I. Rodrigo
A Rodrigo lo conocí en la primaria. En la escuela católica que mis padres escogieron al llegar a esa tierra húmeda y olvidada, nacida de un campamento petrolero y rodeada de pozos, bimbas y mecheros en llamas. Solíamos vivir a unos cuantos pasos del mar, en un departamento cuyo balcón permitía ver el río donde los pelícanos se juntaban a la hora de comer, en esos conjuntos de piedras que llaman escolleras.
Me llevaron con mentiras. Mi hermana, que en ese entonces tenía 10 años, me repetía que solo sería un año, mientras yo lloraba desconsolada en el sillón de ratán en donde me gustaba pasar las tardes calurosas cuando la casa dormía en una siesta profunda. ¿Qué pasaría con mis amigos del conjunto de departamentos? El par de hermanas que eran testigos de Jehová y no creían en los santos reyes, Lalito, Aarón, los hijos del matrimonio que mis padres llamaban “los fantasmas” y sobretodo con Wendy y Edgar, hijos de unos pescadores cuya casa estaba cruzando la calle, justo al lado del río.
No volví a saber de ellos y veinte años después, mis padres siguen viviendo en ese lugar que tanto odié y al cual regreso en vacaciones de verano y en Navidad. Nos instalamos en la casa que nos había prometido papá, con un jardín, dos plantas, escaleras con barandal de madera y a unos cuantos pasos de la escuela. Eran los finales de los 90’s, y en ese entonces cursaba el tercer año de educación básica. Mi corte de pelo se había derivado de una mala decisión por parte de mi tía, que consistió en hacerme el corte ella misma, y mamá lo disfrazaba con medias colas, piojitos, moños, ligas de bolitas de colores y diademas. Ya para esa edad, y debido a la miopía grave, usaba un par de anteojos redondeados color azul eléctrico que no podía quitarme ni para tomar un baño y hacían que mis ojos lucieran más pequeños de lo normal.
Cuando empecé sexto año, papá insistió en que aprendiera a usar lentes de contacto. Sabia decisión que le ahorró pares de anteojos rotos por descuidos y balonazos, mientras yo me libraba de un elemento poco estético que suscitaba comentarios desagradables. Mi cabello se recogía ahora en una cola de caballo que mi mamá restiraba todas las mañanas con insistencia violenta. También fue el año en que me hice amiga de Rodrigo, escuchaba CD’s de Alejandro Sanz en mi discman plateado y desarrollé un amor desenfrenado por los libros y las letras.
Rodrigo era un año menor que yo, tenía el pelo rizado y la piel clara. Jugábamos juntos, no se a qué. Pasábamos las tardes de los viernes en el deportivo de la ciudad, entre la alberca y las canchas de basketball con otros compañeros de la escuela. Comíamos hot-dogs que preparaba “El Güero” del kiosko y nos quedábamos hasta que los mosquitos se hacían insoportables y nuestros padres nos esperaban impacientes en la entrada. Uno de esos viernes Rodrigo me llevó a las gradas de una de las canchas y me pidió que fuera su novia. Yo dije que sí por inercia, como si fuera un desenlace normal de una bonita e inocente amistad. Caminamos por el golfito y entramos a una cancha enrejada de frontón. Jugamos a las manitas calientes, nos reímos. Rodrigo se compró una paleta de cereza y nos sentamos a esperar la hora de irse. Sorbía la saliva del dulce con insistencia, yo le hice una cara de asco. Seguro Rodrigo dijo algo gracioso y me reí.
Me asustaron sus te quieros y su cariño cercano a la adoración. Lo terminé por el chat de MSN, le dije que prefería que fuéramos amigos. En los siguientes 12 años me lo encontré varías veces en fiestas y bares. Rodrigo siempre me saludaba alegre, alzando la voz con mi nombre e invitándome a bailar. Siempre sucedía un accidente, rompía un vaso o golpeaba a alguien que iba pasando por error. Su alegría era contagiosa.
De vez en cuando me sale alguna foto suya en el Facebook, con esa sonrisa incansable y las mismas mejillas sonrosadas de aquel niño de 11 años.
