¿Es la destrucción un acto arquitectónico?

Nueva York.

11 de septiembre de 2001.

8:46 am, hora local.

Dos cineastas franceses están realizando un documental sobre los bomberos del cuartel Lucky 7 cuando un Boeing 767 sobrevuela la zona y se estrella contra la torre norte del World Trade Center. Jules Naudet, quien maneja la cámara, acaba de captar la única imagen existente del impacto. 16 minutos más tarde, ya con varios periodistas y curiosos grabando las Torres, se confirmará el horror: no es un accidente, sino un atentado terrorista que alcanzará magnitudes globales.

¿Por qué estos edificios?

Erigidas a principios de la década de los setenta del siglo pasado, las Torres Gemelas —nombre popular de las World Trade Center 1 y 2— eran, sin duda, los más enigmáticas y carismáticas del skyline de la ciudad. Dos prismas puros, de 110 niveles cada uno; dos volúmenes blancos, ciegos y abstractos volcados enteramente hacia su propio interior —las ventanas, que no se podía abrir, servían menos para ver y más para evitar la sensación de claustrofobia— que se manifestaban, tal y como apunta Jean Baudrillard en La violencia de lo mundial, como símbolos de los cambios que había sufrido el capitalismo en la segunda mitad del siglo XX: “Todos los grandes rascacielos de Manhattan se habían limitado a enfrentarse en una verticalidad competitiva, cuyo resultado era un panorama arquitectónico a imagen del sistema capitalista, una jungla piramidal cuya célebre imagen se perfilaba cuando se llegaba por mar. Esta imagen se modificó en 1973 con la construcción del WTC [que] ya no encarna a un sistema competitivo, sino digital y contable, en el que la competencia ha desaparecido en beneficio de las redes y el monopolio (…). Que haya dos significa el fin de toda referencia original. De haber sólo una, el monopolio no se encarnaría a la perfección. La reduplicación del signo pone verdadero fin a aquello que designa, como si la arquitectura, a imagen del sistema, sólo emanara ya de la clonación de un código genético inmutable”.

Construcción y destrucción son dos fenómenos arquitectónicos siempre asociados. Dice Ignasi de Solà-Morales que “la arquitectura es agresiva contra el territorio, contra el material, al que violenta, manipula, fuerza, retuerce; es violenta contra las formas existentes, contra los tipos y los modos existentes. Toda arquitectura fundante se basa en la violencia y tiene en su interior no tanto una construcción sino también inseparablemente una destrucción”. Para crear algo nuevo es necesario transformar — con violencia — algo que ya existía; levantar el WTC supuso que la Autoridad Portuaria de Nueva York y Nueva Jersey — dueños del complejo hasta julio de 2001, cuando pasó a manos privadas — se vieron en la necesidad de expulsar a las personas que, por entonces, ocupaban la zona. Las torres ya contenían la violencia destructiva desde su propia construcción, negando con su lenguaje cualquier afinidad al acontecimiento del que fueron testigos. Para ello, Minoru Yamasaki, su diseñador, había construido un proyecto de líneas claras y sencillas. Dos monolitos ausentes de cualquier historicidad y de cualquier elemento voluntariamente agresivo, que no impedía sin embargo ver en ellas la más cruel manifestación del mercado global y neoliberal de nuestros días “en su pura modelización informática, bancaria, financiera, contable y numérica — continuaba el filósofo francés— las torres eran en cierto modo su cerebro, y, golpeándolas, los terroristas han golpeado el centro neurálgico del sistema”.

El acto de destrucción de las torres, además de su valor simbólico, supone, de alguna forma, cierto fenómeno arquitectónico tristemente ejecutado. Algo que, quizá, ya intuía Mohamed Atta, líder de los terroristas, piloto del primer avión y arquitecto-urbanista por la Universidad del Cairo, con estudios en la Universidad Técnica de Hamburgo.

En 1999, Atta presentó en la ciudad alemana una tesis doctoral que planteaba la reconstrucción de la ciudad vieja de Alepo, en Siria, defendiendo los valores e ideales tradicionales frente a la amenazante invasión del rascacielos, de un lenguaje ajeno al lugar, que se desarrollaba en las ciudades árabes. La visión del egipcio era un imaginario iconoclasta del rascacielos: “la apoteosis del tipo de edificio que soñaba con arrasar en Alepo”. Una tesis que pudo ver tristemente cumplida poco tiempo después y que sirve al escritor Jarett Kobek para imaginar en ATTA a un arquitecto más fascinado con la crítica de la ciudad occidental que por la ideología religiosa.

A la distancia, las respuestas siguen sin verse de forma completa y los símbolos siguen inundando el acontecimiento. El atentado no frenó al rascacielos. Al contrario, un concurso en 2003 planteó la reconstrucción del área sin olvidar la memoria de los hechos acaecidos. Pero este concurso fue también una oportunidad perdida para la ciudad y la arquitectura, enturbiada por la especulación. El concurso fue definido por Felicity D. Scott en 2003 como un fenómeno que dejó pasar “una ocasión para problematizar la imbricación de la disciplina con complejos y cambiantes contextos históricos, sociales, institucionales y geopolíticos”, puesto que la mayoría de las propuestas finalistas “no cuestionaron las fuerzas históricas que condicionaban el programa del concurso sino que se dejaron llevar por los versiones estereotipadas de lugares comunes: héroes, monumentos, renacimiento, espacio público, ‘arquitectura visionaria’, ‘espacio defendible’, legibilidad espiritual y simbólica, sin ofrecer estrategias críticas con las que abordar los asuntos políticos que éstos presentaban”.

Y es que lo simbólico del acto, expresado en la arquitectura, siempre acaba por impedir la complejidad, destruyendo cualquier atisbo de contradicción en lo urbano. Sea para levantar o tumbar cualquier tipo de monumento.

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