Los años bisiestos

Dos mil diecisiete. Die-ci-sie-te. La punta de la lengua recordando el inmortal recorrido del Lo-li-ta de Humbert. Mis eses ligeramente sibilantes, distrayéndome del olor a limpio del año que se estrena.

Qué bien que no es bisiesto, comentaba el otro día. Coincidimos. Es curioso cómo la vida, o la lluvia, a veces te hace tropezar con personas con las que compartes algo tan personal que podría ser un antojo en la piel.

Desde pequeñita, antes de adorar el hueco de entre mis dientes delan teros por permitirme clavar las sibilantes, o de olvidarme de él, los años bisiestos me han parecido algo siniestro. Como todo el concepto de “compensar”. Pero si es mentira: VIENEN LOS HOMBRES DE GRIS, me apetece gritar cada vez que llega uno. ¿No veis que es inventado? ¡Cómo va a ser una flor, si es de plástico!

La razón de los años bisiestos es que hay un desfase entre el año de calendario y sus 365 días y el año “de verdad”, el año trópico, una vuelta de bailarina completa de la Tierra alrededor del sol. Lo que pasa es que la Tierra es una prima ballerina, sale a saludar. Y claro, tenemos cinco horas, cuarenta y ocho minutos, cuarenta y cinco segundos y diez centésimas todos los años que unos señores decidieron que no cabían, y que quedarían guardaditas hasta que ellos dijeran en un tarro de cristal. Y con esas horas cada cuatro años hacen como que nos dan una vida extra. PERO ES DE MENTIRA.

Qué han hecho con mi tiempo mientras tanto, vamos a ver. ¿Van a darme intereses? Ya. Me lo temía.

Si tengo que crecer y aprender que el tiempo que pasa ya no existe más, ne pas, Señores Grises, qué quieren que haga ahora con las cinco horas, cuarenta y ocho minutos, cuarenta y cinco segundos y diez centésimas de hace varios años. Si ya no me sirven. Si son una tormenta seca. Si ya no las quiero. Claro que, si pudiera usarlas en su tiempo y lugar… eso sería otra cuestión. Cómo sé yo a dónde pertenecen en realidad esas horas que ahora me dan. ¿Es donde van los besos que guardamos, que no damos? ¿Donde se va un abrazo si no llegas nunca a darlo? Dónde irán tantas cosas que juramos un verano…

Desde pequeña me he rebelado contra el tiempo lineal, aunque entonces sólo era por medio de ser impaciente. Nunca me gustó dejar en blanco la primera página de los cuadernos nuevos. Se nos educa en la importancia de los comienzos, porque, claramente, es lo que se ve nada más volteas la tapa. Y es verdad que hay comienzos maravillosos. Tantos de García Márquez. O el de Pedro Páramo. O el de El Señor de los Anillos. Comienzos que sabes que traen siempre cosas dignas de escuchar. “Érase una vez”, “Call me Ismael”, “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”.

La hoja en blanco se iba arrugando, con el tiempo. Se iba despegando de la espiral. Lucía tu nombre con caligrafía esmerada, y el curso en el renglón siguiente. Era triste. Todo lo contrario a las últimas páginas, siempre llenas de frases que quería recordar, de números de teléfono, de títulos de libros y canciones, de trocitos arrancados para tirar un chicle de fresa ácida o pasar una nota de vital importancia. Las páginas del final eran siempre mis primeras páginas, en realidad. ¿Lo sabrían ellas?

Pese a mi predilección por los finales, no hago balance de fin de año. Claro que, como todos los días, el uno de enero me siento en la cama. Y respiro. Y me miro el estómago, que es con lo que pienso. Y respiro. Y me miro el cerebro, que es con lo que siento. Y respiro. Si en ninguna de las respiraciones el corazón ha dado un salto, es tiempo de café. Papel crujiente y a estrenar. Pies descalzos al suelo, ventanas abiertas, música arriba. Y a bailar.

Los Señores Grises no van a devolverme (a devolvernos) las cinco horas, cuarenta y ocho minutos, cuarenta y cinco segundos y diez centésimas del año pasado, pero yo usaré todas las demás con el corazón, o con la cabeza, o con el estómago. Sé bien que no puedes volver a cuando quieres decir, pensar, sentir algo diferente. O, y esto es peor, a cuando quieres decir, pensar, sentir lo mismo, una vez más. Por eso es importante saber que los años bisiestos, el arrepentimiento, las historias de una sola versión y las barras de labios permanentes son siempre mentira. En diferentes porcentajes, eso sí.

Mi propósito de año nuevo es seguir sabiéndome incompleta y de verdad. Saber que tengo un montón de horas a mi disposición, menos un pellizco. Aprender algo todos los días. No dejar de decir algo. O de callármelo. Elegir por mí misma. Ser feliz.

Ojalá siempre os falte un pellizco de cordura y os sobren cinco horas, cuarenta y ocho minutos, cuarenta y cinco segundos y diez centésimas.

Feliz Año a todos.