la fe de mi abuelo

mi abuelo materno fue soldador toda su vida. de esa labor brotó el sudor con el que ganó el proverbial pan que mantendría seis hijos, una esposa y la compra de una casa de una manzana de largo en el centro de coatzacoalcos, veracruz. mi abuelo, también, era carpintero aficionado. eso, su trabajo y el estudio de la biblia fueron las tres actividades principales que fatigaron cincuenta años de su vida. buena parte de los muebles que acondicionaban la casa donde crecieron mi madre y sus cinco hermanos fueron fabricados por las manos de mi abuelo. la idea se tiñe de embeleso romántico en una época de muebles de madera comprimida y diseño en serie. el embeleso no sería tal si se hubiera contemplado esos muebles, algunos de los cuales, a casi una década de su muerte, aún permanecen en aquella casa gigantesca. tablas de madera mal medida, cortada con un serrucho chimuelo y oxidado; artefactos renqueantes y asimétricos, cubiertos de gruesas e irregulares capas de apestosa pintura café de aceite: los muebles que hacía mi abuelo eran horribles. su atributo era la funcionalidad, no la estética. a la fecha me sorprenden los alcances de la generación de mi abuelo. andrés colorado, hombre sin estudios formales ni grados académicos, sostuvo por más de treinta años un único empleo que le permitió desplazarse de la pobreza a la clase media. de no tener algo material pasó a poseer un terreno de tamaño nada despreciable; al momento de su muerte, ya retirado, vivía de los puntuales cheques de su pensión, cheques que siguen llegando aún para la subsistencia de mi abuela, su esposa. sus habilidades eran esas: la eficiencia para el oficio de soldador, cierta sabiduría administrativa, algún apego a la lectura y reflexión del evangelio, afición a la carpintería improvisada. pienso qué habría pasado con él de haber nacido unas cinco décadas más tarde. mi abuelo se habría encontrado con una ciudad ebullescente donde el trabajo, ya precarizado, no permitiría los fondos de retiro. los créditos para la vivienda no comprarían grandes terrenos en el centro de la ciudad con un puesto obrero; alcanzarían, si acaso, para un minúsculo departamento en la marginalia, en los cinturones de pobreza que rodean a las urbes. las ocupaciones manuales se encontrarían desplazadas: habría máquinas encargadas de realizar esas labores, y sería necesario acreditarse, al menos con papeles de licenciatura, como algo más que un mero artesano. el aumento en la población — al que andrés colorado, con sus seis hijos, contribuyó en automático — saturaría el mercado laboral, y la llegada de una miríada de empresas extranjeras dispuestas a devorar el mercado nacional impondría la necesidad de abaratar la mano de obra, por una parte, y la de aumentar la especialización, por la otra. la generación de andrés colorado no podría, entonces, acceder a empleos estables con todas las prestaciones: habría que conformarse con trabajos por contrato de seis meses o un año, sin liquidación ni vacaciones ni seguridad social. mi abuelo no habría podido mantener seis hijos sin miedo a hundirlos en la más infame de las pobrezas: limitado por sus circunstancias, habría tenido uno o dos, pero tendría que haber trabajado en dimensiones similares o acaso mayores para mantenerlos. quizá tampoco habría contado con tiempo para realizar sus libreros; quizá tuviera que comprarlos, listos para ensamblar o acaso ya ensamblados, en alguna franquicia transnacional de autoservicio. andrés colorado, mi abuelo, quizá habría tenido que trabajar jornadas dobles o en domingo, lo que impediría que asistiera a la iglesia evangélica presbiteriana a cuyo dogma se adscribía; su fe no se habría levantado como lo hizo, robusta y saludable, sino, acaso, endeble, temblorosa; no habría alcanzado a leer la extensa bibliografía religiosa que habitó sus libreros y tampoco habría alcanzado a permitir que el espíritu de la duda, encarnado en el par de libros esotéricos que hallé ahí, se filtrara en su débil espiritualidad; yo jamás habría leído esos volúmenes — defendámonos de los dioses, del padre salvador freixedo, y dramáticas profecías de la gran pirámide, de rodolfo benavides — , y mis crecientes desconfianzas en el evangelio acaso no hubieran crecido hasta la altura de mi pecho, casi ahogándome, y en consecuencia, y para alivio de un mundo cargado ya con demasiadas letras, tampoco habría escrito este párrafo que ahora culmino.


estoy, lenta y torpemente, como suelo hacer todo, escribiendo un ensayo, que imagino extenso, acerca de mi relación con la noción de vida extraterrestre, una relación que surca, como un río o una maldición, mi genealogía. este es un fragmento de aquel futuro y aún hipotético texto.

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