Retoños de la UNLaR

Los cambios significativos se dan de abajo para arriba. La cultura de una institución no es aquello que se impone desde la estructura, sino lo que la mayoría asume por costumbre. El quiebre de la costumbre de sumisión y resignación que se dio en la primavera de 2013 cambio la perspectiva del ejercicio del poder en muchos que se sintieron dueños de lo publico, abriendo la posibilidad de transformar esa cultura a fuerza de constancia y unión.

Si bien la estructura reinante insiste en perpetuar aquellas practicas del pasado tendientes a arrancar cualquier brote de raíz, el clima y la no resignación dispersa florece de vez en cuando invadiendo de primavera la UNLaR.

El otro día un grupo de estudiantes de humanidades daban el ejemplo parándose frente a la estructura, cuestionando y reclamando lo que les pertenece, al punto de sumar voluntades y convencer a quienes toman las decisiones en su representación de hacer lo correcto. Revirtieron medidas impuestas desde arriba, no sin antes invertir tiempo y energía en movilizar a sus pares y conseguir adhesión. Ellos no se comieron el verso de que todo estaba bien mientras veían desmoronarse la excelencia académica y la precariedad de las condiciones con las que conviven. Ellos no se dejaron embaucar por la trampa de restringirles su participación a un voto sin poder cada 3 años. Ellos se levantaron, se organizaron y se unieron por un fin colectivo el cual priorizaron. Ellos no son un caso excepcional, son la regla de lo disperso por los pasillos de esta inmensa universidad, quienes divididos por agendas diversas cada día empeñan esa fuerza y constancia para conquistar pequeños espacios donde se escuche su voz.

Lejos estamos aún de aquella UNLaR democrática en donde los abusos de poder y el alineamiento de ideas quedaron en anécdotas del pasado. Pero ese cambio profundo por el que alguna vez miles de personas lucharon juntas, no puede ser delegado a un nuevo status quo. La desobediencia civil de la toma de la UNLaR movilizo una multitud que aún encuentra insatisfechas sus demandas de participación real, y quienes hoy gobiernan esa institución parecen no haber entendido lo suficiente el peso de dicha demanda.

Las democracias más avanzadas hoy se encuentran en crisis por el quiebre del paternalismo que define nuestra era. Los sistemas de representatividad se vuelven obsoletos cuando los ciudadanos sienten que los representantes no los representan, mientras a la UNLaR la gobierna un espacio al que la mayoría de la comunidad universitaria no eligió, y aún así, insiste en tomar la decisiones más significativas a puertas cerradas.

Los más alienados sentencian la muerte de los principios de la toma, presos de la desesperanza y la mansedumbre diseñada por aquella burocracia excluyente que intenta definir la cultura de sumisión. Pero la transformación real esta en manos de aquellos que no pueden desaprender lo aprendido y siguen incitando a sus pares a que no abandonen la lucha, a que sigan tomando lo que les pertenece, y así como los chicos de humanidades, a quienes buscan la unión y se organizan priorizando lo colectivo por sobre sus agendas personales, para unir fuerzas y conquistar objetivos sociales.

La UNLaR viene viviendo una oportunidad de cambio sin precedentes que puede derivar en la definición de una generación que transforme mucho más que el ámbito universitario, por eso es responsabilidad de todos seguir regando.

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