Fue una decisión arbitraria

A veces tomo decisiones vitales en los momentos menos adecuados. Son situaciones terribles que me toman por sorpresa mientras hablo en voz alta frente a un grupo de humanos a los que, en ese momento, nos une el alcohol y poco más. Por alguna razón desconocida, luego de tomar decisiones en estos momentos espantosos, me comprometo con ellas y siento la necesidad de cumplirlas. Eso fue lo que pasó una noche de invierno en un bar de la calle Riera Alta.

Antes de llegar al lugar de la tragedia había pisado mi casa durante unos minutos. Me quité el abrigo y me senté en la cama a mirar al vacío. Como de costumbre, me aburrí. ¿Cómo alguien en sus veintes, con (algo) de dinero en la cuenta, se puede aburrir en Barcelona? Me pregunté. Pensé en cerveza, pensé en vino y en vermú.

Horas después, sentada en la barra del bar, rodeada de conocidos y amigos, la pregunta me seguía rondando la cabeza. ¿Por qué me aburro? La respuesta vino en forma de ausencia. Mi vaso estaba vacío y ya pensaba en irme. La ausencia de alcohol me impulsa a buscar un cambio (un cambio que venga embotellado y que contenga alcohol). Me di cuenta, en ese momento, de que mi aburrimiento va ligado a estas bebidas que los más cautelosos llaman espirituosas. O a la falta de ellas.

Fue entonces cuando de mi boca salieron las palabras que marcarían los próximos 30 días de mi vida: Voy a dejar de tomar alcohol durante un mes.

Lo dije sin pensarlo. Era una frase que no estaba programada para salir de las paredes de mi cráneo. Sin embargo, salió como una sentencia que mi cuerpo ligeramente ebrio no se iba a permitir incumplir.

http-//www.thedieline.com/blog/2011/12/22/mulled-wine

¿Por qué hacerlo?

Porque yo no necesito a nadie, ¡a nadie! para sobrevivir. Y sí, el alcohol es una persona. Es ese ex que te seduce en los días menos adecuados, esos en los que estás más sensible. Ese que te convence de pagar la cuenta y de pasar la noche con él, para luego desaparecer a la mañana siguiente. El que te deja sintiéndote como una basura sin dignidad ni dinero. Y no lo necesito para no aburrirme. Soy una persona compleja, diversa, con variedad de intereses. Esta no es solo una retahíla de afirmaciones que me digo cada mañana frente al espejo, mi psicóloga y mi madre coinciden en que lo soy.

Vivir un mes sin alcohol me confirmó que no lo necesito.

Me enfrentaba a un reto auto-impuesto que debía afrontar con la mayor elegancia posible y sin chistar. Probé todo tipo de placebos: cerveza sin alcohol (mucha), vino sin alcohol (poco, porque sabe a kool-aid), tés condimentados y bombones de licor.

Lo que descubrí fue una revelación para mi, y espero que también para el resto de mi entorno: Soy aburrida.

Yo pensaba que era una party animal. Y lo era. Pero en algún momento esto pasó a ser consecuencia del alcohol y no de mi actitud tropical espontánea. Lo peor es que yo no me di cuenta de cuándo cambió. No soy una millenial desenfrenada. Durante este mes volví temprano de las fiestas porque me aburría. Me dormía. Me iba. Y me iba feliz, pensando en mi cama, en el libro de turno y fantaseando con una copa de vino.

No tomar alcohol me obligó también a pensar. Mucho. Tuve que pensar en qué hacer. Ya no existe el vamos a tomar algo, que es el plan universal por defecto. No, cada vez que quería hacer algo, quedar con alguien o simplemente salir de mi casa, tenía que pensar qué quería hacer. Pensé de todo, pero no hice nada

Descubrí, por obligación, que hay lugares de encuentro que son no-bares y que hay más oferta gastronómica además de patatas bravas, fritas y olivas. Me maravillé al darme cuenta de que se puede ir a un parque durante el fin de semana y no abrir una cerveza ¡y es legal!

Estoy segura de que esos días conecté con el universo de una forma que durante mi vida adulta no había experimentado. Cuando las nubosidades ocasionadas por el alcohol se disiparon, accedí a conocimientos ancestrales que antes no había podido ver.

Sin embargo, lo peor fue que me hizo pensar en mis decisiones de vida. No las que me quedan por tomar, para esas todavía no tengo respuesta. Me hizo cuestionarme las decisiones que he tomado durante mi vida ¿Alguien se puede imaginar una tortura más grande que esa? Yo no.

Como ejercicio, aquí les dejo algunas de las preguntas que me surgieron, para dejarlas libres y que no me agobien solo a mi:

¿Por qué dejé mi casa, tan cómoda, segura y calentita?

¿Por qué, si dejé mi casa, vuelvo cada año a vivir en una realidad paralela?

¿Por qué decidí a una tierna edad que quería estudiar –y dedicarme por el resto de mi vida- a la publicidad?

¿Por qué tengo esta necesidad casi compulsiva de ducharme varias veces al día y lavarme el pelo con una frecuencia insana?

¿Por qué mantengo –exclusivamente- relaciones amorosas a distancia?

No tengo las repuestas a esto, si usted las tiene, le agradecería encarecidamente que me las enviara por inbox. Me gustaría sentarme a leer las respuestas con una copa de vino en la mano.

PS: Para mi sorpresa, no perdí ningún amigo durante el desarrollo de este experimento.

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