Recuerdos del Sudeste Asiático

Jetlag de un viaje inolvidable


Tomarse trece aviones implica rehacer unas cuantas veces la valija, correr al aeropuerto, que te toquen bebés llorando en los asientos cercanos, y viajar incómoda porque el respaldo no se reclina más de cinco grados. La comida del avión no es la más agraciada, y más aún cuando se trata de aerolíneas asiáticas que sirven pescado como desayuno.

Pagoda

China está literalmente del otro lado del planeta, quizás por eso nuestros sentidos se revolucionan tanto en la travesía. A simple vista la moda puede resultarnos un tanto extraña (binchas con orejas, pantuflas para salir a la calle y la más basta variedad de barbijos de uso cotidiano), pero parecen andar más cómodos y libres de prejuicios. Igual de novedosos resultan los olores y los sabores, aunque todo concluya en un poco de dolor de panza. No importa si es por el aceite, por la carne, o por el agua, no intentes descubrirlo mirando en detalle el lugar donde cocinaron eso que estás masticando. Tampoco trates saber la ubicación exacta de cada uno de tus pasos, mejor asumí desde el comienzo que vas a perderte con mapa y todo. Y aún estando en pleno Shanghai, caminando entre rascacielos y calles que parecen Nueva York, nadie va a hablar otro idioma que no sea chino, ni una palabra.

Tai Chi

Es la oportunidad perfecta para poner a prueba tus capacidades actorales, manejarte con señas, hablar en castellano aunque nadie te entienda, o subirte a los colectivos urbanos preguntando a viva voz si alguien entiende un poco de inglés.

Si tanta vorágine logra alterar tu tranquilidad, nada mejor que una dosis matutina de tai chi para practicar meditación en movimiento.

Ayutthaya

En Tailandia vas a descubrir que Buda es un ser que está en todos lados, iluminando en un sinfín de apariciones diferentes. Gordos, esbeltos, blancos, negros y dorados. De piedra, de oro, de jade, de madera. Budas sentados, parados, acostados. Budas que ríen, Budas que lloran, Budas que callan… En algún momento vas a sentir que ese Buda que estás viendo ya lo viste en otra parte, pero vale la pena disfrutar de la paz de cada templo antes de aventurarse nuevamente por la turbulenta Bangkok. Y aunque Khaosan Road signifique la calle del arroz, para mí es simplemente la calle del caos, la arteria principal del mundo mochilero en la ciudad. Tengas o no tengas mapa, vas a terminar en callejones sin salida, casi irrumpiendo en casas ajenas. Para tener un vistazo general lo mejor es animarse a un paseo en tuk-tuk. Los conductores son muy simpáticos hasta que descubren que no pueden venderte nada, y te abandonan sin pensarlo dos veces en algún rincón de la capital.

Raylay

Y cuando te alejes de este caos perfecto buscando el paraíso, cuando viajes de Kho Phi Phi a Raylay, por ejemplo, el barco va a parar en medio del mar y vas a tener que hacer trasbordo a una balsa para poder llegar a la costa. Te vas a mojar un poco porque el agua va a llegarte a la cintura. Y sí, vas a tener que bajar con valija y todo. Nada que no se resuelva con un descontracturante masaje tailandés.

Exóticas

Entre tanto viaje te va a tocar alguna noche en el aeropuerto, vas a tener que dormir en el piso abrazando tus cosas y al otro día vas a tener demasiado sueño. Vayas donde vayas, en aquél rincón del planeta los occidentales no somos moneda corriente, los ojos claros y el pelo rubio son sinónimos de exótico, y es normal que te saquen fotos como si fueses extraterrestre. En Asia regatear es ley, y aunque sientas que hiciste un gran negocio sabé que el vendedor nunca sale perdiendo.

Marina Sands

Si vos también conocías a Singapur por las curiosidades que uno lee en las revistas, no vas a tardar en comprobar que eso que decían es cierto: son tan limpios y ordenados que está prohibido masticar chicle. Sí, para evitar que lo tires al suelo o lo pegues en el asiento del colectivo. Cuando quieras ir a la pileta del hotel más lujoso de la ciudad, esa del fondo infinito de la que tanto te hablaron, vas a tener que infiltrarte por las escaleras de servicio para llegar, a menos que seas un adinerado huésped del Marina Sands. Vale la pena la claustrofobia en esos incontables escalones sin ventana para ver el atardecer sobre una ciudad que parece del futuro. Este pequeño estado es un país y una ciudad al mismo tiempo. Quizás en su simpleza territorial radica el secreto de tanta perfección.

Templo Hindú

Kuala Lumpur tiene un mosaico de culturas, una mezcla de chinos, árabes e hindúes compartiendo la calle, amalgamando sus idiomas. En el medio de la ciudad se levantan las Torres Petronas que hasta hace poco tiempo fueron las más altas del mundo. Esos 88 pisos de hormigón, acero y vidrio diseñados por el arquitecto argentino César Pelli. La vegetación tropical florece en todas partes y, ya en las afueras, las Batu Caves te darán la bienvenida al mundo hindú. Allí, entre colores primarios y ofrendas de frutas, está uno de los santuarios más populares fuera de la India. Los monos recorren las escalinatas en su más plena libertad, y si tienen sed te van a sacar la botella de agua para refrescarse un poco.

Rascacielos de HK

Los hostels en Hong Kong son departamentos subalquilados, sin recepción alguna. Si tenés la misma suerte que yo, te van a cambiar de un edificio a otro sin previo aviso, va a venir la policía a advertirte que el lugar no está habilitado, y te vas a terminar quedando ahí porque no te da el presupuesto para otra cosa. Los ambientes allá son demasiado chicos así que preparate para que tus bolsos sólo entren en el baño. Pero la ciudad es tan hermosa que vas a querer pasar el menor tiempo posible en esa habitación de uno por uno. Cuando quieras caminar colina arriba te van a mandar en busca de las escaleras mecánicas más largas del mundo. No es un chiste, sino un viaje de media hora en un sinfín de escalones que recorren la isla enmarcados por bares, supermercados, casas y peluquerías.

Stanley Beach

La isla tiene las dos caras de una misma moneda, y mientras de un lado te vas a perder entre rascacielos y carteles de neón, del otro lado vas a encontrar la paz a orillas de la playa. Son sólo veinte minutos y un túnel que atraviesa la montaña.

Y sí, a la vuelta te esperan dos días de viaje en los que vas a perder la noción del tiempo. Vas a tener jetlag, te va a agarrar sueño a las tres de la tarde, y vas a despertarte de golpe en plena madrugada, con la esperanza de estar todavía viajando. A los pocos días los horarios se acomodan y todo vuelve a la normalidad, pero ese, el del recuerdo y la nostalgia de un viaje maravilloso, es un jetlag del que aún no me recupero, ni me quiero recuperar.

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