Rayas de tiza

Te pasas la vida aprendiendo palabras difíciles (prestidigitador, titulización, esternocleidomastoideo, carbohidratos, remasterizado) y de pronto resulta que estas eran las fáciles. Te pasas la vida aprendiendo palabras enormes (compromiso, maternidad, silencio, perdón, duelo) hasta que un día las entiendes. Pasa el tiempo y son árbol, nube, perro, coche, taza: palabras con un referente que todo el mundo comprende. Son palabras que puedes decir en voz alta con tranquilidad, sabiendo que todo el mundo querrá entenderte, como cuando los bebés alargan sus deditos potelés y dicen “abua”. Estas eran las fáciles.

Te pasas la vida susurrando otras palabras (coño, sexo, cáncer, despido, abandono) por diferentes motivos. Te pasas la vida cambiando palabras por otras (excéntrico, desinvertir, complicación, inquieto, oportunidad) por otros motivos diferentes. Un día -puede que sólo por probar- decides dejar de susurrar, dejar de omitir, dejar de sustituir, y las paladeas de la que las dices. Te das cuenta de que tampoco estas eran las difíciles.

Hay palabras que cambian con el tiempo (amor, frío, adiós, cielo, nunca). Hay palabras que son miedo, estómago, corazón, sangre, herida. A lo mejor, sólo a lo mejor, un día reclamas como tuya una palabra que no querías pensar, decir o vivir (viudo, enferma, solo, gay, empezar) y descubres que, en tu boca, sólo era una palabra más. Y sí, estas eran palabras muy grandes, pero tampoco eran las más difíciles.

Resulta que, después de muchos años de palabras difíciles, llegan las palabras mágicas. Dos palabras pequeñitas que te pasan desapercibidas al principio, hasta que te das cuenta de que no son palabras: son rayas de tiza. Y la verdad es que son palabras importantes, tan importantes que te lleva muchos años entender, entender de verdad, lo grandes que pueden ser. Y entonces llega alguien y te enseña que se borran sin esfuerzo, sencillamente, sin darle importancia.

Y te quedas quieta, mirando ese trocito empolvado. Hayas dicho que no, o hayas dicho que sí, alguien ha llegado y ha borrado tus dos letras con los dedos. No es casualidad, ya que las rayitas de tiza (quizá por tan pequeñas) van a desaparecer cada día. Cada día. Todos los días.

Y claro, a lo mejor te planteas que tus rayitas de tiza no son importantes. Porque si hubieras dicho coche, nube, pez, nadie habría llegado y, sin darte explicaciones, hubiera borrado tu palabra para escribir encima la suya. Te hubieran, al menos, explicado “el delfín no es un pez, es un mamífero”, antes de borrar tu palabra pequeña. Pero no pasa.

Dices que no, o dices que sí, y alguien hace como que no te escucha. Y claro, a lo mejor te planteas que da igual lo que digas. Porque si hubieras dicho exención, halterofilia, mercadotecnia, alguien habría levantado la vista y te habría prestado atención. Pero no pasa.

Dices que no, o dices que sí, y alguien quiere hacerte cambiar uno por otro. Y claro, a lo mejor empiezas a pensar que son intercambiables. Así que la cambias. O no, pero qué importa. Porque si hubieras dicho verde, mar, azúcar, nadie hubiera intentado hacerte cambiar de parecer. Pero no pasa.

Han borrado tu palabra pequeña, que era tan grande como tú, y te han borrado un poco a ti. Han borrado tus rayitas de tiza, que eran tan altas como tu voz, y te han borrado un poco a ti. Las palabras más importantes que tu boca va a poder articular, y resulta que te va a tocar repasarlas toda la vida. ¿Suena cansado, verdad?

Déjame que te cuente un secreto: a base de escribir en una pizarra, llega un momento en que no se borra. Puedes escribir sobre ella, pero las nuevas palabras son las ilegibles, y las que se han repasado muchas, muchas veces debajo, permanecen.

Te dije que eran difíciles, pero también te dije que eran mágicas.

Escribámoslas.

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