Transparencias (ii)

“El mundo se llenó de ventanas opacas, hiperconectadas entre sí, que inundaron todo de sobreabundante información. Esta ‘otra’ arquitectura, más enfocada en la capacidad de interconexión que al espacio, cumplió una de las más destacadas expectativas modernas: el destierro total de lo privado de la vida humana.”[1]

Este texto salió publicado en la Revista Arquine No.85 | Vidrio. http://arquine.com


Un espacio transparente es un espacio sin secretos. Ésta fue una máxima de la arquitectura moderna de cristal: el muro pesado y opaco debía ser eliminado, sustituido por la expresión de una delgada lámina permeable al ojo: “Las paredes de cristal, como los rayos X, son instrumentos de control. Desde afuera, el cristal exhibe la casa al público, como asegurando conformidad con la comunidad”[2]. Al tiempo, el vidrio representaba una virtud. Siguiendo esta metáfora médica de los rayos X, la vida sin secretos es también la salubre vida sin enfermedad: lo grotesco, lo distinto, también quedaba expuesto, permitiendo atacar cuando fuera necesario. De esta forma, el vidrio no sólo mostraba de forma completa todo lo que contiene el interior — que se expone y saca todo lo oculto — , sino que impermeabiliza el interior del exterior — esto es, no sólo separa el entorno climatizado y sano de la polución del mundo. Si el vidrio es enemigo — y asesino — de lo oculto — la luz lo atraviesa y no genera sombra alguna — , la metáfora de la transparencia podía ser la imagen perfecta de un mundo racional y luminoso como el de la modernidad, tanto en los espacios domésticos — el ventanal que muestra al exterior lo perfecta que es la vida dentro de esas cuatro paredes — como en los laborales[3]: simbolizando a una empresa y a unos trabajadores que no tienen nada que ocultar.

Así, la llegada del vidrio industrial, junto con el acero y concreto estructural, hizo que los interiores se abrieran. Lo privado se confundió con lo público. La arquitectura se convirtió en un escenario para la exhibición pública de sus habitantes.

Hoy, tal destrucción de los viejos límites interior-exterior, publico-privado está más allá de la arquitectura, o de los elementos arquitectónicos propiamente dichos. Se ha desplazado o, a lo sumo, ampliado. Ya no son sólo las conocidas ventanas en los muros, el mundo privado queda expuesto también a través de otras, unas portátiles y que nos caben en la palma de la mano: son nuevas aperturas que han reconfigurado las conexiones entre la arquitectura y el medio. Hoy podemos estar en un lugar y en otro mientras paseamos por la calle. El mundo está desplazado y también ampliamente conectado. Sin embargo, lo vivimos sin contacto. Y es que ésa es la condición perversa de la arquitectura de vidrio, sea la referida aquella hecha de muros de cristal o aquella reconfigurada por la omnipresente presencia de las pantallas: nos invita a tocar pero no nos deja tener contacto: la fina capa de cristal — o plástico — funciona como una piel que lo envuelve todo. El vidrio quiere invadirlo todo.

Recordemos las palabras de Walter Benjamin al referirse a los pasajes de cristal parisinos: “Quieren ir cubriendo con cristal la totalidad de las calles de París y convertirlas en […] invernaderos; viviremos ahí dentro como los melones”.[4] Para el pensador alemán, los pasajes, con sus muros y techos de cristal, eran la manifestación material y arquitectónica de un incipiente capitalismo globalizado. Pero, además, hemos ido a más: el pasaje ha explotado y, como apuntaba Benjamin, lo ha cubierto todo, dislocado en múltiples pantallas: así, la vida se nos aparece como en una vitrina. Somos un producto de consumo.[5] ¿Ante quién? Ante cualquiera.

Podría parecer exagerado, pero en un contexto en el que vivimos, donde la capitalización de los deseos es base de la economía actual — tus likes valen dinero — , la necesidad de ser vistos es hoy una premisa vital. “En la sociedad expuesta, cada sujeto es su propio objeto de publicidad. Todo se mide en su valor de exposición”.[6] La transparencia es una exigencia de cada uno de nosotros, y espera ir más allá. La situación sólo puede dar lugar a cierta esquizofrenia: si la transparencia total invade al mundo, el futuro es inimaginablemente retorcido,[7] pues la base de toda esta necesidad de transparencia es una vigilancia cuyos sus fines, sean militares o comerciales — si acaso es que exista diferencia entre ellos — es la explotación comercial de nuestra vida, esto es, lo que quiere la transparencia es capitalizarlo todo para los intereses de unos pocos. Ello significa la destrucción de la opacidad. Y sin espacios donde ocultarse, donde poder habitar sin vivir expuestos, cada uno de nosotros puede convertirse en un mero dato o número: una vida sin secretos sólo es igual a habitar el espacio sin misterio, donde la vida, entendida como plena, es imposible.

Siempre pertenece a otros.


[1] Hernández Martínez, Pedro. Los habitantes del cristal. Actas de COCA, I Congreso de Comunicación Arquitectónica, 2017.

[2] Colomina, Beatriz. La domesticidad en guerra. Actar, Barcelona, 2006.

[3] Un análisis más detallado de la aplicación del vidrio en la arquitectura de la oficina puede encontrarse en El efecto invernadero: la vida en arquitectura de cristal, texto de Key MacFarlane presente en la Revista Arquine 85.

[4] Benjamin, Walter. Obra de los pasajes. Brazier, Gabriel y Dumersan. Les passages et les rues, París, 1827, p. 19. Cit. en Obra de los pasajes.

[5] Para un mejor análisis, véase el texto Transparencia y sospecha, de Alejandra López Gabrielidis, aparecido en Revista Arquine 85.

[6] Han, Byung-Chul. La sociedad de la transparencia. Herder Editorial, Barcelona, 2013.

[7] Para más información sobre las posibilidades futuras, véase Ciudades constreñidas, de Salvatore Iaconesi y Orinaca Persico, artículo que se puede leer en las páginas de dossier de la Revista Arquine 85.