la cabrita de mamá

hace un mes, @ictericia y yo iniciamos un laboratorio de escrituras para adolescentes. este es un ejercicio de escritura colaborativa y reescrituras que hicimos recientemente: tomamos un creepypasta, “mama’s little goat”, lo leímos y cada asistente (mario, rené, renata y yatzy) escribió su versión; después, intercambiamos textos y los chavos corrigieron y reescribieron los textos ajenos. el resultado fueron estas cuatro viñetas, que se conectan entre sí para contar una aterradora anécdota. ojalá les guste!

veo el reloj en mi muñeca mientras salgo de casa. 2.30 pm. bajo el brazo y continúo hacia mi auto. casi olvido el regalo. vuelvo rápidamente a la casa, lo acomodo donde se supone que debe ir y vuelvo corriendo, de nuevo, al auto.

enciendo el radio y nuevamente veo la hora: 2.45 pm, es cada vez más tarde. max va a estar muy hambriento cuando llegue por él.

dejo que mis pensamientos fluyan respecto a mi hijo hasta el momento de tener que parar en aquel semáforo, donde la visión de una extraña mujer y su hijo me congeló por dentro. una mujer de aspecto descuidado, tomando de la mano a un niño, su hijo, creo, lanzándome una mirada punzante mientras ella y el pequeño sacuden la mano en señal de saludo. el niño vestía unas ropas viejas y enormes, largas, descuidadas, y una extraña máscara de cabra que me provocó una sensación perturbadora. «halloween fue hace ya tres días», pienso, y luego sigo mi camino para recoger a mi hijo.

suspiro, tranquilizándome un poco por lo ocurrido en aquel semáfoto y estacionándome frente a la escuela. reviso nuevamente mi reloj: 3.00 pm. creo que, aunque tarde, todavía hay tiempo para su regalo. bajo del coche, saludo al portero y camino por los pasillos hasta llegar al salón de max.

— señor nuño: qué sorpresa verlo aquí — me dice la maestra con cierto aire de extrañeza. miro por todo el salón y un poco de preocupación se deslizó dentro de mí: no veo a max sentado en ninguna de las banquitas.

— ¿ocurre algo? — continúa la maestra — su madre se llevó a max hace un rato — , me dice la maestra, crecientemente preocupada mientras me ve entrar en pánico. — le dejó esta nota — , continúa mientras me entrega un sobrecito sellado que abro con dedos torpes, temblorosos, desesperados. desdoblo el papel y leo la nota: «no digas que no te di la oportunidad de despedirte».


suspiré mientras pensaba: «qué día tan largo». todos ya se habían ido, la escuela estaba casi solitaria. estoy calificando unos exámenes, casi todos reprobados.

pasa un niño corriendo por el solitario pasillo: max, ese chiquilo travieso y revoltoso, siempre haciendo algo que usualmente no es bueno. salí al pasillo después de asegurarme de poner mi silla en su lugar. max estaba cerca de una señora un poco extraña, enfundada en una gabardina, moviéndose como escondiendo el rostro.

la señora se hincó a la altura de max: nunca había visto a esta mujer. ¿será su familiar? ¿su madre, tal vez? tenía que saberlo. vi mi reloj: eran los dos de la tarde. me acerqué.

— disculpe, ¿quién es usted? — pregunté mientras la miraba de arriba abajo.

— soy la mamá de max. vengo a buscarlo, hoy me toca pasar el día con él, acuerdos del divorcio, ya se imaginará — me dice sonriendo, mirando a max con amor.

— claro que me imagino. ¿podría darme su apellido? es algo rutinario, para saber con quién se va el niño — le dije con una preocupación que duró un instante.

— nuño — me dijo sin dejar de sonreír. mi preocupación se esfumó.

— disculpe: ¿podría escribir una nota, por si acaso llega su padre?

— con gusto — respondió, dándole una última curva siniestra a su sonrisa. mientras escribía, vi a max jugar con su auto de juguete. sentí algo parecido a la ternura. su madre me entregó la nota. tomó la mano de su hijo y se fue apresuradamente. le di un par de golpecitos a la carta con los dedos y seguí con los exámenes. hasta mañana, max.


rápido, rápido: gabardina, sombrero negro, maquillaje, tacones, salgo.

tal vez no es mi deseo, pero es mi deber. tal vez no quiera, pero me veo forzada. lo necesito y él también. no he llegado tan lejos como para renunciar.

ve, te paras en la puerta, das el apellido de la familia, firme y concentrada. pero antes, el disfraz. sí, el disfraz. toma la ropa y la máscara, ponlos en una bolsa y andando.

llegué, realmente estoy aquí, de verdad está pasando. todo sale bien: entrada, saludo sonriente, doy mi apellido, el niño parece un poco desconfiado, pero un movimiento de mano es suficiente para que se aproxime.

caminamos y lo tomo de la mano. justo antes de salir escucho un grito que me deja perpleja: «señora, espere». me doy la vuelta. todo está mal. aquí se acaba. entonces escucho la siguiente frase de la joven maestra:

— disculpe, ¿podría escribir una nota por si acaso llega su padre más tarde?

por supuesto, le respondo con satisfacción entre dientes.


este día fue cansado, pero divertido. fue un día más.

— max, tu madre está aquí — dice mi maestra mientras vuelve del pasillo recién comenzada la hora de salida. «pero si yo no tengo mamá». un pensamiento que me deja algo frío e inquieto por dentro. aun así, salgo a ver por simple curiosidad.

una mujer de cabello negro, algo despeinada pero con cierto aire familiar, me saluda. antes de que pueda responder o decir algo, coloc su dedo índice en sus labios, indicándome que guarde silencio. mi papá siempre me ha dicho que escuche a mis mayores, así que hago caso. la mujer se me acerca y me dice que vaya con ella. le entregó un sobre a la maestra, le comenta algo que no logro entender y, sin mucho control sobre mis piernas, la sigo. caminamos por la calle, fuera de la escuela, y nos dirigimos hacia unos baños públicos cercanos. vamos dentro y, en el empañado espejo, una gran estrella en medio de un círculo muestra el reflejo de la mujer y yo.

— maestro, pronto estaremos ahí — dice la mujer mientras me entrega una máscara de cabra y ropas que me quedan grandes. me visto, me pongo la máscara y sigo caminando a su lado. aún no sé por qué no puedo hablar. después de andar un rato, nos paramos en una esquina. en un cruce peatonal veo el coche de mi papá.

— saluda — me indica la mujer y yo, algo alterado, lo hago intentando que mi padre me vea. él voltea y me mira fijamente por un segundo. luego vuelve a mirar al frente y sigue su camino. no sé qué ocurre: me siento un poco triste.

llegamos a la casa de la mujer. por alguna razón, me siento tranquilo. hay una estrella dibujada con gis en el suelo y un olor agrio inunda la casa. la mujer me coloca en medio de la estrella y me venda los ojos.

— el maestro estará feliz con la cabrita de mamá — escucho que dice por último.

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