La hipocresía del veganismo

“El veganismo es una corriente respetable desde la perspectiva nutricional, pero hipócrita desde un punto de vista ético.”

El veganismo es una forma de vida cada vez más creciente de gente que renuncia a consumir productos de origen animal. Es una evolución más estricta del vegetarianismo que, además de rechazar el consumo de carnes, también hace lo propio con productos lácteos, huevos y otros derivados animales. Después de haber investigado lo suficiente, he encontrado dos argumentos bastante razonables que lo sustentan.

Por un lado, el respeto a otros animales. La industria ganadera está evolucionando de tal manera que la ética está quedando a un lado. Ingeniería genética, hacinamiento, piensos de dudosa procedencia, crueles formas de matar…

Además, muchos estudios indican que el consumo de carne y pescado puede llegar a ser tóxico y perjudicial para nuestra salud, en especial si consideramos los procesos industriales que hay detrás y el excesivo consumo por una parte de la población.

No obstante, existen dos hechos que, bajo mi punto de vista, tiran por tierra la superioridad moral del vegano.

Por un lado, nuestro planeta padece de una aguda sobre-población de seres humanos que deriva en muchas desigualdades. 7000 millones de personas a las que alimentar son muchas bocas. Si volviéramos a las técnicas ganaderas de, digamos, la Edad Media, tendríamos productos animales mucho más éticos y naturales. Y la bandeja de pechuga de pollo costaría seguramente 10 veces más en el supermercado, quedando al exclusivo alcance de la nobleza, pues es imposible alimentar a todo el planeta con jamón 5 Jotas. Somos presa de una industria que trata de llegar a todos los hogares de un planeta sobre-poblado. Es duro de aceptar, pero a día de hoy, sacrificar la industria ganadera implica sacrificar a las personas. Ninguna alternativa es buena en realidad.

Aquí es donde entra en juego la agricultura, como ese sustitutivo mágico que soluciona nuestros problemas éticos y además mejora nuestra salud con antioxidantes, fibra y vitaminas; pero hay trampa y no es pequeña. Es imposible cultivar nada sin antes destruir el ecosistema que la naturaleza había dispuesto en esa parcela, y con ello todas las especies animales y vegetales de la zona. ¿Qué ha sido de los osos, lobos, linces y otras especies naturales de la península ibérica? Algunos dirán que el urbanismo y los cazadores son los responsables, y no deja de ser cierto que ambos son factores importantes. Pero nuestro país concentra toda su actividad en Madrid y en las líneas de costa, principalmente. ¿Qué hay de las extensas Castillas? Efectivamente, son infinitas hectáreas de cultivos, con la excepción de sus bonitas y pequeñas ciudades que motean el mapa de nuestra gran meseta central. Si la extinción de especies y ecosistemas no es un impacto en la vida animal y la biosfera en general, que baje Dios y lo vea.

Respecto a lo perjudicial del consumo de carnes y pescados en nuestro organismo, soy bastante escéptico y aristotélico al mismo tiempo. Lejos de creer en estudios que se contradicen cada año, prefiero seguir la moderada línea de la virtud, que consiste en buscar el punto medio de las cosas, el equilibrio. Si nuestra genética es la de un animal omnívoro, considero que comer un poco de todo es siempre una apuesta sin riesgo. Pero ante la falta de pruebas y hechos concluyentes, el veganismo se gana mi ración de respeto.

Alguno se estará preguntando que cuál es la solución entonces, y lo cierto es que no la tengo. Uno puede tratar de ser fiel a sus principios e irse a vivir al corazón del bosque o de la selva, desconectado de todo servicio fruto de la industria, y por tanto respetando al máximo el impacto que su vida tiene en la naturaleza. En definitiva, no considerándose más que cualquier otro animal. También puede uno aceptar la situación en la que vivimos y abogar por el mayor equilibrio posible entre ética e industria. Y luego está el veganismo, respetable desde el punto de vista nutricional, pero hipócrita desde el prisma ético.

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