El verano y los paños de cocina

Es otoño, aunque esta ciudad que ya es un poco mía se empeñe en engañarme, haciendo que me resista a guardar las sandalias y los vestidos de sentarme al sol. Los únicos que no se dejan engañar son los árboles, que empiezan a desvestirse despacio.

Es curioso cómo un poco de sol puede hacer que las cosas parezcan otra cosa. O quizá no sea el sol, sino la nostalgia del sol. Queremos que sea siempre verano, quizá porque aún recordamos cuando verano era helados y playa y jugar en la calle hasta que se encendían las farolas. Mirar a tu madre cuando te ofrecían un caramelo.

Qué se dice.

O cuando era fumar a escondidas y enamorarte. Reírte hasta tener agujetas. Verano siempre son cuentos, de princesas o de promesas, que se susurran mientras te quedas dormida. Estrellas, cerveza, sabor a sal. Cómo vamos a querer que se vaya el sol.

Enciendo la televisión, pongo la radio, miro la prensa, tomo un café en el bar: la violencia de los últimos días se cuela por cualquier rendija. Explota, virulenta, y lo llena todo con viscosidad. Sabe a metal. Y no voy a mentir: no quiero que exista. Respiro hondo y pienso que es sólo una nube -tiene que serlo- porque en un país donde siempre es verano nadie puede querer que empiece a llover y no pare.

Siento pena. Vergüenza. No puedo entender, por más que lo intento, que las escenas que veo sean verdad: somos un país civilizado. Éramos un país civilizado, hace apenas cinco minutos. ¿De dónde sale toda esta rabia, este odio? ¿Hay tanto dolor como para cegar a algunos, hasta el punto de dejar de verse en quien tienen enfrente? ¿De qué invierno desconocido y lejano ha salido esta realidad que no reconozco?

Yo estoy orgullosa de ser de aquí, sin más, sin bandera ninguna. De ser de un país en donde fue invierno mucho tiempo. Aunque siempre he pensado que si tuviera que colgar una bandera, sería un paño de cocina. La bandera de una estructura familiar privada que ha sustentado una crisis pública que de otro modo hubiera sido insalvable. La bandera de las que te recogen al niño de la escuela porque estás mala o tienes una entrevista. La bandera de cocinar para el que se ha quedado solo, la bandera de prestarse libros, pendientes, pares de medias, trajes para las bodas. La bandera de la educación pública, la de “hay que respetar a los mayores”, la de pedirle sal o garbanzos a la vecina. O quinientas pesetas para llegar a fin de mes. La bandera de llamar llorando donde sabes que responden. Y de la de celebrarlo todo. La de “de hoy en un año”, “te lo mereces”, “oeoeoe”. La bandera de las familias que se turnan en los hospitales y la de juntarte con veinte pijamitas de recién nacido. La bandera del puñadito de arroz y donde comen dos comen tres. O cinco. La bandera del “qué se dice”.

Parece, por las noticias, que se nos ha olvidado hablar, pero lo peor es que parece que se le ha olvidado a los que tenían que saber. A los que no podían olvidar. Y ahora qué hacemos, señores, con este invierno sobrevenido. Y ahora qué.

Ahora qué se dice.