Los zapatos prestados
Algunas veces caigo en la insensatez de ponerme unos zapatos prestados.
Porque son bonitos, porque los necesito justo en ese momento, porque no puedo tener ochocientos pares de zapatos para cada ocasión ( aunque lo desee intensamente) porque parece divertido usar algo que no es tuyo y sentir como si lo fuera.
Razones como excusas, miles y miles para justificar cualquier cosa. Pero casi siempre termino igual:
Una amiga me presta sus zapatos por cualquier motivo y yo me los pongo contenta: me calzan bien, van con lo que llevo puesto y parecen cómodos.
La cosa es que por muy cómodos que parezcan y se sientan al ponérmelos, con el pasar de las horas hay algo que duele, que rasga, que roza, que aprieta y paso de adorarlos a querer quitármelos en mitad de la calle y andar descalza. Algo que el asco y el sentido común me impiden hacer.
Entonces pienso: ¿porqué rayos me he puesto éstos zapatos? comienzo a caminar, más lento, cojeando, moviendo el pie dentro para ajustarlo o evitar el dolor. Busco con desesperación si tengo alguna bandita en la cartera o si puedo entro en una farmacia a comprar alguna, para ponérmela en la ampolla que empieza a formarse, en la herida incipiente y bastante dolorosa.
Todo se ha transformado en una tortura.
Y es que hay una gran diferencia entre “ponerse EN los zapatos de otro” que tiene que ver con la empatía y “ponerse LOS zapatos de otro” que tiene que ver con la tontería. Por más que quiera, no es mi pie, no me calza, no me adapto. “Ponerme los zapatos de otro” me impide estar cómoda, me paraliza, me incomoda.
Pensando en éste tema, me vienen a la cabeza los cuentos: “ Las zapatillas rojas” y “La cenicienta”
En el primero una niña se pone unas endiabladas zapatillas que la hacen bailar sin descanso. Clarisa Pinkola Estés hace un excelente análisis de éste cuento en el libro “Mujeres que corren con lobos”, parafraseando sería: Cuando nos dejamos llevar por el brillo de unos zapatos hermosos podemos correr el riesgo de quedarnos sin pies.
En la cenicienta, todas tratan de entrar en la zapatilla de cristal sin resultado alguno, porque ésa zapatilla sólo es de una persona. Pero lo que me rechina de este famoso cuento es que cuando la zapatilla encuentra a su dueña, ésta no la usa para irse a caminar sino para meterse en un castillo. La zapatilla es la medida usada por otro para “escoger- la” y ella se somete a ésta voluntad ajena.
Entonces… ¿ya vas entendiendo hacia dónde voy?
Muchas veces me he puesto zapatos prestados, en mis pies y en mi vida. Zapatos de otra persona que no soy yo, zapatos que me han apretado y maltratado, que me han hecho caminar de un modo distinto.
Y es que según el zapato que me ponga , podré andar: bambas, tacones, botas, chanclas, zapatos de vestir, sandalias o zapatillas planas. El tipo de calzado da igual siempre que sean míos, si me duelen o me rozan, míos, si me hacen bailar, míos, para caminar a mi ritmo. Y si no me sirven los tiro, porque son míos y yo decido que hacer con ellos.
También dejaré de andar con la zapatilla en la mano, la zapatilla “ perfecta” que se adapte al pie perfecto. Mejor ver los zapatos que tengo enfrente ¿qué me cuentan? ¿podríamos caminar juntos, cada uno con sus zapatos, sin tratar de incrustarnos las zapatillas perfectas mutuamente? .
A mí me gusta andar, por todas partes, diferentes paisajes, lugares… y también me gusta disfrutar del camino y éso no podré hacerlo con unos zapatos que me hagan sufrir, que me aprisionen y me hieran. Zapatos quizá hermosos o elegantes, caros o baratos, serios o ridículos, que he accedido a ponerme para estar acorde a la ocasión, a “la altura” de las circunstancias.
Mis zapatos hechos a mano quizá no gusten a todos, pero lo importante es que me permitan llegar a donde quiero, con libertad y placer.
Ahora te pregunto: ¿con los zapatos de quién andas caminando?

