La persistencia de la memoria

One day, home is an open fire.

Dice Coca Cola que te da la chispa de la vida, aunque dudo mucho que aquella noche saltaran chispas. Ni que fueran puestos de esa droga. No sé si jugaron a chocar dos piedras. O si el amor fue ferviente. Pero sea como fuere prendió el fuego. Mamá solía pensar que quería ser mamá. Eso lo sé porque lo escribió a fuego en mi ADN. Me buscó a cada paso de su ser. Eso también lo sé. Pero no me preguntes por qué. Papá en cambio no sé dónde estuvo. No le dio a mamá su compañía. Era un hombre bueno, pero estaba maldito. Su alma se había quemado. Después, vino mi hermano. Frágil, como llama que se apaga rápida cuando el oxígeno escasea. Yo, en cambio, gustaba de avivar fuegos. Pero ambos éramos signos de aire. Y ha de saberse que el fuego solo prende en contacto con el aire. Mamá solía decir que no mirásemos el fuego en las hogareñas noches del invierno porque te hacías pis en la cama. Ojalá jugar con fuego hubiera sido solo tan inofensivo. Papá, por contra, siguió echándole leña a aquella hoguera. Tanto, que el camino de vuelta a casa ya era un fuego abierto en mitad de la noche. Este que fue mi hogar, estuvo por mucho tiempo en llamas. Y cada uno de los que habitamos en él desarrolló su propia resistencia al fuego. Pero hay una mañana que recuerdo mejor. Era una mañana de sábado, de esas en las que mamá tenía que trabajar. Yo agarraba a mi hermano de la mano, fuerte, envuelta en un mar de lágrimas. Temblorosa e inmóvil plantada ante aquella majestuosa escalera de mármol blanco. No lo encontraba por ninguna parte. Y al grito de su nombre, el eco solo pudo devolverme el miedo con que pronuncié aquellas palabras. Desde entonces cada vez que papá habla, solo escucho aquel viejo eco. Porque la memoria, como los relojes blandos de Dalí, se resiste al paso del tiempo.