El Día de Jennifer Aniston

Una semana de este verano, cercana a mi cumpleaños, recibí una serie de llamadas y mensajes que me sorprendieron. No por el contenido de las mismas, sino porque los llamantes eran una serie de personas con las que no había hablado en varios años. Las conversaciones se resumieron en un somero intercambio de frases corteses, la serie de preguntas de rigor sobre mi situación personal y profesional, el recuento de niños, si los hubiera, en su caso, y buenos deseos por ambas partes. El small talk del que en estos tiempos hemos hecho un arte y que a mí, que me gano la vida siendo amable, me aburre soberanamente. Lo achaqué a los recordatorios de las redes y lo olvidé, como hago con casi todo lo que no aporta y con comprar leche.

“Cómo repartimos los amigos”, decía aquella canción atroz que sonaba en todas partes el año en que se iba a acabar el mundo y, aunque el gusto en la elección de la melodía no sea universal, la verdad que resume sí lo es. En mi caso, la distancia geográfica que impuso el trabajo y la emocional que impuse yo misma lo facilitaron. Tengo la inmensa suerte de conservar amigos de diferentes épocas de mi vida, que supieron respetar que contara algo que era mío como y cuando me pareció oportuno, y sin más explicación que la propia de un titular. Algunos se sorprendieron, algunos preguntaron, algunos lo celebraron, todos expresaron su cariño, y pensé que ya estaba. No contaba con el Efecto Manita.

Personas casi desconocidas que te acarician el brazo mientras te preguntan cómo estás. Manita al antebrazo, manita al hombro. Y detrás otra serie de preguntas más inconvenientes, claro. La cara de circunstancias de los conocidos, manita palmeando suavemente, el susurro de las frases hechas. La intromisión vestida de buena vecindad de los qué pasó, tuvo que haber un motivo, estará con otra, no estarás con otro, ¿seguro que no lo podéis arreglar? Los consejos no solicitados, porque alguien tiene que llevarte de la manita, ya que obviamente te has perdido. Las opiniones, los resúmenes, el saberte en boca ajena. En no tantos años hemos pasado de que la ruptura de una relación pase de ser algo vergonzante, que tampoco, a las ofertas del día.

Porque Brad se fue con Angelina, pero quién sabe por qué. Y el pueblo quiere saber, Jenn, tienes que entenderlo. El pueblo tiene derecho a saber si le comprabas los cereales que le gustaban, si trabajabas hasta demasiado tarde, cómo duermes por las noches. Porque tu verdad siempre es que os dejasteis de querer, a lo mejor no a la vez o en el orden que fuera deseable, pero realmente lo que le importa al respetable es saber si se puede feliz mientras el otro es feliz-feliz (porque la felicidad siempre se mide en niños y ponis y diamantes). La princesa está triste, qué tendrá la princesa. Los suspiros se escapan de su boca de fresa, que ha perdido la risa, que ha perdido el color. Brangelina adopta otro chiquillo, Jennifer come helado con un señor. Y así once años.

Porque mientras se decide quién es la puta y quién el cabrón, o nos parece todo muy raro, porque algo tiene que haber, otros están haciendo inventario. Nosotros, los que descubrimos que en el trozo de madera no cabía Jack — o sí, pero a lo mejor queríamos asegurarnos de sobrevivir; o nos dimos cuenta tarde; o estábamos cansados de tanto barco; o nos fuimos a otra barca porque al final éramos nosotros los que nos ahogábamos pese a estar fuera del agua— estábamos ocupados repartiendo los amigos, las tazas de café, las culpas, las costas y los libros, cerrando cajas y guardando fotos. Y el tiempo pasa, y empiezas a pensar que, a ver: naufragio, naufragio, tampoco fue. Marejada, bueno. Lloviznaba, recuerdas, que durante un tiempo tuviste el pelo fatal. Incorporas la tormenta como cicatriz o tatuaje. Que no dejan de estar, exactamente, pero sí dejas de verlos. Se te olvidan. Y si viene una manita a señalarla, que ya dice el refranero que “manos ociosas, juguete del diablo”, sonríes y piensas en qué estarías pensando cuando te dibujaste una golondrina en el costado. Un día de este verano mi ex se casó con su actual pareja, a la que no tengo el gusto de conocer, y a mí me llovieron llamadas de teléfono. No lo sabía, pero el Efecto Manita había vuelto con más fuerza que nunca. Ya no era importante si yo fui Brad o Angelina: era mi Día de Jennifer Aniston.

Dear Jenn, darling: entiendo si ayer estabas bailando borracha en bragas o rebozándote en pizza celebrando que se acababa tu día de once años. Literal o metafóricamente. Y si decidiste abrir un paraguas e ignorar el aluvión, permíteme que te acerque una copa ahora.

Por la desaparición de las manitas. Salud.

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