedo en un parking. Mi padre, que es de pocas palabras, le preguntó por qué. Es que no había luz. ¿Y el vigilante no tenía una linterna o algo? Es que no quería molestar. Es que me daba vergüenza. Es que qué más da. La vergüenza de sentirse frágil es una cosa muy de mi generación, lamento decir. Vergüenza de tener miedo. Rechazo a tenerlo, porque somos mujeres fuertes, independientes. Eso, y estar acostumbradas a pasarlo. Total, no pasa nada. “Sí pasa”, dijo mi padre. “Pasas miedo. No deberías”.

“No deberías”, en su boca, es “no deberían pasar cosas malas”. Era una crítica a los lobos. Es odio profundo hacia nuestro miedo, y es reflejo de saber qué puede pasar. Lo que no debería pasar. Lo que debería evitarse que pase por medio de la erradicación de esos comportamientos. Qué diferente del “no debería” que me tocó oír después tantas y tantas veces en boca de las personas más inesperadas. No debería ponerse eso, decir eso, hacer eso, ir sola, irse con él, irse con ellos, no ir. Las mismas voces que piensan que “algo haría”. Puede que porque sean uno de los lobos. Puede que porque sean ignorantes, o porque haya calado un mensaje mil veces repetido. Puede que porque a lo mejor si tú hiciste algo, algo que yo no, algo que está mal, eso no me puede pasar a mí. Es el mismo runrún inconsciente que lleva a considerar adecuado el castigo social por determinados comportamientos. Incluso si es el tuyo propio.

Escribí hace poco sobre lo que me mortifican los habituales comentarios en ambientes de trabajo sobre los atuendos de las demás. Hoy vienes muy guapa, hoy vienes muy pintada, dónde irás hoy que vienes tan sexy, hoy vienes un poquito corta. Niñas de veinte años estirándose la falda. Cara lavada y pantalón para ir a trabajar. No te pongas esa falda, que te van a mirar. Sentirte un escaparate, un objeto de cristal en equilibrio permanente. No te vayan a manchar, no te vayas a romper. Aprender a golpe de dobladillo lo que es causa y efecto. Y culpa.

Parece, a veces, que se nos olvida que el miedo es libre, y que no lo generas tú mismo. Lo genera tu entorno. Y no es algo que te haga libre a ti, precisamente. Al contrario, deja sueltos a los lobos. El miedo ata, y ata muy corto. Es un animal muy poderoso que se lleva debajo de la piel, y salta en cualquier momento. Si salta demasiado a menudo, la conclusión lógica es terminar confundiendo su voz con la tuya. Quizá, quizá, deberíamos entender como necesario buscar qué podemos hacer para que este miedo sea excepcional, en lugar de un pulso latente con el que asumimos que hay que vivir. Todos. El miedo no debería ser un gato.

He de decir que yo nunca he tenido que enfrentarme al miedo, en ninguna de mis ciudades o mis pueblos. Soy afortunada. Pero sigo mirando a los taxistas antes de subirme. Miro dentro del portal antes de entrar. Cuando vuelvo paseando a casa, si la acera es estrecha y está oscura, bajo a la carretera. Aprieto el paso en los parques si están demasiado vacíos. Si me dicen algo al pasar por una calle, mantengo la música de los cascos baja, para oír los pasos de los demás. Soy consciente de que a veces la ropa que llevo no me dejaría correr. Temo a los gatos.

Nos criamos en Nueva York porque hay cosas que pasan en todas partes.

No deberían.

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