La Nora

Conocí a la Nora en Matagalpa cuando ella tenía como 4 años. La conocí como una niña bien flaquita, morenita, de pelo liso y negro, que se amarraba en una colita. En ese entonces le faltaban dos dientes pero no le daba pena reírse, aunque los otros chavalos del pueblo la molestaran.

Me hice amiga de la Nora bien rápido porque, como yo, hablaba hasta por los codos. Como era mayor siempre me preguntaba por todo (por qué algunas palabras se acentuaban y otras no, por qué en algunos lugares era de día y en otros de noche, de dónde venía la lluvia), pero también estaba llena de sabiduría: ella me explicaba por qué las ballenas eran mamíferos, cuándo era mejor cortarse el pelo, cómo la papa te hacía más fuertes las uñas y qué hacer si te caía leche de sapo.

Cuando era de tarde íbamos a la venta a comprar posicle, hacíamos pasteles de lodo o hacíamos una rayuela con palitos, en medio del camino. Cuando me compraron la bicicleta, fue la primera en enseñarme a andar, aunque eso le costó irse a un guindo conmigo. Nos pasaban un montón de cagadas, pero siempre estábamos alegres, hasta que su papa se asomaba por el cerco y le gritaba para que regresara a la casa. Al día siguiente siempre llegaba con marcas de fajazos, o de alambres de púas y a veces caminaba raro. Ella sólo me decía que le habían pegado por portarse mal o por contestarle a sus hermanos.

La última vez que miré a la Nora tenía 10 años. Ese día andaba una costra de sangre en la colita y me dijo que su hermano mayor le había tirado una piedrita para molestarla. Después me dijo que ya estaba acostumbrada y que no era nada grave y me peló los dientes. Nos abrazamos y me monté a la camioneta. Me dijo adiós sacudiendo las manitas en el aire,hasta que la perdí de vista en el polvo.

Hace mucho tiempo no pensaba en la Nora, en sus encías, en su colita, en sus manitos diciéndome adiós. Pero uno de estos días me contaron la otra parte de su historia, la que tristemente la convierte en una estadística.

La Nora era “la hermana de en medio” y la que cuidaba la casa: le daba de comer a sus hermanos, limpiaba, hacía las compras, lavaba la ropa de su papa, entre otras tareas. Por eso no iba bien en el colegio, prefiría usar su poco tiempo libre para jugar. Su papa y su mama le pegaban a todos, pero le daban un trato “especial” a ella porque se metía entre los fajazos para que no golpearan a sus hermanitos menores, o se echaba la culpa cuando ellos hacían una travesura.

En una ocasión varios vecinos denunciaron al papa de la Nora. Los vecinos se dieron cuenta de que el hombre violaba a sus hijas y aparentemente había embarazado a la mayor. Al hombre lo llegó a buscar la policía, pero la denuncia no pasó a más y el caso quedó impune. La hermana de la Nora se convirtió en mama, o más bien, la hicieron mama a la fuerza. Poco tiempo después, cuando la Nora tenía 13, también la hicieron mama.

Los abusos continuaron durante un año mas y a la Nora le tocaba la peor parte. Su mama le gritaba cuando la estaba golpeando que “no podía perdonarla por lo que hizo”. La gente del pueblo, cada vez más frustrada de no poder hacer nada, se volvió más hostil contra sus padres. Un día la Nora llegó a despedirse de los vecinos porque la familia se iba del pueblo. Trataron de aconsejarla para que huyera con su bebé pero ella les respondió que no tenía como cuidarlo, que cuando fuera mayor de edad iba a escaparse. Y nadie ha sabido más de ella o de su bebé.

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