La juventud española vuelve a decepcionar

“Cuando la crisis, los recortes y los escándalos de corrupción por fin habían activado a una juventud nueva con ganas de hablar, ésta ha fracasado con estrépito.”

Vine al mundo en un país polarizado y cargado de un perfecto equilibrio de odio que lo mantiene siempre con una tensión propia de un país a punto de estallar. Lo curioso es que rara vez llega a hacerlo — Con la guerra civil de 1936 como atronadora excepción –, y bajo ese manto va dando dando vida a una de las criaturas con mayor picaresca de todas con las que me he topado: el español.

El español no es beligerante ni malvado por naturaleza, pero es increíblemente diligente. Nacimos con la trampa, el atajo y una extrema e inmoral eficiencia bajo el brazo. Supongo que la RAE no incluyó la palabra ingenuidad en el diccionario hasta que no tuvimos contacto con foráneos.

Esta habilidad innata para salirnos con la nuestra nos hace seres prácticamente ingobernables. La propia naturaleza montañosa del país, segundo con mayor altura media de Europa tras Suiza, ha ayudado para hacer de España una conquista casi imposible de mantener. En manos de todos y de nadie, el español siempre recuperó lo que era suyo. Siempre odió a su vecino. Siempre coreó el ascenso de su ídolo, para denostarlo una vez arriba.

¿Cómo es posible mantener la estabilidad de un país con casi 50 millones de españoles? La naturaleza nos da la respuesta: con el equilibrio de dos partes contrapuestas. Carlistas y borbones, rojos y azules, merengues y culés, votantes de PP y PSOE, votantes de Ciudadanos y Podemos; las generaciones pasan pero la guerra no cesa, pese a que La Sexta, Pablo Iglesias y Albert Rivera hayan tratado de convencernos estos meses de lo contrario.

Así pues, en España las cosas funcionan de una forma muy sencilla: o estás conmigo o contra mí. Sin puntos intermedios. La lógica y las ideas quedan confinados en una celda por orden de la Santa Inquisición, y toda voz y movimiento deben ir encaminados al éxito de nuestro bando y al fracaso del contrario. Cuando parecía que la crisis, los recortes y los escándalos de corrupción por fin habían activado a una juventud nueva con ganas de hablar, ésta ha fracasado con estrépito. La búsqueda inicial de soluciones no era más que un espejismo que servía para engendrar las dos fuerzas del nuevo equilibrio: Ciudadanos y Podemos. Una vez establecidos como los partidos del voto joven, sus seguidores han ejercido como la nueva generación de españoles, y por las redes sociales se ha extendido un cáncer de grupos dedicados exclusivamente a torpedear al rival y a ensalzar al líder correspondiente. Todo un ejercicio de hispanidad.

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