Contracorriente

Ilustración: Vanessa Ortega. Toditos los derechos reservados.

Aunque hablar o escribir del clima es uno de los clásicos de los que se habla o escribe cuando no hay nada mejor que decir (los otros son: “¿y qué tal?”, “¿y la familia?”, “tiempo sin vernos, ¿no?”), hoy toca hacerlo esencialmente porque me da la gana y me lleva a profundas reflexiones que compartiré sin razón alguna. Me di cuenta que el verano es “el” tema en Barcelona cuando en uno de esos paseos que hago para dejar de torturarme la cabeza con más preguntas acerca del futuro (“la pensadora” lo llaman en la cárcel), encontré por el barrio el letrero de “Cerrado por vacaciones” colgado fuera de un quiosco de periódicos. De pronto me imaginé a la familia quiosquera en pleno gozando del verano, haciendo castillos de arena, jugando frente al mar, sacándose los ojos a la hora de merendar, etc. Y yo…yo los miraba desde lejos, un poco como el niño que apoya la nariz sobre la ventana del restaurante en el que se celebra una fiesta.

El verano es “el” tema y mis amigos de este lado del mundo comparten sus fotos vacacionales con sus respectivos filtros Valencia o Ludwig. Mientras que en mi país (en donde empieza el frío, por cierto), las vacaciones adultas suelen ocurrir en cualquier época del año y depende, esencialmente, de tu situación laboral: si eres un trabajador independiente al que le va bien, puedes coger tus maletas y largarte cuando quieras a donde gustes. Si eres un trabajador que forma parte de alguna planilla (cosa cada vez menos frecuente), te toca negociar con tu empleador la fecha del año en el que tomarás tus vacaciones. Así, los padres de familia lucharán por los meses de vacaciones escolares y los que no tenemos prole trataremos de hacer sumas y restas hasta cuadrar presupuestos con calendarios y publicar en el Facebook: “Yeee. Oficialmente de vacas. Yuju”.

En mi país, la vida continúa durante el verano. Las tiendas siguen con el mismo horario y tu casero del periódico o del mercado estará siempre ahí esperándote para hacerte preguntas muy generales intentando parecer interesado por tu vida. La vida no se detiene y en muchos casos sigues yendo a trabajar. A lo mucho y si tu cuenta bancaria lo permite, te organizarás para alquilar una casa o departamento de playa. Irás al sur chico y te encontrarás con las mismas caras que ves en Lima todo el tiempo. Si tienes la suerte de contar con casa de playa propia, tendrás que esquivar a los gorrones que quieren apuntarse a tu casa cada fin de semana. Organizarás parrilladas, cevichadas y muchas otras excusas para comer y emborracharte bajo el sol. Te tomarás selfies con tus amigas en bikini (de las tetas hacia arriba para no verte gorda). Bailarás apretadito con desconocidos e intercambiarás wassaps y fluídos corporales con ellos. Tendrás uno o varios amores platónicos en la playa. Te pelearás con otros veraneantes que ponen la música a todo volumen o que tienen niños y/o mascotas que te arrojan arena cada vez que pueden. Ah, hermosos problemas estivales.

Por mi barrio catalán, veo a familias acomodando sus pertenencias en sus maleteras como si se tratara de un juego de Tetris. Se asoman coolers y sombrillas que comparten espacio con maletas y juguetes. Me imagino que también viajan fantasías: la mamá soñará con leer por fin esa novela de la que todo el mundo habla, pero sabe que no pasará de la página 20 porque hay que organizar las idas a la playa, las comidas y que los chicos duerman a tiempo. El niño tímido intentará una vez más hacer nuevos amiguitos en la playa, pero sabe que preferiría quedarse jugando solo en algún parque de la ciudad, bajo sus propias reglas. La hija adolescente esperará encontrar al chico guapo del verano pasado, sin imaginar que el chico ya anda con otra. Y así. Fantasías apretadas al lado de coolers y maletines. Observo esto y es inevitable sentirse fuera de la fiesta. Luego me río un poco de este tipo de problemas del primer mundo y vuelvo a mi real world (referencia del MTV noventero) de papeleos, presupuestos y cronogramas. Me siento un salmón de la realidad. Y mientras la ciudad invade aeropuertos y carreteras en busca de las vacaciones soñadas y las fantasías truncas, yo me empeño en aferrarme a la rutina.