Make love, not diffusion

Para muchos, el día 25 de Enero de 2011, la plaza Tahrir de El Cairo accedió en nuestras casas a través de las redes sociales y elementos como el hashtag #15J.

Nos congregamos en ella aunque estuviéramos situados a miles de kilómetros y lo hiciésemos a través de una pantalla, convertida entonces en una auténtica ventana. Similar ocurriría poco después con el #15M y su #SpanishRevolution.

Estos hashtags, palabras, expresiones o ideas precedidas de una almohadilla — elemento que al fin supimos darle uso— se convertían en algo más que meras palabras o lemas, llegaban a ser un auténtico hipertexto, capaz de conectar el espacio físico con el digital y de generar congregaciones y discusiones en torno a él. Ése es el verdadero aporte que en nuestro tiempo hemos dado a las revoluciones. El espacio no se detiene ya en un entorno físico, sino que se conserva, organiza y extiende también en lo digital. Un cartel, de este modo, escrito con el hashtag era un medio de conexión con la red y convertía la ciudad en un espacio superpuesto, híbrido, que trazaba líneas de fuga más allá del contexto de origen, desde las movilizaciones de la plaza a la red y al mundo entero.

Pero esta condición de conexión entre lo analógico y lo digital no es lo único interesante, lo que me parece auténticamente importante es cómo la comunicación ha generado nuevos espacios de afecto en torno a estos elementos hipertextuales, convertidos entonces en lugar de encuentro para establecer conversaciones, ataques, críticas, pensamientos irónicos… desde los que poder opinar y ser partícipe — a favor o en contra— de un determinado suceso que este ocurriendo.

La importancia del hashtag frente a la cuenta de Twitter, es que esta última, aunque sea gestionada por varios miembros no deja de establecer cierta identidad en torno a ella. Siempre hay alguien detrás que la hace funcionar, que decide qué y cómo comentar. Por otra parte, el hashtag se convierte en un lugar común —lugar sin lugar—: un espacio de debate donde charlar, un espacio autónomo y carente una cabeza visible que ejerza el liderazgo, sin una dirección marcada a priori, más allá de quien está debatiendo en un determinado momento: es ahdocrático, abierto, común, evolucionable y mutante.

El reto para la comunicación, frente a la difusión unidireccional, no sólo es contar historias sino generar afectividades —implicaciones, podríamos decir — en torno a ellas, propiciando que esos espacios de encuentro, esos lugares para el diálogo, cuenten con la participación de diversas voces: pasar de lo individual a lo común.

Esto puede hacerse de muchas maneras: desde la curatoria, los proyectos sociales vinculados a la memoria, planteando la organización de una mesa donde ubicar a los invitados, la literatura, los blogs,… o, como ya se ha dicho, los hashtags

Donde sea, allí nos encontraremos.


Artículo publicado en el libro The importance of the way stories are being told. Editado por Dpr-Barcelona, 2012, Barcelona.