Todo interior

Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera”
La casa de Asterión
J.L.Borges

1949, el escritor argentino publica El Aleph, que recoge 17 distintos cuentos capaces de distorsionar la noción misma de realidad desarrollando, a través de sus páginas, diversos mundos imposibles. Uno de ellos, La casa de Asterión, nos aproxima a la primera, o de las primeras, arquitectura donde conocemos el nombre de su autor: Dédalo.

Él es diseñador y constructor del laberinto, que Borges nos expone como una inmensa e inabarcable casa dotada de infinitas puertas sin cerraduras, carente de mobiliario y en la que se duplican pasadizos, corredores o patios. Este espacio, al tiempo finito e infinito, es hogar y prisión del Minotauro, en la medida que su función es atrapar en su interior al monstruo y construir un umbral llevado al extremo en el que las nociones de dentro y fuera, aun distinguibles, importan poco. Así, el afuera carece de absoluto sentido y todo el universo de Asterión se encuentra dentro de los límites impuestos por el arquitecto. En él, todo es interior. Poco importa que este espacio contenga otros espacios, como fuentes o arboledas o, quizá, incluso, otros laberintos: todo está contenido en un mundo dentro del mundo. Si existe un afuera, queda prohibido al habitante.

¿Pero que pasaría hoy si Borges quisiera imaginarse la casa del maltrecho minotauro?, ¿dónde encontraría hoy esa posibilidad mitológica? Antes de nada debiera darse cuenta, tal y como apuntaba Toyo Ito en su conocido Escritos, que la casa, hoy por hoy, ha explotado y se ha dispersado a través de distintos espacios de la urbe, en la que “todos los habitantes (…) están obligados a disfrutar, sin más ni más, la vida de tipo collage basada en una experiencia simulada”, donde “Los actos que se deberían realizar dentro de la vivienda se van extrapolando al espacio urbano” y “espacio urbano está absorbiendo al de la vivienda”(1). O lo que es lo mismo: es la vivienda la que absorbe el espacio urbano hasta integrarlo como parte de ella.

La casa se ha esparcido por la ciudad, que pasa a ser, en su conjunto, un eterno espacio doméstico.

No es extraño que el arquitecto japonés lo apuntara observando la megalópolis de Tokio. Un lugar donde el exterior, como le ocurriera a Asterión, parece imposible de alcanzar. Toda la ciudad es un enorme interior.

Por eso quizá, parte de la arquitectura doméstica japonesa actual —la que llega al menos en las revistas de arquitectura — parece reflexionar continuamente en la (in)definición de sus límites, donde los viejos dilemas duales de fondo-figura, dentro-fuera, público-privado o mueble-inmueble, se diluyen en la ambigüedad de su formalización espacial y programática.

En la ciudad japonesa, la arquitectura se obsesiona por desaparecer entre la masa del laberinto urbano, disolviéndose, hasta hacerse nada.

Sirva de ejemplo la casa Moriyama de Ryue Nishizawa, discípulo de Kazuyo Sejima, cuyo maestro, a su vez, es el mencionado Toyo Ito. En esta vivienda el límite exterior desaparece por completo; las habitaciones/salas se independizan entre sí y se desplazan por la parcela y el espacio urbano sin perder el concepto original. Los contornos no existen. La casa puede hcer suya cualquier otra habitación del mundo; se ha combinado con la ciudad. Una ciudad-casa donde hay habitaciones, paisajes, jardines, colegios, centros comerciales, armarios, sillas, aparcamientos, y hasta donde llueve dentro.

He ahí la paradoja: de la definición precisa de unos contornos claros — las habitaciones — se inicia un trabajo de descomposición espacial hasta convertirse en un ente borroso donde ya no podemos determinar dónde acaba o donde empieza. Un efecto que se “se obtiene destruyendo la claridad de la figura con otra claridad que, por su propia precisión mecánica, se opone a la legibilidad de una sobre otra”.

De Borges a SANAA queda preguntarnos ¿dónde queda la casa? ¿dónde empieza la ciudad?

Quizás no importe y como insinuaba Andrea Griborio la arquitectura sea aquello que “concentra acontecimientos, personas e instantes para hacer posible la vida”, una construcción que crea y destruye limites, importando poco donde acaban o empiezan, pero que propician o niegan las relaciones con los otros. Más allá del diseño, que siempre nos rodea, están los habitantes, aquellos que sufren el riesgo y el disfrute de perderse en este laberinto que es la ciudad y la arquitectura.

“Que entre el que quiera”.