Partir el pan

Foto de Brooke L.

Por alguna razón ese día preparé yo la sopa en casa de mi madre, posiblemente porque ella estaba trabajando y yo de paso, refugiándome unos días del mundo, aunque no recuerdo si en general o en particular. Chamón, gallina, zanahoria, ajo puerro, cebolla, azafrán, sal y fuego lento porque no uso su olla exprés (aunque es, como cualquier dama de casa reconocerá a primer golpe de vista, “la perfect”). Cuando nos sentamos a comer, mi madre se quedó callada. Es como la de mi madre. Exactamente igual. Sonrió y se levantó a por sal.

Sin haberme criado ni cocinado apenas con ella, también hago igual que mi abuela materna la carne guisada. “No te manchas cocinando, eres igual que la mi hermana”, me dijo un día mi abuela. Hago la tortilla en el punto de medio cuajado que le encanta a mi hermana, aunque tardé treinta años en saberlo. Mi padre come el queso sin pan, y yo, que podría vivir de pan, también.

“Somos lo que comemos”.

Nos han bombardeado con un eslogan para vender verdura orgánica cara hasta que se nos ha olvidado que lo que somos, de verdad, es con quien comemos. Pocas cosas tan íntimas y tan importantes como partir el pan con alguien. Yo, por ejemplo, estoy hecha de muchos siéntate derecha y coge bien la cuchara, de intentar hacer desaparecer platos de lentejas con la magia de mi mente, de aburrirme en restaurantes muy serios, de silencios cómplices entre segundos primeros cafés, de mesas ruidosas de celebraciones, de las veces que comí sola aunque estuviera acompañada, de trozos de tarta, de intentar comer por acompañar a otros en mesas silenciosas, y de muchísimas sobremesas de las de arreglar el mundo o solamente alegrarlo un poco.

He disfrutado de contarme, contarnos, las anécdotas nimias y los planes del día con mi familia, primero, y con quienes han compartido conmigo casa, mesa -y a veces cama- después. Tengo la suerte de conservar en mi vida, en mi mesa, (al menos de tanto en tanto) a muchos de los segundos, y la fortuna de que sigan estando casi todos los primeros. He pasado el rato, empastado trozos de mi vida, cerrado capítulos, llorado de risa y suspirado de pena en torno a una mesa, una taza de café, una copa de vino, un plato de lentejas.

La distancia correcta entre comensales es de unos veinticinco centímetros: lo que viene a ser la suficiente para un abrazo, un beso o que te llegue la escarcha del silencio hostil. Pero llega la vida moderna y resulta que inventamos el concepto “comida de trabajo” o “comedor de personal” y nos vemos obligados a compartir mesa y mantel con personas que nos importan un comino (mantel en el mejor de los casos, que ahora parece que lo moderno es apoyar el pan donde el anterior apoyó el tenedor).

O peor aún: “desayuno de trabajo”. Qué tipo de sádico imprudente contemplaría a una servidora descalza y sin peinar, intentando cerrar la cafetera (italiana y hecha caldo), desbordando la leche del cazo, desportillando mi penúltima taza bonita y tirando al suelo el azucarero mientras recuerda que no toma azúcar en el café, y pensaría “Indudablemente las ocho y media de la mañana es una hora estupenda para conversar con este ser humano”. Por favor, dejadme despertar antes de enfrentarme al mundo. Dejadme desayunar a oscuras. Por qué tiene nadie que saber que tengo la mala costumbre de dar el primer sorbo al café con la cucharilla aún dentro de la taza.

Sospecho, por la cantidad de anuncios que últimamente representan cenas o comidas en familia o entre amigos, que esto está empezando a ser algo idílico, poco frecuente o, lo peor de todo: ejemplar. Me rebelo. Me rebelo y me opongo firmemente y en mayúsculas: ME REBELO. Las cosas de diario no deberían ser extraordinarias. Ha de ser siempre al revés: las cosas extraordinarias deben ser para diario. Yo solamente tengo una vajilla y uso con alegría fuentes y copas desparejadas (“lo bueno” y mis manos de manteca viene siendo una combinación regular). No guardo el vino ni el champán para ocasiones especiales, aunque sí guardo los corchos de las primeras botellas abiertas de las que resultan serlo.

Compañero es, en origen, aquél con quien comes del mismo pan, con quien compartes tu pan. Que comer con tu familia o con quien tú quieres (en sus significados más amplios: a donde llegas o a quien eliges) pase a ser una excepción me parece un tremendo error. Lo excepcional, lo maravilloso, lo infrecuente es que la vida te dé la oportunidad de mirar a diario a alguien a quien te apetezca mirar. Sentarse voluntariamente a la mesa con quien tú quieres es una oportunidad de decir “te veo”. Es aceptar que estás a veinticinco centímetros, un silencio o un beso de alguien. Es, a veces, toda una declaración de intenciones.

Pasadme la sal.

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