El bosque

Dicen que ese bosque es diferente.

No es por la tierra en que está plantado ni por las especies de árboles que lo forman; no es la quebrada que lo atraviesa, ni el claro grande donde la gente del pueblo hace su feria anual. No es por las veces que se han perdido parejas –a propósito– buscando un poquito de oscuridad. No, ese bosque es diferente por otra razón.

Hace años, al pueblo le pegó una epidemia de algo que nadie sabe de seguro qué fue, ni viene al caso. El asunto es que de la noche a la mañana el pueblo se llenó de ausencias y familias en duelo. Como si fuera una moda, el pueblo se vistió de negro, escasearon las flores y pasó lo de esperarse: crisis en el cementerio.

A diario se armaba un molote en la entrada del camposanto, otro en la puerta de la morgue y por supuesto en la Municipalidad y el Ministerio de Urbanidad que no lograban dar con un lugar para un nuevo cementerio.

La gente del pueblo se tuvo que poner creativa.

El primero se lo dejó calladito por miedo a que lo echaran preso. Buscó un buen Almendro, el favorito de ella, lo marcó con una C de Cristina para encontrarlo en la noche y después de que todos se fueron a dormir se la llevó a descansar bajo las raíces del gigante.

Siguió una mamá desesperada que se había ido a desahogar en el rincón del bosque donde su hijo había dado sus primeros pasos. Entre llantos se le ocurrió de repente y no lloró más ese día. La tumba la cavó esa noche bajo una Ceiba joven con una panzota que le recordaba haber estado embarazada.

El tercero se topó sin querer con el cuarto y se echaron una manita paleando juntos su dolor, no cruzaron más palabra que la promesa de no contarle a nadie.

No pasó mucho tiempo antes de que llegara el quinto y sexto y los demás, y los viajes clandestinos al bosque se volvieron algo de todas las noches.

Unos marcaron con un símbolo cada árbol ocupado, no se fueran a encontrar los demás con una sorpresa, otros optaron por un espacio abierto y libre de vegetación para sembrar un arbolito a modo de lápida porque les ilusionaba la idea de ver sus ausencias convertirse en ramas y hojas nuevas.

Y así terminó todo el pueblo yendo a visitar a sus muertos al bosque.

Hoy Pedro le cuenta sus preocupaciones a un Javillo, lindo pero espinoso como su mujer; las primas de los gemelos juegan correteando alrededor de dos Jobos idénticos uno a la par del otro; Abigail se sienta a leer a la sombra de su abuela que se convirtió en un Cristóbal fuerte y protector; Jorge le promete a un Jacaranda no volver a amar a nadie, aunque se le fuera antes de poder intercambiar anillos.

Nadie en el cementerio se preguntó qué estaban haciendo los habitantes del pueblo con sus difuntos. El munícipe, con no tener que lidiar ya con el asunto, estaba más que contento, él había escogido un Amarillón para su hermano y no se la iba a jugar investigando si los demás habían llegado a la misma solución.

Una vez al año, al aniversario de la plaga, el bosque se llena de color con cintas alrededor de los troncos de los árboles, se improvisan picnics y aunque no dicen nada en voz alta sobre la razón de porqué están ahí, todos recuerdan juntos a los que ya no están.


Publicado en Relatos en Vano el 9 de mayo, 2013.

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