logan: el héroe y el mito

cuando estrenó x-men, de bryan singer, en el 2000, yo tenía once años. la fui a ver al cinema 2000, un cine local que luego, como casi todos los cines de la ciudad donde nací, pasó a formar parte del conglomerado cinépolis, pero que por entonces aún ofrecía permanencia voluntaria. iban conmigo — o yo iba con ellos, mejor dicho — un grupo de amigos que vivían cerca de mi casa, frecuentes compañeros de retas de futbol vespertino. vimos, primero, pokémon 2000, y la permanencia voluntaria nos dio el pase a x-men. conocíamos a los personajes gracias a la serie animada, transmitida los sábados por la mañana en el canal siete, y a los comics de jim lee, fabian nicieza, andy kubert, mark waid, chris bachalo, chris claremont y el inefable rob liefeld, todos publicados por marvel méxico en esa década[1]. pokémon 2000 me pasó sin pena ni gloria: nunca me gustó tanto la caricatura, de cualquier forma, y lo que más apreciaba de ese culto, entonces y ahora, era su impulso naturalista, esas ganas de salir a recorrer el mundo, encontrar animales y clasificarlos pacientemente — fantasía realiza efímeramente por pokémon go el año pasado, aunque eso es otro tema — , cosa que la película no compartía, y la olvidé apenas terminé de verla. con x-men no sucedió lo mismo. me cautivó su apariencia pulida, con texturas de metal, látex y de piel sintética[2] — no en vano un año antes habíamos vivido esa revolución llamada the matrix, a grado tal de que hasta los comerciales de desodorantes le copiaban elementos — , y salí del cine corriendo por las calles de la ciudad con mis amigos, recorriendo las pocas cuadras que nos separaban de nuestras casas, jugando a que lanzábamos rayos por los ojos, y movíamos cosa con la mente, y que controlábamos los metales, y que sacábamos garras de adamantium de nuestras manos. porque sí: estaban todos los mutantes pero, sobre todo, estaba wolverine, el antihéroe salvaje, en estado casi feral, violento, rudo, “viril”, ajá: masculino, sí. ese era wolverine, y todos queríamos ser wolverine.


diecisiete años — y ocho películas de la franquicia x-men, siete de ellas con la presencia de wolverine — , estrena logan, de james mangold. la película llega con cierto aire de mística clausura: después de un jaloneo mediático en el que ryan reynolds pretendió — o fingió pretender — cortejar a hugh jackman para no abandonar al personaje, jackman anunció en repetidas ocasiones que esta era su despedida. james mangold, director que ya había entregado resultados solventes con the wolverine en 2013, pintó un panorama de declaraciones: «es un filme adulto, la clasificación c nos permitió hacer un filme adulto» (den of geek, 27 de febrero), «pensé que sería interesante, aunque hiciéramos menos dinero, hacer una de estas películas, una película de comics, esencialmente, que fuera para adultos» (slashfilm, 20 de enero), «nuestra meta era hacer una película que se ganara a su audiencia por sentirse real» (comicbook, 30 de diciembre de 2016), «estamos tratando de hacerla muy diferente, muy visceralmente» (collider, 20 de octubre de 2016). etcétera. la dirección es clara: una película adulta — character-driven, se repite incesantemente en las reseñas y en las entrevistas — , todo lo realista que sea posible — «naturalista como mis otras películas», diría mangold en la misma entrevista de den of geek — , capaz de sostenerse por sí misma sin necesidad de ingresar en el complejo tejemaneje de los universos cinematográficos que marvel instauró como la norma. logan, pues, intenta ser todo eso. intenta repetir la hazaña — la misma que realizó, algunos dirían que afortunadamente, the dark knight, de christopher nolan, hace ya casi diez años — : lograr que se tome en serio a una película de superhéroes.


el método de logan para alcanzar esa meta es despojarse de buena parte del bagaje — lastre también sería un término adecuado — que llevan consigo las películas de superhéroes convencionales. sí: aquí hay dos personajes que se regeneran y tienen garras metálicas, y otro que paraliza a todo el mundo cuando tiene migraña, y otro más que rastrea gente, y algunos otros que tienen poderes bastante útiles pero inocuos, como enfriar el aire, o hacer crecer plantas. a fin de cuentas, no exige mucha mayor suspensión de incredulidad que otros blockbusters, como now you see me o mission: impossible. acá no hay villanos que buscan conquistar el mundo, ni escenas en las que una ciudad se desgaje mediante el ataque de seres extraterrestres, ni héroes corriendo en mallas ajustadas de colores. hay, en cambio, un gobierno que se aprovecha de las políticas laxas de un país tercermundista — no coincidentemente, méxico — para hacer experimentos en niños, y también está un grupo de esos mismos niños, buscando desesperadamente migrar hacia el norte mientras los caza una patrulla que recorre la frontera sin ninguna consideración ética, y hay un viejo justiciero retirado que decide hacer, no por dinero sino por honor, un último trabajo al ayudar a una preadolescente mutante, laura, a cruzar a otro país. es decir: logan tiene, desde la trama, vínculos más notorios con el noir o el western — con versiones edulcoradas de esos géneros, si se prefiere — que con el cine de superhéroes que la misma franquicia x-men ayudó a construir.


