Listas que perder

Hago listas. Me siento en mi escritorio, suspiro a mi café, me pongo muy seria, me siento derecha, y escribo la lista de tareas que tengo que hacer en el día. También hago montoncitos mentales de tareas: urgente, no urgente, para mañana, para el día x, para el día y. Hago carpetas en el correo, ordenadas por asunto y por orden de importancia. Recuerdo nombres de maîtres, hijos, restaurantes de otras ciudades, qué aeropuerto está más cerca de Milán o a dónde hay vuelo directo desde Moscú. Archivo, leo todo, memorizo detalles nimios sin proponérmelo, y soy capaz de recordarlos meses después. ¿El papel donde decía aquello de los peces de colores? Claro, era de febrero. De 2011.

Pierdo listas. Me siento en el autobús, en el taxi, en el café, e intento recordar qué era lo que tenía que coger o recoger en algún sitio. En el supermercado recorro cada pasillo escudriñando los estantes, intentando dar con la revelación milagrosa que me ampare de tener que usar aceite de oliva para desmaquillarme, o ciento tres horquillas mañana por la mañana porque no tengo espuma, ni crema, ni nada que me ayude a no parecer un manojo de algas de mar. Miro mi nevera intentando comprender por qué no hay leche, si estoy segura de que la compré ayer. O antes de vacaciones. Estoy segura de haber regado las plantas. Podría jurarlo. O, al menos, de haber cogido la regadera, que me mira, llena de polvo, en el mismo rincón donde anidó hace meses, al lado de varias macetas, vacías, que voy a pintar de dorado y azul. Comprar pintura. Comprar café. Regar las plantas.

Imagino listas. Paseo por cualquier calle bonita y decido que tengo que mudarme. Anoto el nombre del portal con esos balcones tan bonitos en una servilleta, o en la cara interna de la muñeca, prometiendo que lo buscaré en cuanto llegue a casa. Anoto mentalmente los colores que quiero para las paredes, y las plantas, que, indudablemente, no (se) (me) morirán con toda esa luz. En esa casa con techos tan altos cabrán más libros, así que recuperaré mi lista de libros perdidos, que metí dentro de un libro, o un cuaderno, o una cartera, y los pediré todos a la vez y será como Reyes, aunque a lo mejor si son muy altas debería anclar las librerías a la pared, ahora que tengo visitantes de manos pequeñas con tendencia a trepar. Comprar taladro. Buscar taladro. ¿No había comprado uno? Juraría que compré uno. Traeré el sofá que tengo guardado y lo colocaré frente a la ventana. Ojalá quepa la cama, aunque ya me he resignado a que los muebles en los que hacerme pequeña no caben en este Madrid. Quizá debería cambiar de ciudad. Y entonces qué hago con las plantas. Regar las plantas.

Rompo listas que encuentro a deshora. Aparecen en servilletas, en trozos de papel, en tarjetas ajenas, en avisos de mensajería, sueltas dentro del bolso, hechas una bolita en un bolsillo de un abrigo, marcando una página de un libro, dentro de la cartera. A veces son números o frases a medias o nombres que a saber si son de una calle, de una persona o de un bar. Ecos de haber dado el número de teléfono a alguien escrito en un papel, un posavasos. De usar perfilador para escribirlo. Qué mayor soy. Leche, dice el trozo de papel que acabo de encontrar en la funda del abono transporte (que he olvidado recargar). ¿Pero no había comprado ayer? ¿De cuándo es esta entrada de cine? Ah, no. Seguro que hay leche, entonces. (No. Por supuesto que no). Regar las plantas.

A veces en el mismo momento de escribirlas sé que voy a perderlas, o a llegar tarde a lo que relacionen, porque yo llego tarde a vivir. Pero las escribo igual, para luego perderlas, y las imagino igual, para luego no recordarlas, o recordarlas dormida. Creo que es la intención, aunque sea momentánea, la que te ancla a la realidad y te ayuda a no perderte. Hace mucho que me salí del camino de baldosas amarillas, y tampoco me ha ido tan mal. A mis pobres plantas, sin embargo…

Hoy me han regalado una de esas libretas donde vienen las cosas pre-escritas, y sólo tienes que tachar las casillas. Evidentemente, me la ha regalado una persona de las que hacen una lista con su vida, y van tachando las cosas. Cosas, momentos, lugares y personas hechos objetivos, hechos cuadraditos. Siempre me he preguntado qué hacen esas personas cuando llegan al final de la lista. Qué sensación de pérdida más grande, imagino, debe ser tener que afrontar de pronto una página vacía cuando toda tu vida te han señalado las casillas a cumplimentar. Debe ser aterrador. Yo, afortunadamente, siempre llevo encima bolígrafos. O lápiz de labios.

A ti, sin embargo, no te tengo en lista alguna. No me hace falta. Sé que formarás parte de mi vida con la misma meridiana claridad con que la piel sabe que va a llover veinte segundos antes de que caiga la primera gota a recorrerte, perezosa, el hombro en esos días de verano en que te resistes a ponerte una chaqueta, porque quién quiere volver al colegio. Sólo espero, de corazón, que atines a recordarme que riegue las plantas.

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