La magia de Hollywood

Foto de A. Delanoix

A veces no logro conciliar el sueño. Podría pensar que es el estrés de un trabajo que da una dentellada importante a las horas de mi vida, pero sé que no es así. Me paso la vida respetando los números en la esquina inferior derecha de mi ordenador, ignorando los números de la esquina superior derecha del teléfono y escondiendo el único reloj que hay en mi casa, llegando tarde a los cafés pendientes y muy tarde a las copas, diciendo que no a algún compromiso y buscando otro por sentirme en deuda con los hombres de gris: tampoco voy a preocuparme si algún día mi propio reloj decide que todavía no es hora de dormir.

Me pongo una mascarilla y decido pintarme las uñas, aunque mañana tendré que levantar el esmalte porque olvidaré que las llevo recién pintadas y arruinaré la manicura rojo fresa mientras busco una foto que sé que tengo guardada dentro de un libro. Hago una taza de té que olvidaré mientras se enfría y encontraré pasadas unas horas, tarareo al ritmo de mi música bajita, tropiezo con un par de sandalias al lado de la cama y maldigo mi costumbre de andar descalza aunque haga frío. Aunque aquí casi nunca haga frío. Me miro las manos y descubro la manicura estropeada. Sonrío.

Durante años llevé las uñas impecablemente pintadas. Noche tras noche repasaba mis manos como una censora experta, levantaba con acetona el mínimo esmalte descascarillado, y lo aplicaba de nuevo con mimo. Un día sencillamente dejé de hacerlo y gané miles de minutos que estoy segura invertí tan bien como los miles de euros que ahorré dejando de fumar. O puede que sencillamente lo olvidase. La verdad sea dicha, soy tan práctica como despistada.

Ya había dejado de pintarme las uñas cuando, hace ya varios veranos, llegué nueva a la oficina y unas compañeras me describieron como “muy femenina”. Al parecer, en un mundo laboral formal, llamaban la atención mis vestidos de colores y mis zapatos extravagantes. Tardé en darme cuenta de que lo que en su mente era la formalidad llevaba aparejada una tendencia a la masculinización del atuendo para ganar en respetabilidad. Rostros sin maquillar, pantalones anchos, zapato bajo. Colores empolvados por todas partes. Sorprendentemente, todas ellas llevaban las uñas pintadas, no sé si como indulgencia o como símbolo de estatus. Experta en protocolo, pero con esta pequeña tara mía que me impide entender determinados comportamientos, no sorprende que me pierda a menudo en las convenciones de la mala intención. ¿Qué impide las medias delicadas? ¿Y el lápiz de labios? Nos quitamos los corsés, acortamos las faldas y avanzamos… hasta equiparar algo típicamente femenino con la frivolidad y la falta de competencia. Fenomenal. Ya te han vuelto a perder, Caperucita.

Sé discreta. Ponte guapa y, a poder ser, ponte en un segundo plano. Sé, pero poco. A mí, que no sé hacer nada a medias, lo de hacerme pequeña me sale regular. Tengo unas dimensiones complicadas para pasar desapercibida, y siempre me he sentido grande, hasta cuando estuve tan delgada que cumplía aquella escala absurda. Además, siempre me he sentido incómoda en habitaciones pequeñas, como los despachos o las salas de reuniones. El otro día una amiga que trabaja entre colores me comentó que le pasa lo mismo: entra en una habitación y se remueven. “Es el empuje, nena, no la altura” — y eso que ella es alta de verdad, no como yo, que pierdo mis buenos ocho centímetros cada vez que me descalzo y otros dos cada vez que me despeino. Claro que también hay gente altísima midiendo metro y medio.

Ay, el color. Siento que, como mundo, perdimos un poquito de la magia cuando las películas dejaron de ser en blanco y negro. Hay algo maravilloso, mágico en saber ver más allá: ver a Gilda pelirroja, el color hueso de la gabardina de Bogart, el pulcro blanco y negro de Charlot. Pasar del blanco y negro al color requiere solamente imaginación. Retroceder, sin embargo, parece un proceso doloroso. Renunciar a tu color natural, desdibujarte: si te empeñas en virarte a blanco y negro y poner otro filtro y otro, si te mimetizas con la moqueta por temor a que te confundan con una de las orquídeas de las mesas, terminarás desapareciendo y siendo una mala copia de lo que otros querrían que fueras. Un espejismo, mi miedo más terrible: una mentira que es, en sí misma, una verdad. Una mentira que existe sustituyendo a una verdad. La Nada. Ojalá todo el mundo fuera del color que le pertenece.

Cuando mi primer piso de adulta se quedaba vacío y en silencio por las noches, salía de mi habitación a sentarme en la mesa de formica verde de la cocina y fumaba asomada a la ventana mientras se enfriaba una taza de té. Me miraba las uñas con paciencia mientras se secaban aquellas tres capas eternas, impecables, y el mundo era mío y de todos mis colores, por cinco minutos. Y es que a veces sólo hace falta que te acuerdes de parar el mundo cinco minutos.

Te estaba mirando y creo que voy a empezar a ponerme todos los vestidos que tengo en el armario.

La magia de Hollywood.