su aspecto visual, por otro lado, es una mezcla de atrevimiento y convencionalidad: están esas largas planicies desérticas de la frontera entre méxico y estados unidos — hay por ahí un encuadre donde el atardecer baña en luz naranja a los perseguidores de logan y laura — , claramente ajenas al género superheroico: una fotografía amarillenta, calurosa, casi enfebrecida. no obstante, también están las casi ininteligibles secuencias de acción — un rasgo que hace extrañar a bryan singer, bastante mejor creador de setpieces — , penosamente lastradas por la edición en cachitos y la cámara inestable — y en eso, logan no es mucho mejor que, digamos, batman v superman — . las peleas, que son parte importante de la trama, resultan aquí un sinsentido visual, difícil de seguir: la mirada del espectador derrapa caóticamente por la pantalla mientras intenta, en vano, hallar algún encuadre firme para aferrarse.


la primera entrega de esta serie, sobre watchmen de zack snyder, mencionó un concepto muy útil a la hora de abordar las adaptaciones cinematográficas: fidelidad herética. logan, con todo y su casi total ausencia de elementos del original — old man logan, de mark millar y steve mcniven, autores también de la seminal civil war, punto de partida para la tercera entrega de captain america que vimos el año pasado — , ha logrado complacer y entusiasmar a los fans de los comics de wolverine, un grupo exigente y difícil de satisfacer. la manera en que lo logra es mediante la fidelidad herética. la película carece de varios de los elementos distintivos del cómic original, algunos debido a los conflictos de propiedad intelectual y uso de personajes entre fox y marvel: no tenemos a hawkeye, ni a la hija de spider-man, ni a la familia hulk. es, en ese sentido, una adaptación herética. pero la película toma otros elementos del cómic, no lastrados por la fastidiosa propiedad intelectual: la violencia incontenible en un mundo derruido; el set-up apocalíptico, deprimente, en el que el viejo lobo se repliega a lamer sus heridas; el aire western — y, casi por carambola, la atmósfera samurái — del personaje que sale de su retiro para realizar un último trabajo. es, en ese sentido, una adaptación fiel.


alan moore escribió que «una de las cosas que evitan que las historias de superhéroes alcancen el estatus de verdaderos mitos modernos es su final abierto». en ese tenor, logan es infinitamente superior a old man logan y, para el caso, a todas las anteriores entregas de x-men: no solo se atreve a dejar morir a su protagonista, sino que permite que conozcamos su reemplazo: una niña preadolescente, latina, llena de furia y rencor pero, también, de inquebrantable fe en la ficción, de cierta esperanza realista, aún no carcomida por el mundo. esa esperanza — esa renuencia absoluta al cinismo que caracteriza a logan — abre nuevas vetas para los espectadores del cine de superhéroes. cuando estrenó x-men de bryan singer, en el 2000, yo tenía once años y salí del cine queriendo ser el cínico e híper violento logan; cuando estrenó logan de james mangold, diecisiete años después, salí del cine lamentando que mi generación no hubiera contado con la potencia de laura como heroína en pantalla. ni modo: a otros sí les tocó.

[1] tengo aún, porque soy nostálgico y perenne adolescente, y también porque soy coleccionista y amante de los objetos y del papel impreso acumulándose en grandes cantidades en mis casas, mesas, habitaciones y estudios, algunos números de aquellas series que salían publicadas en esa encarnación de marvel méxico. precio de portada: $6.90, pesos mexicanos, con una historia principal de veintitantas páginas y una coda, un fragmento de otra saga de seis u ocho páginas. papel ilustración grisáceo, no totalmente blanqueado; portada de couché híper delgado, aparición catorcenal en los puestos de revistas. felicidad absoluta: la publicación x-men flip book, que al mismo precio de un número regular traía dos entregas.

[2] quiero abundar sobre las connotaciones como de imaginario bdsm de estas elecciones de vestuario y diseño de producción, pero no sé cómo, así que dejo esta nota para consignar el deseo.


este ensayo pretendía terminar mi serie en tierra adentro acerca de adaptaciones de comics a cine, tímidamente llamada wonderturner. mi editora se fue y, qué hacerle, se quedaron muchas otras que eran apenas posibilidades: persépolis, ghost world, civil war. en fin: estoy preparando ya una nueva serie sobre comics en letras libres, que funcionará como una especie de continuación a esto. a ver qué sale.

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