Efecto Ikea: O cómo sobrevivir a un ataque de pánico un sábado por la tarde

BBH Asia Pacific / Campaña realizada por el Día de San Valentín para la marca.

Cuando era pequeña, oía a la gente grande hablar de la prueba de amor que no era otra cosa que aquel momento en que una pareja decidía dejar los arrumacos inocentes y tirar*. Al hacerme mayorcita reparé en lo naif de dicha expresión. No, el sexo no pone a prueba el amor. ¿Sabes qué lo pone a prueba? Ikea.

En mi país no tenemos Ikea así que la primera vez que fui a esta tienda fue aquí, en Barcelona. Salí del lugar con una vela aromática y un vacío en el pecho. Ni bien llegué a casa, me tomé una cerveza y vi Broad City. Necesitaba procesar qué me había pasado en ese lugar dedicado al hogar y responder cuestiones vitales: ¿Por qué los nombres de los artículos involucran muchas vocales abiertas?¿Realmente se necesitan tantos tipos de almohadas?¿Por qué vine si tengo una casa en mi país esperándome?¿Volveré a este lugar a comprar más velas aromáticas?

Estas preguntas, complejas en sí mismas, adquieren un matiz perturbador cuando decides ir a Ikea por primera vez, con tu pareja. Y es que una visita a este lugar es una de las grandes pruebas para el romance (la otra es una indigestión estomacal conjunta). Lo es básicamente porque compruebas: 1) Que te has convertido en tu madre; 2) El simbolismo de los objetos y 3) Que te estás metiendo en cosas de grandes.

Cuando vas por el tercer juego de secadores de tela que metes al coche, te detienes en seco y asumes con naturalidad que eres tu mamá. Normal. Sin vergüenza, que de eso ya hablaron en terapia y más o menos lo tienes asumido. No hay problema. Todo bien. Tranquila. Next.

Dices entonces que quieres que tu sala sea como esos cafés onda nórdica a los que vas haciéndote la cool y donde dejas los euros que no tienes. Un sofá de piel-que-parezca-vintage-y-se-vea-usado-pero-no-tan-usado-al-punto-que-tenga-una-comuna-de-bichos-en-su-interior, pero tu pareja quiere un sofá funcional y barato en donde se pueda echar cómodamente a ver películas. Sofá de piel versus sofá de tela. Sofá que se verá lindo en tus fotos de Instagrama y del que tus amigas dirán: “Ay pero qué linda tu casa, es como…¿onda nórdica?”. Y sabes que nada de esto tiene sentido porque estás en Barcelona y no en Dinamarca, pero en fin. Y tu pareja, que todavía está de buen humor, te dirá en broma: “Hay que buscar un sofá cómodo para cuando no me dejes dormir contigo”. Y ¡bum! Ahí mismo, a vista del resto de familias, de parejas, de jubilados, de niños que se esconden detrás de las piernas de sus padres porque alzas la voz y casi gritas: “¿Qué-has-dicho-o-qué-estás-insinuando?”.

El sofá no es solo el sofá ni una rosa es una rosa. No. El sofá alberga tus fantasías del hogar perfecto o de lo que quieres que el resto vea. No tienes dinero para un sofá de cuero y te entra el bajón consumista porque antes tal vez sí te lo podías comprar con una sola pasada de la tarjeta y casi lloras y tu tarjeta de débito también llora y luego te recompones y sigues la ruta. Aún falta mirar la sección de jardinería…

Meterás plantas y macetas al carrito de compras sabiendo que se te morirán a los pocos días de llegar a casa porque siempre se te olvida regarlas. De pronto, rodeada de plantitas de verdad y de plástico, te invade el pánico y “te das cuenta”. Sí. You realize, como dicen los gringos…

Y así, como cuando en El Planeta de los Simios, el astronauta George Taylor grita “Maniacs!” porque se entera que los macacos la liaron parda** y que nunca salió del planeta Tierra. Así como cuando te das cuenta que no existe Tyler Durden en El Club de la Pelea y que Edward Norton sufría de trastorno de personalidad múltiple. Así como cuando descubres que Kevin Spacey se lo inventó todo en Sospechosos Habituales. Sí. Esa misma expresión que es como un “FAC!” o “FUCK!” o “¡PUTAMADRE!” que te sale del alma y deletreas en silencio. Sí. Así. Así, en el emporio sueco dedicado al hogar asumes que estás armando TU casa. Que tu casa ya no está a diez mil kilómetros, que está ahí nomás, que además no solo es tuya sino que, oh-oh, la compartes con alguien más y, oh-oh-oh, que estás ligada sentimentalmente a ese alguien más. Tu ritmo cardíaco se acelera, el niño que se escondía tras las piernas de sus padres te señala y se ríe de ti como Nelson***. Tienes que sentarte en una banca de nombre impronunciable porque sientes cómo todo se te va aflojando, las piernas, los brazos… En tu mente suena Girl you´ll be a woman soon, Uma Thurman bailando, ganas de una cerveza fría y alguien que te acaricie la cabeza y te diga algo dulce y gracioso como “Serena, morena…”. Y entonces, ese alguien llega a tu banquita del pánico y ves que trae consigo una maceta, un juego de bombillas en oferta, algo para quitar los pelos a la ropa y te dice: “¿Estás bien? Mira, esta maceta combina con las otras tres que están en el carrito de compras… ”. Y todo se calma, tu ritmo cardíaco se recupera y sabes que todo estará bien porque en casa, TU casa, hay cerveza fría esperando y un sofá barato de tela al que no fotografiarás, pero que empezarás a querer.

*Coger, follar, fuck. Nunca “hacer el amor”. Eso se lo dejamos a Air Supply.

** “Que vamos, que la he liao parda”

*** El de los Simpsons.

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